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Educación

El amor primero: educar en tiempos de revolución tecnológica

En un contexto de revolución tecnológica y profunda transformación, para «custodiar lo más humano», el papa León plantea la necesidad de proteger la dignidad humana, la justicia y la fraternidad, y señala la importancia decisiva de la educación.

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26
junio
2026

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Hace unos días conmemoramos el centenario de la muerte de Gaudí, uno de los grandes creadores de la arquitectura moderna. Innovador radical, supo unir rigor técnico, creatividad y profundidad espiritual. La frase que se le atribuye —«Para hacer las cosas bien hacen falta: primero, el amor; segundo, la técnica»— ha resonado con especial fuerza estos días. Y no solo porque fue proyectada por drones en el cielo al final de la bendición de la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia, sino porque conecta profundamente con la propuesta educativa del papa León XIV en la encíclica Magnifica Humanitas.

En un contexto de revolución tecnológica y profunda transformación, para «custodiar lo más humano», el papa León plantea la necesidad de proteger la dignidad humana, la justicia y la fraternidad, y señala la importancia decisiva de la educación. Es importante tener presente que esta revolución tecnológica llega en un momento en el que en nuestra sociedad predomina un paradigma más tecnocrático que humanista. El papa Francisco ya había advertido, en Laudato Si, sobre las consecuencias de este paradigma: la tendencia a reducir la realidad a aquello que puede ser medido, optimizado y explotado. Este paradigma se ha hecho presente en muchos entornos educativos poniendo el énfasis de la educación exclusivamente en el rendimiento académico, la utilidad profesional y la productividad.

Poner la técnica en segundo plano no significa que sea irrelevante. El propio Gaudí era profundamente técnico y riguroso: atento a la geometría, a los materiales, a la estructura y a la luz. Las universidades deben ser espacios de búsqueda de la verdad y de investigación excelente, pero la pregunta clave es qué tipo de sociedad estamos contribuyendo a construir a través de nuestra investigación y de los profesionales que formamos. Y es precisamente aquí donde la intuición de Gaudí se vuelve fecunda: empezar por el amor significa poner en el centro a la persona, su dignidad y su vocación de contribuir al bien común.

Empezar por el amor significa poner en el centro a la persona, su dignidad y su vocación de contribuir al bien común

El papa León XIV, en Magnifica Humanitas, nos invita a «custodiar lo más humano». Y de esta llamada se desprende una tarea educativa muy concreta: velar para que la formación universitaria no pierda de vista la dignidad de la persona, el cultivo de la interioridad, la capacidad de discernimiento y el cuidado de los vínculos. Una educación solo técnica puede formar personas eficientes y competentes, pero no necesariamente personas conscientes, compasivas y comprometidas. Es necesaria una educación que ponga primero el amor y sitúe la técnica en su lugar: como una herramienta para servir mejor a la humanidad.

Custodiar la dignidad en la educación. Si una persona tiene dignidad, significa que no puede ser reducida a una sola dimensión: ni a su rendimiento académico, ni a su utilidad profesional, ni a sus competencias técnicas. Tiene valor en sí misma y, por eso, la educación debe atender a toda la persona. Una educación que parte de la dignidad entiende que hay que formar (a) la inteligencia, pero también la conciencia; (b) la autonomía, pero también la responsabilidad y el compromiso; (c) la libertad, pero también la capacidad de cuidar de los demás.

Custodiar la interioridad y el sentido para desarrollar la conciencia. La conciencia es la capacidad de darse cuenta y la interioridad es el espacio que lo hace posible. En una sociedad donde todo va tan rápido, la tendencia natural es «funcionar» en modo automático, condicionados por la prisa, por la aprobación externa, por el miedo, por la exigencia o por la lógica del rendimiento. Cultivar la interioridad significa fomentar la capacidad de detenerse, hacer silencio y preguntarse «por qué». Esta interioridad ayuda a tener una mayor conciencia de uno mismo: de las propias fortalezas, dones, vulnerabilidades, deseos y motivaciones. Pero también ayuda a mirar la realidad con más profundidad y con más espíritu crítico, sin aceptar por defecto todo aquello que se nos presenta como «verdad».

Custodiar el discernimiento para desarrollar la responsabilidad. Custodiar lo humano desde la educación significa también formar personas capaces de discernir. No basta con que comprendan el mundo y sean técnicamente competentes. Es necesario que aprendan a distinguir entre lo que es posible y lo que es bueno; entre lo que es solo legal y lo que es justo; entre lo que es solo eficiente y lo que es verdaderamente humano. Esta es una cuestión especialmente importante en un contexto marcado por el paradigma tecnocrático, en el que la toma de decisiones basada en datos se presenta como si fuera neutral, objetiva e incuestionable. Pero los datos siempre son seleccionados, interpretados y utilizados desde un determinado marco de valores. Por eso, la educación no puede limitarse a formar personas capaces de analizar información; debe formar personas capaces de preguntarse por las consecuencias de sus decisiones. Discernir es aprender a preguntarse: ¿a quién afecta esta decisión? ¿Quién queda fuera? ¿Qué consecuencias puede tener para los más vulnerables?

Una educación solo técnica puede formar personas eficientes y competentes, pero no necesariamente personas conscientes, compasivas y comprometidas

El discernimiento tiene también una dimensión comunitaria. Los grandes retos sociales a los que nos enfrentamos no pueden abordarse desde inteligencias aisladas ni desde liderazgos solitarios. Requieren procesos compartidos, escucha mutua y trabajo colaborativo entre personas diversas. Por eso, educar implica enseñar a formar parte de procesos colectivos: aprender a escuchar, contrastar y construir decisiones con otros, en lugar de buscar respuestas inmediatas o impuestas.

Custodiar los vínculos para desarrollar el cuidado de los demás. Finalmente, custodiar lo humano desde la educación significa custodiar los vínculos. La universidad no es solo un espacio de transmisión de conocimiento o de adquisición de competencias; es también un lugar donde se aprende a convivir, a discrepar, a reparar, a cuidar y a construir sentido compartido. Esta dimensión es especialmente necesaria en un tiempo marcado por la polarización, la fragmentación y la tendencia a relacionarnos desde la utilidad o la competición. Por eso, educar es crear espacios donde el encuentro sea posible: espacios de escucha, de diálogo y de reconocimiento mutuo.

La obra de Gaudí nos recuerda que la técnica solo llega a ser verdaderamente grande cuando nace de una mirada amorosa y comprometida con la realidad. Cuando se pone al servicio de las personas, es capaz de construir cosas maravillosas. Quizá este sea también el gran reto de la educación hoy: formar personas que no solo dominen la técnica, sino que tengan también una mirada amorosa y la voluntad de orientar su acción hacia el bien común. Repensemos, por tanto, cómo educamos, porque educar es construir nuestro futuro.


Cristina Giménez es catedrática de Operaciones, Innovación y Gestión de la Tecnología. Directora de Identitat y Misión de Esade

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