Contra Zoilo
El zoilo es, por definición, un buscador de faltas, alguien que busca su medro en el menoscabo de la obra ajena.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
Zoilo de Anfípolis se ganó el sobrenombre de Homeromastix, esto es, «azote de Homero», y nada sabemos del susodicho salvo que hizo fama por zaherir, verso a verso, al príncipe de los poetas. Veintitantos siglos después, una nueva leva de homeromástices castrones se ha echado sobre Christopher Nolan precisamente por atreverse con la Odisea. Bastó el primer tráiler para que salieran de debajo de las piedras miles de peritos en micenología, todos con su vara de medir el yelmo reglamentario, felicísimos de pillar en un renuncio al director millonario. ¡Casi parecía que el baranda se hubiera comprometido a una reconstrucción forense del Egeo, y no a llenar cines con una película ruidosa y palomitera!
Uno confiesa que siempre se lo ha pasado bien con las películas de Nolan y que no acaba de entender qué carallo se exige a un director comercial aparte de aquello, ya bastante infrecuente, de arriesgar cantidades monstruosas de dinero en una visión propia y, ya puestos, conseguir que una película tenga la envergadura de un gran espectáculo y la expectación de un acontecimiento. Que los zoilos repitieran al unísono la misma cantinela no lograba predisponerme contra ella, sino a su favor y contra ellos.
La escritora Lídia Jorge sostiene que quien hace una obra no teme tanto la censura o el fracaso como la burla
Sostenía recientemente la escritora portuguesa Lídia Jorge en El País que quien hace una obra no teme tanto la censura o el fracaso como la burla. A su juicio, no convendría despachar demasiado aprisa las supuestas incongruencias temporales de Nolan, que suele deslizar en sus películas, aun transcurriendo en tiempos pretéritos, avisos para el presente. Oppenheimer hablaba de Los Álamos, pero también, y no muy por lo bajini, de la alegre posibilidad de que terminemos bajo el hongo atómico, y el caballo de Troya de su particular Odisea, hecho de metal y no de madera, podría ser menos una licencia artística que un aviso de los tiempos recios que se nos echan encima.
El zoilo es, por definición, un buscador de faltas, alguien que busca su medro en el menoscabo de la obra ajena. Cuando habla de obras ajenas cabe imaginarlo como un albañil que nunca levantó un muro ni aplomó un tabique, pero que sabe lo justo para señalar una grieta en el muro de carga o una junta mal ejecutada. A diferencia del viejo diletante, no necesita dominar bien la materia: bastan un par de nociones allegadizas y una burla cruel, convertida en juicio sumarísimo, para sacarle una verruga.
La aparición de una obra enterita, conclusa, alzada contra la galbana, el miedo y las mil arterías con que uno se dispensa de hacer aquello que alguna vez juró que haría, lo obliga a comparecer, muy a su pesar, ante sus propias deserciones. ¡Cuántos libros que no escribió, cuántos cuadros que dejó en el bastidor…! Recuérdese lo que enseñaba Jung a cuento de la vida no vivida. El artista sin obra acaba tomando a chacota a quienes se dejan los ojos, el suelo y la pelleja en producirla, por la misma razón que el amante que nunca se jugó el corazón, por miedo a que se lo devolvieran hecho picadillo, llama cursilería al amor y se ríe de los enamorados.
COMENTARIOS