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Enrique Díaz Álvarez

«El poder se muestra desnudo con los migrantes»

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Oswaldo Ruiz
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05
octubre
2026

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Oswaldo Ruiz

En ‘Lo intolerable‘ (Anagrama, 2026), el profesor de Pensamiento Político Contemporáneo en la UNAM Enrique Díaz Álvarez analiza cómo la violencia contra los migrantes y otros colectivos vulnerables se ha normalizado hasta convertirse en parte del paisaje cotidiano. Frente a esa anestesia social, reivindica la capacidad de las emociones, la memoria y la imaginación política para recuperar aquello que todavía debería perturbarnos.


¿Qué significa exactamente que el poder se ejerza sobre nuestros cuerpos y por qué resulta especialmente visible en el caso de los migrantes?

Bueno, en el libro recupero parte de lo que Michel Foucault propuso al redefinir el poder desde una perspectiva estrictamente política. Antes de Foucault, el poder estaba definido en términos jurídicos o económicos –como Hobbes, los contractualistas, o Marx–. Foucault le da la vuelta y quiere pensar lo estrictamente político y llega a la conclusión de que hay pocos referentes y lanza esa premisa aparentemente simple de que el poder es básicamente lo que reprime, y al hacerlo pone en el centro de la política el cuerpo y estudia los mecanismos, las formas en que se reprimen los cuerpos. Esto lo dice Foucault después de los movimientos de 1968, y justamente esta especie de intuición le llega al ver la represión política sobre los estudiantes, sobre los presos políticos, sobre todo; le interesa mucho penetrar en la prisión, pensar la prisión, porque entiende que ahí es donde el poder se muestra desnudo, sin máscaras. Yo recupero en el libro ese llamado y creo que hoy en día el poder se muestra desnudo, por ejemplo, en el asedio, en el cerco de los cuerpos migrantes, y por ejemplo, hoy en día creo que tenemos que meter la nariz y conocer los testimonios de los migrantes detenidos en esos centros de detención del ICE, porque funcionan como una cárcel en la práctica y son un gran negocio de empresas privadas. Entonces, parte de esa idea de que hoy en día el poder se muestra desnudo con los migrantes, con la desaceleración, la detención, la humillación de esos cuerpos.

¿Qué ocurre cuando una sociedad acepta que determinados cuerpos –los presos, los migrantes– pueden desaparecer detrás de estos muros y dejar de formar parte de nuestra mirada?

Esa es la gran observación, ¿no? Perturba la brutalidad de gobiernos, de administraciones como la de Trump, pero también perturba el grado en que nosotros normalizamos ese corte biopolítico que hace que ciertas personas merezcan ser protegidas y otras tantas sean sujetos de abuso, de acoso, de humillación, sin que nos importe demasiado. Como si estuvieran predestinadas esas vidas migrantes a padecer sufrimientos y vejaciones, como si estuvieran acostumbrados. Y esa especie de normalización de la violencia hacia los migrantes, porque ya no solo se les criminaliza, ahora incluso se les humilla. Hay una exhibición de la crueldad que parece saciar los impulsos más bajos de sociedades que ya no solo son indiferentes, sino que parecen disfrutar con el dolor y el padecimiento de esos grupos vulnerables. Hasta el grado de convertirlos en chivos expiatorios a los migrantes. Son ese cuerpo que merece ser sacrificado para recuperar esa «armonía original», esa «estabilidad perdida» y son cuerpos que son criminalizados, sacrificados y humillados.

«Perturba el grado en que normalizamos que ciertas personas merezcan ser protegidas y otras tantas sean sujetos de humillación sin que nos importe demasiado»

Que va de la mano del racismo, como mencionas…

Ese corte biopolítico es eminentemente racista. Y es una cuestión que normalizamos sin darnos cuenta. O sea, hay vidas que importan y vidas que no importan. Hay sujetos que se protegen y sujetos que se sobreexponen a la violencia. Y ese corte es totalmente racista. Se exponen a la violencia y a la muerte.

Desde la salida, desde la búsqueda de un lugar mejor, se exponen a todo esto. Y llegan a estos lugares y, como dices, se institucionaliza la persecución, esta violencia.

