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Laura Bates

«La misoginia, la desinformación y los estereotipos son premiados por los algoritmos»

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07
octubre
2026

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Laura Bates lleva años investigando sobre los efectos del sexismo y sobre la prevalencia de la desigualdad en las sociedades actuales. En ‘Sexismo cotidiano’ (Capitán Swing, 2016) recogió testimonios de las experiencias analógicas, si se podría decir, a las que se enfrentaban las mujeres, ese sexismo con el que te cruzas cada día en cualquier lugar. En su último libro, ‘La nueva era del machismo’ (Península, 2026) ha puesto el foco en lo digital, en las ramificaciones de lo tecnológico. La inteligencia artificial o las nuevas tecnologías también han abrazado algo muy antiguo, advierte, la misoginia.


Desde fuera, se siente que las cosas están ahora peor que hace 10 años. Tú que llevas tantos años investigando el sexismo y la desigualdad de géneros, ¿lo ves así?

Es complicado. En muchos aspectos, las cosas han mejorado. Hemos visto como el trabajo incansable de activistas ha empujado el progreso legislativo en diferentes países en cuestiones como las leyes de consentimiento o violación, la protección legal ante la discriminación y otras mejoras. También hemos visto una oleada de testimonios de supervivientes que comparten sus experiencias gracias a movimientos como el MeToo, que ha creado un potente sentimiento de solidaridad y ha permitido a las nuevas generaciones de mujeres ser conscientes de que el acoso sexual en el trabajo es inaceptable y que no deben sentir vergüenza o afrontarlo solas.

Al mismo tiempo, también estamos viviendo un backlash terrorífico, en el que la misoginia de siempre, la desinformación y los estereotipos son premiados por los algoritmos. Las redes sociales logran que esos prejuicios lleguen a miles de millones de personas. Esto ha sido a una catástrofe para las generaciones jóvenes de hombres y niños. Todavía estamos ahora afrontando las consecuencias de esa suerte de radicalización de masas que han facilitado los social media. También estamos siendo testigos de un giro profundamente preocupante hacia posturas de extrema derecha, tanto entre la población como entre los gobiernos y regímenes a lo largo de mundo, lo que está provocando un retroceso muy real en los derechos y libertades de las mujeres a escala global.

Me pregunto qué relación hay entre este auge de la extrema derecha y el del sexismo. ¿Es esta una situación de quién es primero, si el huevo o la gallina? ¿Ha apuntalado el crecimiento de las posiciones de extrema derecha un presente más sexista o fue justo el resurgimiento del sexismo clave para este revival político?

Pienso que están conectados de forma compleja. Una cosa está clara en mi investigación: el auge de los líderes políticos de extrema derecha no solo se alimenta del aumento del material extremista en internet, sino que también lo potencia. Estos líderes son conscientes de que existe una base significativa a la que llegar con retórica extrema, lo que les aporta el beneficio medible de generar votos (esto se vio claro ya con la primera campaña de Donald Trump por la presidencia, cuando según desvelaron los whistleblowers Steve Bannon segmentó de forma específica a los incels como nicho de votantes). Al tiempo, también profundiza el círculo de feedback: la elección de estos hombres y sus declaraciones públicas incendiarias dan alas y alientan a los extremistas online, que celebran cómo amplían la ventana de Overton de lo que es aceptable en discurso público. Esto hace más fácil atraer a los jóvenes hacia el extremismo online porque han visto esas afirmaciones legitimizadas por las figuras públicas fuera de la red.

«Es importante que evitemos enmarcar el momento de retroceso como una especie de fallo de los movimientos feministas»

En cierto modo, ¿nos habíamos acomodado como sociedad en la última década? Hace unos años no era tan raro escuchar discursos triunfalistas sobre lo lejos que habíamos llegado. ¿Nos olvidamos de que el backlash (sobre el que Susan Faludi nos advirtió ya en los 90) era posible?

Quizás sí en cierto grado, pero también es importante que evitemos enmarcar el backlash y el momento de retroceso como una especie de «fallo» de los movimientos feministas que estaban consiguiendo progresos antes de que sucediese, algo que es muy común en el discurso actual. En mi opinión, son mucho más responsables de lo que vemos ahora los algoritmos de las redes sociales y ciertos hombres extremadamente peligrosos que las feministas y los defensores de la justicia social que estaban trabajando en la última década para lograr progreso. Sobre todo, creo que debemos someter a escrutinio a los «buenos chicos» que se quedaron en las posiciones medias. Puede que no sean los arquitectos del extremismo que ahora vemos, pero no hicieron nada para desmantelar o cambiar la misoginia sistémica y las estructuras racistas, a pesar de las voces extremadamente valientes de las supervivientes, dejando muy claro dónde estaba el problema.

Mientras leía, algunas de las experiencias que investigabas me parecían abrumadoras. Imagino que vivirlo fue especialmente duro. Una de ellas fue tu visita al ciberburdel [un burdel de robots sexuales en el que se encontró un panorama mucho más sórdido de lo que vendían los defensores del concepto]. ¿Cómo se puede vender un espacio como ese como empoderador y liberador?

