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Alba Gutiérrez

«Los discursos extremistas encuentran en los cerebros adolescentes un buen caldo de cultivo»

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04
junio
2026

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Para Alba Gutiérrez (1996, Asturias), investigadora de la Universidad Internacional de Valencia, la desinformación no es fruto de un error del sistema, sino la consecuencia de un entramado neurobiológico. Entrenar el cerebro para establecer cortafuegos a los bulos, según afirma, es una de las opciones más eficaces para combatirlos.


¿Es cierto que el cerebro humano prefiere una mentira que confirma sus creencias a una verdad que las desafía?

En mi opinión, más que preferir una mentira, el cerebro lo que prefiere es interpretar como coherente lo que tiene ya archivado y reducir la incertidumbre con el menor coste. En realidad, nuestro cerebro funciona como un sistema de predicciones, necesita un esquema interno para poder anticipar lo que va a pasar y decidir rápido. Cuando nos llega una información que encaja con ese esquema de creencias o de valores, entra con facilidad, se procesa con menos esfuerzo y se integra mejor con lo que ya sabíamos. La sensación de que la información que recibimos tiene sentido reduce la incertidumbre y aporta estabilidad. ¿Qué sucede cuando el cerebro procesa una información que contradice su sistema de creencias? Pues que la experiencia subjetiva lleva a pensar que ahí hay algo que no cuadra, y entran en funcionamiento los mecanismos de detección del conflicto y demanda del control. Y si esa creencia encima está unida a unos valores o una identidad personal, es decir, a datos mucho más arraigados en nuestro ser, en nuestra identidad, la información ya no se evalúa como un dato neutro, sino que el choque también afecta a toda nuestra parte afectiva y emocional. Aquí es donde hablamos de la red neuronal por defecto, distribuida en diferentes zonas de nuestro cerebro y que se asocia al autoprocesamiento, a la memoria autobiográfica y a la construcción del propio significado personal. Esta red se activa cuando existe ese choque de información contra nuestra identidad y, por eso, muchas veces algunas creencias se vuelven tan resistentes. Cambiarlas implicaría reordenar parte de lo que somos, parte de la historia interna en la que nos reconocemos.

«Poner en tela de juicio nuestro sistema de creencias requiere un gran esfuerzo cognitivo»

Y ante esa amenaza contra nuestro sistema de creencias, ¿dónde queda el espíritu autocrítico? ¿Lo estamos perdiendo o es que poner en tela de juicio la percepción que tenemos de nosotros mismos no es tan fácil?

No es que lo estemos perdiendo, sino que en la sociedad actual existen más obstáculos para poder desarrollar esa autocrítica. Vivimos en un mundo de altísimo consumo de información, principalmente motivado por la existencia de las redes sociales. El acceso a contenidos informativos es fácil y rápido, y la mayor parte de las veces somos incapaces de reflexionar acerca de lo que nos está llegando. Validar esa información que pone en tela de juicio nuestro sistema de creencias requiere un gran esfuerzo cognitivo; implica parar, atender a la información, reflexionar, compararla con las ideas que tenemos más arraigadas… Vivimos en una sociedad que reclama respuestas rápidas, precisas, instantáneas y que, además, apela más a la parte emocional de los mensajes que a la reflexión.

¿Son entonces las redes sociales y el consumo rápido de información los culpables de pervertir nuestro espíritu crítico?

Pues tanto como culpables no diría, pero sí son un amplificador. Evitar lo que nos incomoda y buscar la coherencia es algo inherente en el ser humano, pero lo que sí están haciendo las redes sociales es cambiar esas reglas del juego; están creando una infraestructura en la que muchos contenidos compiten por la atención del público con reclamos que apelan a la emoción, que imponen velocidad y prometen cierta recompensa social. Ahí es donde está su parte de responsabilidad. Lo que nos indigna, nos sorprende o sencillamente nos activa es lo que más se comparte en redes sociales. Y esa es la confirmación de que las informaciones falsas llegan mucho más lejos, mucho más rápido, que la información verificada. Pero es que, además, las redes sociales y su accesibilidad favorecen las llamadas «cámaras de eco», entornos digitales en los que interactúan personas compartiendo informaciones que refuerzan sus propias creencias. Esta es la razón que provoca que se creen grupos de pensamiento más lineal que muchas veces «engordan» el algoritmo.

Este planteamiento explicaría entonces que la desinformación no es tanto un fenómeno externo como un entramado neurobiológico que deberíamos aprender a hackear. ¿Es eso posible?

Efectivamente. La desinformación cala en el ser humano porque, como decía, aprovecha los mecanismos cerebrales más habituales que tenemos todas las personas, los sesgos de emoción o de identidad, por ejemplo. La cuestión es que, más que reprogramar el cerebro, lo que deberíamos hacer es invertir en algunos puntos de apoyo. La evidencia en psicología muestra que las creencias falsas se apoyan en mecanismos ordinarios de aprendizaje y juicio, y la corrección de esos engranajes no siempre borra el efecto. Ocurre incluso que, a pesar de que aceptemos rectificar una información que creíamos cierta y era falsa, su contenido seguirá influyendo en cómo pensamos, cómo razonamos y cómo actuamos, aunque sea de forma involuntaria. En los campos de la psicología y la sociología existen determinadas estrategias prácticas que pueden llegar a romper el círculo. La más lógica es cortar el ciclo de compartición de determinadas noticias evitando así su propagación, porque cuando un mensaje se repite una y otra vez se acaba percibiendo como verdadero.

