El sentido del campo
«La agricultura no es un sector más de la economía, sino el cimiento mismo de la civilización», apunta el periodista y escritor Julio Llorente.
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Nuestra época ha concedido la dignidad de axiomas a tesis más bien escuálidas. Hoy se identifican el progreso tecnológico y el progreso social, el progreso social y el progreso ético. El desarrollo de los dispositivos conllevaría, por sí mismo, el avance de las comunidades. Las big tech constituirían, según la ideología hegemónica, la vanguardia del bien humano. Los luditas que impugnamos sus logros, que contenemos el entusiasmo y arqueamos la cejita, que mantenemos la adustez en el orgasmo de la fiesta nos consagraríamos, por nuestra parte, a una tarea tan enternecedora como estéril: denunciar el riesgo de un bien inmaculado. ¿Acaso el smartphone no ha limado las asperezas de una vida imperfecta? ¿No nos rescata el metaverso de una realidad opresiva?
Afirmaba Aristóteles que el fin es lo principal en todo. Si podemos bendecir el progreso técnico, es a la luz de un destino. La exaltación de los avances naturales implica una concepción del hombre y de su propósito vital. ¿Estamos llamados al dominio técnico del mundo, a su transformación conforme a los caprichos de nuestra voluntad? ¿Se agota nuestro bien en un bienestar cuantitativo, mesurable? En caso de que sí, oponerse a él, incluso matizarlo, tendría la gravedad de un crimen. El ludita y el escéptico interrumpirían una peregrinación hacia la plenitud. Sus denuncias se nos aparecerían como jeremiadas, sus advertencias como delirios. ¿Qué sentido tiene encadenar al hombre a la desdicha?
En ocasiones basta la experiencia para desmentir según qué teorías. El progreso tecnológico puede conllevar el esplendor o la devastación, el gozo o la ansiedad. ¿Cómo disertar sobre las bondades del desarrollo técnico ante un superviviente del crimen nuclear en Hiroshima? ¿Cómo hacerlo ante la madre de un niño acosado en las redes sociales, sumido en el silencio desde hace semanas? Urge recuperar aquí la sensatez perdida, eclipsada por apriorismos idolátricos. El desarrollo tecnológico no es un fin, sino un medio; nunca el telos de la acción humana, sino un apoyo para ella. El fin de toda institución, también el de la técnica, es el bien del hombre, más ligado a la bienaventuranza que al bienestar, más a una plenitud graciosa, en ocasiones sacrificial, que a una molicie confortable.
El desarrollo tecnológico no es un fin, sino un medio; nunca el telos de la acción humana, sino un apoyo para ella
Debemos recuperar aquí una vieja intuición de Raymond Aron. El filósofo francés distinguía entre un progreso cuantitativo, exclusivamente relacionado con el nivel de vida, y un progreso cualitativo cuyo objeto sería, en cambio, la calidad de esta misma existencia. El dominio del mundo no conlleva siempre, ineluctablemente, el dominio de sí. De la abundancia material no se deduce una sobreabundancia vital. El progreso que abandera Silicon Valley concierne a la posesión, incluso al consumo. El avance que defiende el sentido común concierne al ser. Aceptamos la posibilidad de un corazón corrompido, incluso la de uno corrompido en la opulencia. Aceptamos la posibilidad de un corazón bien forjado, incluso la de uno forjado en la intemperie. Contra los optimistas que proclaman el esplendor tecnológico y los pesimistas que predican su desastre, Schumacher aboga por personas que: «… estén totalmente convencidas de que la catástrofe es ciertamente inevitable salvo que nos acordemos de nosotros mismos, que recordemos quiénes somos: una gente peculiar destinada a disfrutar de salud, belleza y permanencia; dotada de enormes dones creativos; y capaz de desarrollar un sistema económico tal que la gente esté en primer lugar y la provisión de «mercancías» en segundo».
Una cuestión de ritmo
Mi crítica a la agroindustria se funda en esta idea: ni todo cambio es bueno ni todo avance es deseable. Quizá los métodos de cultivo se hayan sofisticado, pero sólo en ciertas ocasiones la sofisticación coincide con el bien. Aunque los modos de un criminal especialmente meticuloso puedan resultarnos refinados, me desconcertaría muchísimo que alguien se atreviera a considerarlos encomiables. Si bien el Estado puede confiscar las tierras de los pobres con exquisita diligencia, sólo un perturbado alabaría su exquisitez. Acaso la agroindustria sea sofisticada, pero no es agrícola en absoluto. Tiene más que ver con la producción que con el cultivo, con la ingeniería que con la labranza.
El agricultor se adecua a los ritmos de la naturaleza; la agroindustria le impone los suyos. Ya no se trata de acoger un dinamismo, sino de forzarlo. Ya no de cosechar el fruto, sino de arrancarlo como un mechón de pelo. La logística de la agroindustria difiere de la lógica de la labranza: no consiste en el cultivo de un don, sino en la obtención de una mercancía. Quizá por eso las compañías agroindustriales abandonen las cosechas cuando los márgenes no son tan lucrativos como preveían. Como denunció hace meses José Luis Gallego en un lúcido artículo, «el abandono de las cosechas […] viene repitiéndose temporada tras temporada desde hace años. Estamos hablando de fincas enteras, de centenares de hectáreas con millones de lechugas o toneladas de melones y sandías que, al no alcanzar el precio esperado en el mercado, son abandonados para que se pudran en la tierra en vez de cosecharlos». Gemma Llanes, agricultora de Ivars d’Urgell, afirma que «la gran lucha es entre la agricultura familiar y la agroindustria». ¿Podría un pequeño agricultor incurrir en un desdén así? ¿Podría descartar con semejante ligereza el fruto de la tierra y de su esfuerzo? Para él, el suelo es sede de dones abundantes y misteriosos, casi siempre incontrolables: ¿cómo desperdiciarlos sin incurrir en sacrilegio?
Este texto es un extracto de ‘El sentido del campo’ (Deusto), de Julio Llorente
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