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Sociedad

Defender la democracia, una tarea de cada generación

Cuando se habla de la aparente falta de implicación de los jóvenes en la vida pública, quizá convendría cambiar la pregunta. Tal vez no se trate únicamente de por qué participan menos, sino también de qué condiciones existen para que puedan hacerlo.

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21
abril
2026

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Vivimos en una sociedad profundamente marcada por la individualización. Durante décadas se ha reforzado una narrativa que sitúa al individuo en el centro de todo: de su éxito, de su fracaso, de su estabilidad y de su futuro. Cada vez más, se nos dice que nuestra vida depende únicamente de nuestras decisiones, de nuestro esfuerzo y de nuestra capacidad de adaptación. Esta idea ha moldeado no solo la manera en que entendemos nuestras trayectorias personales, sino también nuestra relación con lo colectivo.

Cuando el foco se desplaza hacia lo individual, lo común empieza a perder espacio. Y cuando lo común se debilita, también lo hace algo fundamental para cualquier sistema democrático: la capacidad de movilizarnos juntos.

La democracia no se sostiene únicamente en instituciones o normas. Esto es imprescindible, pero no es suficiente. Para que una democracia funcione necesita algo más difícil de construir y, sobre todo, de mantener: una ciudadanía que se sienta parte de un proyecto compartido. Una ciudadanía que entienda que la vida pública no es un espacio ajeno, sino un ámbito que también le pertenece y en el que tiene un papel que desempeñar.

Cuando el foco se desplaza hacia lo individual, lo común empieza a perder espacio

Sin ese sentimiento de pertenencia, la participación democrática se resiente. La política se percibe como algo distante, como un escenario que pertenece a otros y que poco tiene que ver con la vida cotidiana. Poco a poco, lo público se convierte en un lugar al que miramos desde fuera, no en un espacio en el que nos sentimos implicados.

En este contexto, la educación adquiere una importancia central. No solo porque es el lugar donde adquirimos conocimientos, sino porque también es el espacio donde aprendemos —o dejamos de aprender— a convivir con otros, a escuchar puntos de vista diferentes y a debatir ideas que no siempre coinciden con las nuestras.

La educación es, en gran medida, el lugar donde se construyen las bases de la cultura democrática. Allí se forman las herramientas que permiten comprender la complejidad de la sociedad y a cuestionar lo que nos rodea. No se trata únicamente de transmitir información, sino de formar ciudadanos capaces de dialogar, de asumir responsabilidades colectivas y, sobre todo, de discrepar sin elevar la voz o romper la mesa.

Hablar de democracia, por tanto, también implica hablar de cómo educamos y de qué valores transmitimos en ese proceso. Una democracia fuerte necesita ciudadanos que no solo conozcan sus derechos, sino que también comprendan la importancia de ejercerlos y de protegerlos.

Sin embargo, cuando se habla de participación democrática hoy, hay un elemento que suele aparecer con frecuencia en el debate público: la relación entre juventud y política. A menudo se repite la idea de que las nuevas generaciones participan menos, que están desinteresadas o que viven desconectadas de los asuntos públicos. 

El 79% de los jóvenes menores de 24 años no votó en las elecciones europeas del 9 de junio y el 87,1% de los menores de 12 a 17 años en España afirma no confiar en la clase política. Si, efectivamente los datos son desalentadores pero pocas veces se analiza con suficiente profundidad el contexto en el que esa experiencia generacional se está desarrollando.

Hoy, para muchas personas jóvenes, imaginar un proyecto de vida estable se ha convertido en un desafío constante. El acceso a la vivienda se ha transformado en una carrera cada vez más difícil de ganar, incluso para quienes tienen empleo. Los salarios, en muchos casos, no permiten construir una autonomía real, y la precariedad se ha instalado como una condición estructural más que como una etapa temporal.

A esta realidad se suma una sensación de incertidumbre que atraviesa muchos aspectos de la vida: desde las condiciones laborales hasta la posibilidad de planificar el futuro con cierta estabilidad. En ese contexto, proyectarse a largo plazo se vuelve complicado (por no decir casi imposible).

Hoy, para muchas personas jóvenes, imaginar un proyecto de vida estable se ha convertido en un desafío constante

Y cuando el futuro se percibe como algo incierto o inalcanzable, también se resiente la relación con la política. La participación democrática, al fin y al cabo, implica pensar en lo colectivo y en el largo plazo. Implica imaginar que las decisiones que tomamos hoy pueden contribuir a construir una sociedad distinta mañana.

Pero esa imaginación política necesita apoyarse en una experiencia vital que permita creer en el futuro.

Por eso, cuando se habla de la aparente falta de implicación de los jóvenes en la vida pública, quizá convendría cambiar la pregunta. Tal vez no se trate únicamente de por qué participan menos, sino también de qué condiciones existen para que puedan hacerlo.

La participación democrática no depende solo de la voluntad individual. También está vinculada a las condiciones materiales y sociales en las que se desarrolla la vida de las personas. Cuando esas condiciones dificultan la estabilidad, la capacidad de implicarse en proyectos colectivos también se ve afectada.

Esto no significa que las nuevas generaciones estén al margen de la política. En realidad, muchas veces ocurre lo contrario. Lo que sucede es que las formas de participación están cambiando. La implicación puede aparecer en movimientos sociales, en iniciativas comunitarias, en espacios culturales o en nuevas formas de activismo que no siempre encajan en las estructuras políticas tradicionales.

La democracia, al fin y al cabo, es también un proceso en constante transformación. Sus formas de participación evolucionan con la sociedad y con las generaciones que la habitan.

Sin embargo, hay algo que permanece constante: la democracia no es un estado permanente ni una herencia garantizada. No es algo que recibimos de las generaciones anteriores y que continuará funcionando por sí solo.

Se sostiene cuando participamos, cuando debatimos, cuando defendemos aquello que creemos justo y cuando nos implicamos en la vida pública. Se fortalece cuando entendemos que lo colectivo no es una abstracción, sino el espacio donde se decide el tipo de sociedad en la que queremos vivir.

En otras palabras, la democracia no se hereda. Se cuida.

Y ese cuidado exige atención constante. Exige diálogo entre generaciones, reflexión sobre los desafíos del presente y voluntad de construir un futuro común incluso en contextos de incertidumbre.

Porque, al final, ninguna democracia está completamente asegurada. Todas necesitan ser habitadas, cuestionadas y defendidas por quienes viven en ellas.

Y precisamente por eso nunca podemos darla por garantizada.


Cristina Segura es coordinadora de comunicación interna y movilización de Talento para el Futuro.

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