Mariana Enríquez
«La crítica al entretenimiento es muy elitista»
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«Encontrar el horror propio. Nuestros terrores. Es ahí precisamente donde surgió la dimensión histórica, política y regional», afirma Mariana Enríquez a propósito de ‘Conversación con la oscuridad’ (Páginas de Espuma), un ensayo resultado de años de reflexión en torno al terror, a lo oscuro y a lo siniestro. Es mucho más que una poética: Enríquez parte de su obra, pero va más allá. A través de un amplio corpus hecho de referencias de todo tipo analiza de qué manera el terror, no solo como género literario, sino también forma de narrar la realidad, surge de contextos históricos y políticos.
¿Conversación con la oscuridad solo ha sido posible tras muchos años de escritura y de lectura?
Diría que sí. Es un texto que se ha ido construyendo a largo de muchos años de conferencias, entrevistas, talleres… Han sido muchos años de reunir información y de cambiar de opinión acerca de algunas cuestiones. Además, a lo largo de todo este tiempo, aparecieron nuevas escrituras dentro del género del terror en castellano, pero también otras lenguas, y esto hizo también que el género mutara. Asimismo, este libro no hubiera sido posible sin la voluntad y el trabajo de Inti Soledad Bustos, académica de la Universidad de Mendoza, que me ayudó a recopilar toda una serie de materiales dispersos –charlas sobre gótico, conferencia sobre fantasmas, artículos sueltos…–. Fue ella junto a Juan [Casamayor, editor de Páginas de Espuma] quienes me dijeron que era una pena que todo este material se perdiera.
En el libro señala que le gusta el terror en gran medida porque la realidad argentina tiene la estructura del terror.
Es así. Lo que tiene de interesante el género del terror es que hay elementos recurrentes –la casa, el cuerpo, el fantasma…– a la vez que cada texto está mediado por la sensibilidad del tiempo en el que fue escrito. Fui tomando conciencia de ello con el tiempo; por ejemplo, sabía de la literatura de Mary Shelley, obviamente, pero no conocía a toda una serie de autoras que, por ese mismo periodo, escribía sobre fantasmas. Y eso lo descubro porque, de pronto, comienzan a publicarse títulos que no se publicaban antes y empiezan a recuperarse toda una serie de escritoras a las que no se había prestado atención.
«El cuento de fantasmas alude a una injusticia o a una violencia padecida y que debe vengarse»
Usted separa, por un lado, el relato de fantasmas original, que es aquel relato en el que el fantasma funciona a modo de reparación de algo y, por el otro, el relato en el que a través del fantasma se plantea lo irreparable.
Indagar en las diferentes especies de cuento de fantasma me ha servido mucho de cara a mi ficción. Originariamente, sin necesidad de hablar únicamente del ghost story literario, el cuento de fantasma siempre cuenta o plantea la misma cosa: es decir, el fantasma es el detonante de algo, alude a una injusticia o a una violencia padecida y que, en cierta manera, debe vengarse o resolverse. Este es el plot habitual y que encontramos también en la literatura oral, aunque con menos frecuencia, porque la tradición oral suele ser más implacable. Pero en los relatos habituales, el fantasma busca una resolución y, cuando esta sucede, el alma del fallecido, que ha regresado como fantasma, se tranquiliza. Si se piensa bien, detrás de esta idea hay una concepción cristiana del alma y del reposo eterno. Ahora bien, hay relatos de fantasmas, pienso por ejemplo en aquellos de la tradición japonesa, que, con otra genealogía religiosa y espiritual, nos presentan a un fantasma que nunca puede hallar la calma, un fantasma siempre presente e, incluso, agresivo. Esta doble genealogía de fantasmas me llevó a pensar sobre el fantasma en la contemporaneidad, en su papel en el terror contemporáneo ante la pregunta sobre la posible reconciliación. Porque, de hecho, la reparación es algo imposible, porque, ¿qué sentido tiene la reparación cuando ya no existen las condiciones materiales de la persona? ¿Qué sentido tiene la reparación cuando la persona ya es un fantasma? La reparación debería haberse producido antes. La reparación, de servir, nos sirve a nosotros, a quienes estamos aquí, pero para el muerto es indiferente. En este sentido, el fantasma alude a la persistencia de la memoria, a esa memoria que insiste: tu podés taparla, podés poner encima de ella cemento, pero la memoria sigue ahí, supurando, apareciendo de repente.
A raíz de lo que comenta, la tumba es ese lugar de reconciliación para el que queda, es un elemento esencial del rito del duelo.
Es esencial para el individuo, pero también para la sociedad. Creo que mi interés por la tumba se debe a mi argentinidad, pero también a mi edad, es decir, al hecho de que mis padres pertenecen a la generación de las personas que desaparecieron con los militares. En otras palabras, los 30.000 desaparecidos de la dictadura hoy tendrían la edad de mis padres. Muchos de esos desaparecidos eran amigos de mis papás, eran sus compañeros y, aunque mis papás no eran militantes en un sentido amplio, todos ellos compartían y ocupaban el mismo lugar político, compartían las mismas ideas. Hay en aquellos adultos un punto de orfandad, de desprotección y también de cierta irresponsabilidad, en todo el sentido de la palabra, que hacen que la generación de los hijos esté muy desamparada. Por supuesto, para quienes sufrieron en sus propias familias la desaparición y el asesinato fue infinitamente peor, sin embargo, el desamparo fue social, colectivo. A lo largo de la redacción de Alguien camina sobre tu tumba me di cuenta de todo lo que significa la tumba; me di cuenta, sobre todo, a raíz de que una amiga mía consiguió recuperar los restos de su mamá y, un año después de recuperarlos, los enterró. La ceremonia del entierro fue increíble, muy reparadora; acudió mucha gente, personas que en su vida cotidiana no se soporta y, sin embargo, estaban ahí. Parecía otro país, otra realidad. Y fue ahí, asistiendo a esta ceremonia fúnebre, que me di cuenta de cuán cruel es la decisión política de no permitir el duelo y de no permitir el ritual fúnebre haciendo desaparecer el cuerpo. La tumba y la ceremonia fúnebre reparan, en parte, el daño sufrido en cuanto es una especie de cierre que hace posible el duelo. Son muchos los artistas, escritores y académicos de mi generación, algunos de ellos hijos de desaparecidos, que están trabajando esta cuestión y alguno lo hace incursionando en el terreno del horror. Me parece muy interesante, desde un punto de vista generacional, que se estén abordando estas cuestiones.
