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Medio Ambiente

Emilio Santiago y Héctor Tejero

«El cambio climático y sus efectos van por barrios y código postal»

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30
septiembre
2026

En los últimos años, España ha experimentado múltiples fenómenos climáticos extremos. En verano cada vez hay más olas de calor y más duraderas, los incendios alcanzan cifras récord de terreno calcinado, atravesamos sequías y también su contrapartida, como la Dana que sufrió Valencia hace dos años, entre otros muchos. Una serie de catástrofes que no hacen más que fomentar la idea de que el colapso es inevitable. Sin embargo, tal y como defienden Emilio Santiago y Héctor Tejero en su nuevo libro, ‘España contra el desierto’ (Arpa Editores, 2026), todavía hay margen de maniobra gracias a la revolución de las renovables y a la promesa regenerativa. Un futuro incluso que presentan como esperanzador y de prosperidad ecológica que depende en gran medida de las decisiones que tomemos a partir de ahora.


Que España se pueda transformar en un desierto, ¿es una exageración o algo realmente plausible si no se toman medidas?

España es un país que ya tiene tres cuartas partes en riesgo de desertificación. Tanto, que algunos de los últimos estudios de proyección barajan que buena parte del país puede transformarse de un clima mediterráneo a uno estepario. Un desierto que no deberíamos entenderlo como si fuera un salto del Sáhara a nuestro territorio, sino más bien un desierto que se fabrica desde dentro y que tiene que ver con el empobrecimiento sistemático de las funciones ecológicas del lugar. Es un símbolo, pero también es un referente que dibuja una línea de evolución terrible para nuestro país que tiene que ver con el incremento de estrés hídrico, la pérdida de funciones ecosistémicas, la degradación del suelo y, en última instancia, con la desertificación.

Aun tomando medidas para que no ocurra, sois conscientes de que vamos a vivir muchos fenómenos extremos y que vamos a tener que adaptarnos a ellos.

Es innegable que el clima va a ser más hostil de aquí a diez o veinte años y que vamos a vivir más olas de calor, riesgos de incendios más grandes e inundaciones. La cuestión es si uniendo la adaptación y las ventajas de las renovables y las promesas de la agricultura regenerativa vamos a poder vivir mejor en ese clima. Tenemos un margen de adaptación muy alto que no está explorado en nuestro país y que puede llevarnos a que esos eventos extremos tengan menos impacto tanto sobre la salud como la riqueza o el bienestar de la población. Si viene una ola de calor en una ciudad llena de coches donde la gente tiene que trabajar durante las horas de más calor, sin zonas verdes ni aires acondicionados, se va a afrontar de forma diferente a si está adaptada.

«Tenemos un margen de adaptación muy alto que no está explorado en nuestro país»

Unas ideas que defendéis desde la prosperidad ecológica: ¿qué importancia tienen las renovables y la promesa regenerativa en todo ello?

La revolución de las renovables, que ya está en marcha y es absolutamente disruptiva, y la promesa regenerativa, sobre la que tenemos muchos indicios pero que aún está en un estadio de madurez distinto, son dos de las variables que permiten enfocar el problema de la crisis ecológica de manera totalmente diferente a hace 15 o 20 años. Nos ofrecen un horizonte de prosperidad y abundancia dentro de los límites planetarios que antes eran impensables. Por ejemplo, en 2004 se instalaba la misma energía solar al año de la que hoy se instala cada 14 horas. Eso nos ofrece un horizonte en el que no tenemos que pensar que la sostenibilidad es igual a un empobrecimiento energético. Por supuesto que esto no elimina el problema de los límites planetarios, que es más complejo, pero sí que permite dibujar un horizonte diferente.

¿Ayudaría esto al ecologismo a empezar a ser poder?

En el pasado, la tarea central del ecologismo ha sido oponerse al modelo fósil, a la destrucción de ecosistemas, etc. Pero a día de hoy estamos en una pelea entre los dos modelos. Por ello, aunque siga teniendo la función de contrapoder, también a es necesario llevarlo a cabo. Es decir, hay que construir máquinas, implementarlas, investigar en regeneración… Eso no se hace frenando, sino construyendo y empujando desde el poder. Y no solo desde el político, ya que hay muchos más. Al ecologismo ahora le toca construir un mundo nuevo, no solo frenar el viejo.

«No tenemos que pensar que la sostenibilidad es igual a un empobrecimiento energético»

En el libro explicáis que España, al ser todo lo contrario a un petroestado, le interesa empujar más hacia una revolución verde. ¿Qué papel debería jugar a nivel europeo e internacional?

El futuro de Europa, que podríamos decir que es lo contrario a un petrocontienente, pasa por la descarbonización. En ese camino España tiene un papel fundamental porque tiene el territorio con mayor potencial para desarrollar las renovables. Una Europa energéticamente soberana, que conserve la democracia y que apuntale su modelo de prosperidad y de Estado de bienestar pasa por que España se transforme en una especie de electroestado.

«Al ecologismo le toca construir un mundo nuevo, no solo frenar el viejo»

Aun con todo lo que hemos hablado, en el libro os mostráis muy positivos.

Como dice la frase manida de Dickens, en algunos aspectos estamos en el mejor de los tiempos y en otros en el peor. Las posibilidades que ofrecen las renovables y la promesa regenerativa de ampliación del margen de maniobra —algo que no es solo teórico, sino que estamos viendo en China y en el Sur Global—, nos hace enfrentar lo que viene no sé si con optimismo, pero sí con convicción y esperanza. Tenemos capacidades para pelear, nuestro proyecto se está completando en otros lugares y ahora toca enfrentarlo. Stefan Zweig se suicidó en 1942 pensando que el fascismo iba a ganar, pero no fue así. Si hubiera esperado unos años hubiera visto una realidad totalmente diferente: se aplastó al fascismo y se creó la época dorada de Europa en muchos aspectos.

Defendéis algo que debería hacerse por justicia: no todo el mundo sufre igual sus consecuencias.

El cambio climático y sus efectos van por barrios y por código postal. Depende de si eres mujer u hombre, si eres migrante o no, tu edad, tu capital, etc. Esto está muy estudiado y tiene que ver con una cuestión moral que tiene una dimensión técnica. Por justicia y por valores pensamos que las instituciones están para garantizar la seguridad climática de toda la ciudadanía. Si tiene alguna función el Estado y lo público es la de no dejarnos amparados ante la intemperie de la historia. Aparte, si uno tiene una mirada más estrecha, vinculada con la eficacia, verá que hay estudios que muestran que la justicia social es eficaz. Esta permite utilizar recursos que se pierden por el sumidero de la desigualdad y que las transformaciones se den con la cohesión social que necesitamos.

 

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