De vulnerables a poderosos
La espectacular transición demográfica, el incremento de la esperanza de vida y los determinantes sociales, junto con los avances científicos, son los elementos claves que mejor explican la lucha de la humanidad por la salud y la vida.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
Hace diez mil años la humanidad se fue asentando a lo largo de los ríos y las costas de todo el planeta, contando con una población que apenas llegaba a los cinco millones de personas, un número que fue aumentando, de manera casi imperceptible, durante siglos y siglos, hasta que en 1800 alcanzó los mil millones, en 1930 los dos mil y en 2022 los ocho mil. No es de extrañar, por tanto, que la de los ocho mil millones de mujeres y hombres que hoy nos amontonamos, sobre todo en ciudades y suburbios, sea la primera de las tres cifras que he escogido para enmarcar.
Una vez que ya sabemos cuántos somos, ahora habría que averiguar cuánto tiempo vivimos. Las estadísticas dicen que a principios del siglo XIX, cuando muchos campesinos morían de hambre y los niños aún trabajaban en las minas, la esperanza de vida era de tan solo treinta años. Esto no significa que la mayoría de las personas murieran a los treinta años, sino que esta cifra venía condicionada por el hecho de que la mitad, o más, de los bebés morían al nacer o poco después. En cambio, las criaturas que superaban este primer escollo podían vivir hasta los cincuenta, los sesenta o los setenta años. Todo hace pensar que esta perspectiva se mantuvo, más o menos, inalterable desde el principio de los tiempos, hasta que a lo largo del siglo XIX se observó un incremento lento y sostenido de la esperanza de vida, que alcanzó los cuarenta años a mediados del siglo XX. Pero el cambio fuerte llegó en los años sesenta del siglo pasado, cuando los países contendientes en la Segunda Guerra Mundial, agotados de tanta destrucción, se apresuraron a desplegar políticas que propiciaban el bienestar e incentivaban el consumo, y en ese nuevo clima la esperanza de vida se fue elevando hasta llegar a los setenta y dos años actuales. Es decir, que ahora no solo somos ocho mil millones, sino que, además, vivimos más del doble que hace apenas doscientos años.
Ahora no solo somos ocho mil millones, sino que, además, vivimos más del doble que hace apenas doscientos años
Para buscar una tercera cifra igual de relevante, me gustaría que, como yo, confiaras en Thomas McKeown, un epidemiólogo británico del siglo pasado que investigó cuál era la causa de la mejora de la esperanza de vida que se había observado en Inglaterra y Gales durante el siglo XIX, y concluyó que el factor más influyente había sido que la gente pobre había empezado a comer más y más variado, lo que, según él, contribuyó decisivamente a reducir la incidencia de muchas enfermedades infecciosas mucho antes de la aparición de los antibióticos. También especificó que otro elemento clave para los buenos resultados en salud habían sido las infraestructuras que las autoridades municipales, con la finalidad de evitar brotes de cólera y de tifus, habían construido para separar las aguas fecales de las de consumo.
Según McKeown, las mejoras de las condiciones sociales e higiénicas, además de comportar un desarrollo económico más favorable, eran más beneficiosas para la vida de los humanos que los siempre admirados avances médicos. Esta tesis, conocida como la de la medicina social (que fue, de hecho, el título de su libro), era absolutamente contracultural, y por ese motivo McKeown tuvo que enfrentarse a la corriente de pensamiento mayoritaria, que defendía justamente la idea contraria. Es decir, que eran las novedades científicas las que favorecían que la gente viviera más. En esta dialéctica entre la visión social y la médica, el epidemiólogo británico contó con pocos pero notables adeptos, entre los que destacó el filósofo austríaco Ivan Illich, reconocido, entre otras cosas, por sus posiciones contrarias a las actuaciones médicas poco sustentadas. Para remachar el clavo de la medicina social, en 1974 Marc Lalonde, por entonces ministro del gobierno canadiense, propuso que las políticas de salud no se ciñeran a los servicios sanitarios, sino que se ampliaran a los determinantes más influyentes, como los sociales, los económicos, los culturales y los medioambientales. Fue a partir del informe Lalonde cuando la tesis de la medicina social de McKeown fue ganando terreno, y hoy ya es universalmente aceptado que los determinantes sociales influyen en un 75%, o más, en la salud de las poblaciones, una cifra lo bastante contundente como para obligarme a echar una ojeada a las miserias que golpean la sociedad, antes de analizar las aportaciones de la medicina a la lucha por la vida.
Este texto es una reproducción de la introducción del libro ‘De vulnerables a poderosos. La apasionante lucha de la humanidad por la salud y la vida’ (Lectio Ediciones, 2026) de Jordi Varela.
COMENTARIOS