«Cuando un mensaje se repite una y otra vez se acaba percibiendo como verdadero»

Aquello de que una mentira repetida muchas veces termina por convertirse en verdad, ¿no es así?

Exacto. Y es en ese punto donde hay que establecer cortafuegos, cambiar el sentido de la información hacia el hecho correcto y, en el caso de tener que mencionar el bulo en cuestión, aunque sea para contextualizar, hacerlo mínimamente y sin darle peso. Se comete muy a menudo el error de intentar corregir una información falsa dándole todavía más protagonismo. Por eso, las estrategias más útiles en este sentido son el llamado debunking, que es la acción de investigar y desenmascarar bulos o teorías conspirativas, y el prebunking, que consiste en prevenir la desinformación antes de que se difunda. El problema, en el primer caso, es que desmentir una información que ya ha sido difundida, dada esa tendencia innata que tenemos las personas a compartir lo que despierta nuestras emociones, es una tarea muy complicada. Por eso, la estrategia preventiva que propone el prebunking se convierte en una herramienta mucho más eficaz. Algo así como vacunar contra la mentira.

¿Y podría llegar a ocurrir que alguien que haya estado defendiendo una mentira porque coincidía con su sistema de valores descubra que ha vivido engañado? ¿Hasta qué punto puede ser doloroso rectificar?

Claro que podría pasar, y por supuesto que cuando descubrimos que los argumentos que hemos defendido durante años o durante gran parte de nuestra vida son falsos, entran en colisión la imagen de quienes somos y la de quienes creíamos ser. Se produce lo que se denomina «disonancia cognitiva», que empuja a la mente a resolver esa contradicción, bien aceptando el error, bien buscando explicaciones para protegernos. Sin embargo, cuando esa creencia falsa que dábamos por buena afecta a nuestra identidad, a nuestros valores, rectificar ya no se vive como simplemente cambiar de idea, sino que amenaza nuestra propia identidad, y esa circunstancia va acompañada de sentimientos como la vergüenza o la culpa. Y aquí, en ocasiones, se produce un efecto curioso que en el ámbito de la psicología se denomina «la perseverancia de la creencia», que nos puede llevar a mantener un comportamiento personal y social acorde con la mentira desacreditada, sencillamente porque las estructuras cerebrales llevan años construyendo un guión adaptado a esas creencias.

«El cerebro no busca la verdad de forma natural, sino que tiende a proteger sus creencias»

¿Por qué cree que los mensajes más escorados hacia los extremos calan siempre en el público más joven, como estamos viendo principalmente en el ámbito político? ¿Se debe también a que son cerebros que todavía están en construcción o hay algo que se nos escapa?

Un poco por ambas cosas. Es innegable que existe un componente de «zona de obras» en el cerebro durante la etapa de la adolescencia, donde los sistemas de recompensa, aquellos que nos ofrecen placer y sensibilidad social, son los que toman el control. Las áreas que regulan la inhibición, la toma de decisiones o la planificación, que se localizan en el lóbulo frontal, todavía están en construcción, ya que su proceso de maduración puede durar incluso hasta los 25 años, según algunos estudios. ¿Quiere decir eso que la juventud sea un factor de riesgo? No, lo que significa es que hay un mayor promedio entre la población joven de sensibilidad hacia las recompensas inmediatas, a la influencia de los pares, a los likes de las redes sociales y al sentimiento de pertenencia como seña de identidad. No olvidemos que en la adolescencia y en la adultez temprana, el ser humano está construyendo todavía su identidad, y es ahí donde los discursos más extremistas encuentran un buen caldo de cultivo. Es lo que se conoce como la Teoría de la Incertidumbre-Identidad; cuando nos sentimos solos o confusos tendemos a aceptar mensajes que establezcan fronteras muy nítidas, reglas estrictas y un liderazgo fuerte. Eso reduce la ambigüedad y aporta narrativa, motivación y una cierta autopercepción de estatus.

A modo de epílogo. Si tuviese que resumir en una sola idea, desde el terreno de la neurobiología, cómo confrontar el clima de posverdad que nos ha tocado vivir, ¿cuál sería?

Creo que la idea central sería que el cerebro no busca la verdad de forma natural, sino que tiende a proteger sus creencias, reducir su incertidumbre y darle más peso a lo que encaja con sus ideas preconcebidas. En esta era de la posverdad, la mejor defensa no es creer menos ni aislarse de la sociedad, sino cultivar el pensamiento crítico y hacer un esfuerzo de verificación antes de compartir o aceptar una idea como cierta, intentar analizar más allá de lo que por impulso podemos creer que es real, sencillamente porque está alineado con nuestros ideales.

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