Una de mis principales preocupaciones al escribir era la brecha entre las proclamas grandiosas sobre beneficios sociales que a menudo hacen los hombres que lanzan este tipo de compañías y la realidad de los riesgos y la deshumanización que generan sus productos y servicios para las mujeres y las niñas. Cuando me vi en aquella habitación observando a aquel modelo de mujer tan increíblemente realista y vi que la habían vestido con ropa rota y desgarrada, y que le habían cortado la vulva, fue una experiencia horrible, pero necesaria para ser capaz transmitirle a quien lee la realidad de lo que pasa realmente bajo las promesas brillantes sobre «el futuro del sexo».

¿Nos están deshumanizando todas estas experiencias ciber-algo como sociedad?

No creo que debamos eliminar por completo la posibilidad de que la tecnología pueda crear experiencias seguras, éticas y positivas relacionadas con el sexo, la intimidad o las relaciones, si se desarrollan por personas expertas, teniendo por principios guía la equidad y el bienestar de quienes las usan. Pero ahora muchas de estas tecnologías emergentes se centran en generar beneficios masivos cueste lo que cueste, sin tener en cuenta los riesgos o la seguridad. Cuando esto se combina con el sexo y las relaciones, a menudo es inevitable que tengan consecuencias catastróficas.

«No creo que debamos eliminar la posibilidad de que la tecnología pueda crear experiencias seguras, éticas y positivas relacionadas con la intimidad»

Me preguntaba, leyendo el capítulo sobre las novias virtuales, si el sexismo podría ser una suerte de canario en la mina: cuando aparece nos alerta de lo terribles que son en esencia todas estas cosas. Porque incluso cuando una relación es saludable, estamos descubriendo que hay un montón de problemas potenciales en esas relaciones virtuales, que hacen aguas, incluso cuando hablamos de amistad o acompañamiento.

Sí, creo que las mujeres son a menudo ese canario de las minas de carbón, cantando sin que nadie las escuche. Si a la sociedad les preocupasen y actuase para prevenir los daños masivos en mujeres y niñas, habría tenido un efecto positivo inmenso en el bienestar colectivo. Pero la tendencia es a ignorar, infravalorar o no creer las voces de las mujeres.

¿Necesitamos más reglas y regulaciones para la IA y la tecnología? ¿Estamos, como sociedad, cometiendo un error gravísimo al contentarnos con seguir el ritmo del desarrollo tecnológico?

Sí, necesitamos que la tecnología se alinee con otros sectores en lo que toca a regulación de sentido común. Ya hemos visto el impacto devastador que tienen en las mujeres y los grupos marginalizados cuando se integran herramientas no probadas y con sesgos en las cosas del día a día, desde la salud a la justicia, los servicios financieros o los recursos humanos. Sin unos límites sensatos, se corre el riesgo de consolidar e intensificar las desigualdades existentes en los cimientos del mundo del mañana por la rápida expansión y adopción de estas herramientas.

«Necesitamos que la tecnología se alinee con otros sectores en lo que toca a regulación de sentido común»

Este verano, Instagram lanzó una herramienta que permitía que cualquiera generase contenido derivado de otras cuentas. La presión hizo que la cancelase, pero ¿por qué minimiza la industria los riesgos de los contenidos deep fake? ¿Todavía siguen defendiendo que el mundo virtual no es el mundo real?

La industria tecnológica (las big tech y las compañías de redes sociales en particular) ha demostrado de forma repetida a lo largo de la última década que siempre van a priorizar los beneficios y la velocidad de desarrollo frente a la seguridad, a menos que las regulaciones gubernamentales les obliguen a hacerlo de forma diferente. Al final, el daño o el potencial daño les importan menos que el seguir generando beneficios astronómicos para un grupo reducido de hombres. Con todo, gente desde dentro de esas mismas compañías han estado advirtiendo una y otra vez sobre los riesgos. Por ejemplo, Jan Leike, que cuando dimitió en OpenAI citó su convicción de que la compañía priorizaba «productos resultones» por encima de la seguridad.

Y ya para cerrar. En el libro identificas muchos de los problemas que están creando la IA y la tecnología. Es bastante aterrador. Pero, como vivir sin tecnología es imposible, ¿qué podemos hacer para sentir menos miedo? ¿O no es suficiente solo con nuestras decisiones individuales? ¿Necesitamos presionar a nuestros políticos en estos temas?

Considero que ambos enfoques son fundamentales. Tanto a nivel individual como colectivo, disponemos del poder como consumidores para decidir qué herramientas adoptamos y cómo las utilizamos. Como trabajadores y empresas, podemos tomar decisiones sopesadas y reflexivas sobre la implantación de las herramientas IA en nuestros entornos laborales, priorizando, por ejemplo, aquellas que cuentan con conjuntos de datos limpios y un diseño seguro. Pero quizás lo más importante es que alcemos la voz en el ámbito político, para exigirles a nuestros representantes políticos que reconozcan el clamor social ante los riesgos potenciales del desarrollo de la IA y para que aprueben una legislación razonable que regule estas herramientas, equilibrando la necesidad de seguridad con una innovación y un desarrollo responsables.

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