«El fantasma alude a la persistencia de la memoria»
Y no es extraño que se indague desde el horror, porque, como usted dice, prohibir el duelo es una forma de ejercer el terror.
Además de terror, es una tortura, es condenar al silencio e, incluso, a la culpa por no encontrar. La imagen de un montón de gente buscando los restos de sus familiares es muy fuerte y es recurrente en toda América Latina. Piensa en México, en esas madres buscando los restos de sus hijos asesinados por el narco o por el crimen organizado. Es impresionante. He visto vídeos en los que se ven a las madres buscando los restos de sus hijos a través del olfato, oliendo los hornos donde han sido quemados. Es terrible. ¿De verdad esta es la información que tenemos que manejar? El hecho, por ejemplo, de poder saber si una fractura es postmorte o premorte ha servido para reconocer cadáveres. Hijos de desaparecidos me han contado precisamente que el saber que su padre, por ejemplo, había tenido previamente una fractura les ha permitido reconocer su cuerpo, porque, aunque esté totalmente destrozado, el antropólogo es capaz de identificar si las fracturas son previas o posteriores a la muerte. Hay especialistas en esto, en aspectos, si lo pensás bien, muy macabros y que atraviesan nuestra historia.
En el libro, usted se detiene en la infancia como momento en el que aparecen los miedos y, por tanto, como el momento de encuentro con el terror.
Sí, yo encontré el terror en la infancia, lo encontré en los libros, pero no solo. Es cierto que hay cosas que solo se ven en retrospectiva; ahora repaso escenas y situaciones de mi infancia y me doy cuenta de que están marcadas por el ambiente político que se vivía, por ese terror que lo envolvía todo. Sin embargo, en ese momento yo no era del todo consciente. Lo que sí recuerdo fue el impacto que supuso para mí encontrar el terror en la lectura, en la literatura. Hay algo de misterioso en por qué una se fascina con ciertos géneros, con ciertas literaturas o con ciertas ficciones. A mí me gustaba ver películas y leer, pero algo normal, nada particular, pero cuando leí los primeros relatos de terror, entonces la lectura se convirtió en otra cosa. Recuerdo especialmente el relato El gato negro de Edgar Allan Poe, así como de las hermanas Brönte: teníamos todos sus libros en casa y me volví loca leyendo Cumbres borrascosas, seducida por el personaje de Cathy, que muere, pero su espíritu sigue presente. Adrenalina y excitación, esto provocaban estos libros; su lectura lo cambió todo como también fueron clave los cuentos de mi abuela, con la que me llevaba muy bien. Me contaba historias de supersticiones y de cosas bastante macabras y que a mí me dejaban totalmente alucinada. ¿Por qué esta fascinación por el terror? Se puede explicar si lo pensamos como una especie de coraza frente al miedo político y frente al miedo que tenían mis padres y que lo rodeaba todo. Pero ¿viene de ahí mi fascinación? Es difícil de explicar, lo único cierto es que el terror me sigue fascinando de la misma manera.
«No hay nada frívolo en divertirse, en volver de trabajar todo el día y ponerse una narración que a uno lo saque de su lugar y lo entretenga»
Usted señala el carácter de entretenimiento que posee el terror para reivindicar que el entretenimiento no es necesariamente frívolo.
El entretenimiento es fundamental para la vida. No hay nada frívolo en divertirse, en festejar, en volver de trabajar todo el día y ponerse una narración que a uno lo saque de su lugar y lo entretenga después de la alienación diaria. Creo que la crítica al entretenimiento es muy elitista, pero es una crítica que no tiene en cuenta que, después de pasar un día complicado, yo no tengo por qué ir a leer a Hegel. Si me dedico a la filosofía alemana y me divierte, puedo hacerlo, claro, pero convengamos que son pocos quienes pueden encontrar distracción en Hegel. Además, la idea de que en el entretenimiento no puede haber algo valioso, en todos los sentidos, incluido el literario, me parece complicada y refutable. Oscar Wilde, por ejemplo, era muy popular. Tenemos a García Lorca, que, a mi juicio, es el mejor poeta del siglo XX en lengua castellana y cuyos versos todos recitan, incluso sin saber que son suyos. Por no hablar de sus obras de teatro, intensas, terribles y con las que uno se la pasa bien.
Se impone muchas veces la idea de que si algo le gusta a todo el mundo no debe ser muy bueno.
Es extraño. Cuando los textos de Dickens llegaban a Estados Unidos, la gente se agarraba de los pelos en el puerto necesitada de saber cómo continuaba la historia. Claro que siempre hay mucha basura, siempre hubo sagas, de la misma manera que hay series muy malas. Pero también hay series que son extraordinarias. A mí nadie me va a sacar de la cabeza que True Detective es una obra maestra y punto. Es mucho mejor que un montón de porquerías serias.
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