Sí, por eso creo que hoy en día buena parte de la política se juega en el campo de la percepción. La violencia tiene esta dimensión simbólica también, anclada en el lenguaje, en la representación, con discursos abiertamente xenófobos, racistas, en donde se nos enmarca a estos flujos migratorios como una amenaza siempre. Incluso nos han robado las metáforas: se habla de la invasión, el tsunami, se dramatiza un hecho que en realidad nos es consustancial. A mí no deja de sorprenderme cómo se sigue enmarcando la inmigración siempre como un problema, cuando es un hecho que nos es consustancial. Siempre nos hemos desplazado. Quizá se han acelerado esos flujos, pero el drama es más bien que no hemos puesto la ética ni la política a la altura de esos desplazamientos, que no van a frenar, porque entre otras cosas las causas no son de cada parroquia… Los grandes motores de la migración son la desigualdad o el cambio climático, por ejemplo, los estragos que produce el cambio climático. Y eso nos incumbe a todos. Entonces, en vez de pensar en la interdependencia, estamos militarizando fronteras y pensando cómo cada quien cierra la puerta de su parroquia para que no entre el otro.

«Hoy en día buena parte de la política se juega en el campo de la percepción»

Y también hablas de que hemos perdido la empatía…

Sí, totalmente. Creo que en una época donde se persigue al migrante, donde se conecta un discurso antiinmigrantes que moviliza a la extrema derecha, particularmente de una forma violenta, hay que echar ojo a los pensadores y a los escritores que se exiliaron, que se refugiaron. Yo lo hago en el libro, creo que nos pueden echar un poco de luz en esta época oscura, en esta oleada neofascista. Pienso, por ejemplo, en Hannah Arendt, que fue expulsada por el nazismo y vivió 18 años como apátrida. O pienso en María Zambrano, que se refugió en México tras la guerra civil española. Y en el libro arranco justo con una premisa que ella tiene que es «pensar con seriedad es arrancar algo de las propias entrañas». Esta necesidad de pensar con el cuerpo me parece muy importante hoy en día. No podemos dejar que nos expropien y movilicen las emociones solo a la extrema derecha. Siempre son las pasiones tristes: el resentimiento, el miedo, el odio, la nostalgia. Tenemos que pensar con todo el cuerpo y movilizar otra clase de emociones y afectos comunes. Y parece que es ingenuo, pero están las premisas mismas de los principios democráticos. Si piensas en la Revolución Francesa, es la libertad, la igualdad y la fraternidad. Y, como dice Antoni Domènech, está eclipsada la fraternidad. Y ese, de los tres principios, es el único que es un afecto. Y el problema es que nos suena rancio, nos suena ingenuo, nos suena buenista, y así nos va.

«En vez de pensar en la interdependencia, estamos militarizando fronteras y pensando cómo cada quien cierra la puerta de su parroquia para que no entre el otro»

Hablas de que ves esperanza en algunos sitios, ¿en la política, en la universidad?

Lo intolerable nace justamente de una incomodidad que yo tenía, de una impotencia, un nudo en la garganta, un estómago revuelto ante acciones, gestos que me parecen totalmente fascistas. Escribí este libro tratando de poner palabras y pensar esa repulsión que yo sentía, y dar valor o pensar en la vergüenza y en otros afectos que me parece que pueden ser vistos desde una perspectiva crítica o emancipatoria. Y entre ellos está la esperanza. Creo que tenemos que imaginar, desde la izquierda, desde las posturas emancipatorias, otros futuros posibles que nos distancien de la promesa de horror en la que está envuelta hoy en día la política contemporánea. Y yo veo, no me parece ingenuo, yo veo ciertos motivos de esperanza, que no de optimismo, porque no es lo mismo. En el mismo caso de Minneapolis. Cómo esos vecinos, ante las redadas brutales del ICE, salieron por miles a las calles. Sintieron esa responsabilidad colectiva para defender a sus vecinos migrantes con silbatos, con sus cámaras móviles. Les costó la vida a dos personas, por lo menos. Y que una ciudad así haya salido en pleno invierno, que sintiera responsabilidad de defenderlos, a mí me da motivos para pensar que esa anestesia no es definitiva, que hay motivos para levantar la guardia. Y creo que la imaginación política tiene que estar en el centro de las políticas más progresistas. Imaginar nuevas formas para gestionar los flujos de migrantes. Imaginar nuevas formas para tener el derecho a la vivienda en ciudades cada vez más gentrificadas… Y para eso tiene que apelar a hacernos sentir que somos una comunidad de memoria. Sobre todo la comunidad política es una comunidad de memoria, es una comunidad de afectos, una comunidad que se imagina un futuro junta.

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