TENDENCIAS
Opinión

¿Es de no nacidos ser agradecidos?

Alberto Núñez Feijóo promete extender al conjunto de España la ley madrileña del «concebido no nacido». El debate se enzarza en el sexo de los ángeles semánticos mientras se ignora el precio prohibitivo de la vivienda, la precariedad endémica de los jóvenes, los horarios incompatibles con la dignidad familiar o la asfixia fiscal.

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
07
julio
2026

Alberto Núñez Feijóo promete extender al conjunto de España la ley madrileña del «concebido no nacido». La expresión posee una eficacia literaria extraordinaria. Ningún laboratorio de comunicación habría encontrado una fórmula más persuasiva. Desaparece el tecnicismo. Comparece una criatura suspendida entre el misterio y la esperanza. La política conoce desde hace tiempo el poder de las palabras. Cambiar el nombre de las cosas constituye el primer paso para cambiar la conversación sobre ellas.

La iniciativa revela además una mutación más interesante que la propia norma. Feijóo había cultivado el personaje del administrador, del hombre práctico, del dirigente refractario a las guerras culturales. Bastó el ascenso –la competencia– de Isabel Díaz Ayuso para descubrir que la moderación también aspira a fabricar símbolos. El presidente del Partido Popular ya no pretende distinguirse de la presidenta madrileña. Aspira a nacionalizarla, precisamente cuando ya ha asumido como propia la doctrina xenófoba de Vox.

No discutimos aquí la oportunidad de unas ayudas públicas, sino el relato teológico que las envuelve. El Estado deja de socorrer a una embarazada para empezar a reconocer al concebido. La diferencia parece semántica, aunque las batallas contemporáneas se libran precisamente en el territorio del lenguaje. Primero se conquista el diccionario; después llegan las leyes. Se cuela un perfume de incienso confesional que parecía reservado a otras épocas. La maternidad se aproxima al altar. El embarazo adquiere una solemnidad casi sacramental. La política recurre al léxico de la fe para conferir espesor moral a una decisión administrativa. Así es que preguntarse si semejante envoltorio ayuda a resolver un problema o únicamente satisface una identidad.

Las batallas contemporáneas se libran precisamente en el territorio del lenguaje

Porque el problema existe. España envejece con una velocidad que convierte cualquier debate sobre la natalidad en una cuestión de supervivencia. La pirámide demográfica adopta la forma de un ciprés. Cada nacimiento constituye una excelente noticia para un país que ha aprendido a vivir de espaldas al relevo generacional.

Precisamente por eso sorprende la pobreza de la discusión. Un desafío de semejante magnitud merece políticas de conciliación, vivienda asequible, estabilidad laboral y protección efectiva de las familias. Merece incentivos ambiciosos para quienes deciden tener hijos. El riesgo consiste en confundir la estrategia con la liturgia. España necesita más españolitos o más españolazos. Lo que difícilmente necesita es convertir el Registro Civil en una prolongación de la sacristía. La demografía pertenece a la estadística. El incienso pertenece a otro ministerio, sobre todo cuando se propaga para protegernos de los inmigrantes. Y para suscribir un panfleto patriotero que utiliza a los concebidos como barrera ante los nacidos de fuera.

El Estado, tan evasivo para reconocer méritos, pagar ayudas, resolver expedientes o conceder citas, descubre una diligencia prenatal que desafía incluso a la biología. Todavía no ha llegado el parto y ya comparece el funcionario. El concebido adquiere una existencia burocrática antes de estrenarse en el mundo. La ventanilla precede a la cuna.

Resulta pasmoso que un país al borde del colapso biológico dedique sus energías a discutir de filología y no de supervivencia. El debate se enzarza en el sexo de los ángeles semánticos mientras se ignora el precio prohibitivo de la vivienda, la precariedad endémica de los jóvenes, los horarios incompatibles con la dignidad familiar o la asfixia fiscal. Traer un hijo al mundo se ha convertido en un artículo de gran lujo, un capricho suntuario reservado a economías heroicas. Y luego sobreviene el desgarro de vestiduras cuando las maternidades quedan desiertas.

Un desafío de semejante magnitud merece políticas de conciliación, vivienda asequible, estabilidad laboral y protección efectiva de las familias

Feijóo ha abrazado la mutación con el entusiasmo del converso. El volantazo resulta asombroso en un prócer que había esculpido su efigie pública sobre el mármol de la gestión gris, la timidez funcionarial y el aburrimiento galaico. Su hoja de servicios ignoraba la épica de las cruzadas culturales. El líder gallego prefería el libro de cuentas al cantar de gesta, el expediente al crucifijo. Y sin embargo, decide ahora elevar a los altares de la política nacional el bálsamo más codiciado del laboratorio heráldico de Isabel Díaz Ayuso. No exporta una exención fiscal, sino una manera de disputar el coso sentimental donde la derecha, por complejos o por pereza, llevaba décadas firmando la comparecencia de no presentado.

Resulta que la familia ideológica que tradicionalmente abominaba del hipercontrol estatal diseña ahora una Administración con vocación de ecografía omnipresente. El ciudadano cotiza antes de tener, el negociado de ventanilla precede al primer llanto. Jamás el funcionariado patrio había demostrado semejante voracidad prenatal.

El Estado tiene la obligación de amparar la maternidad, de engrasar la natalidad y de aliviar el bolsillo de quienes se atreven a la intrepidez de fundar una familia. Pero el Estado no puede legislar sobre el misterio. Cada vez que el poder civil profana el territorio de las creencias corre el riesgo inminente de transformar el Código Civil en un devocionario y los Presupuestos Generales en un sermón dominical. El incienso es un artículo de primera necesidad para la misa, pero la legislación requiere un perfume bastante más terrenal.

Que el Estado acompañe a la mujer que espera, que le allane la cuesta y le abrigue la incertidumbre es justicia elemental que no necesita padrinos celestiales. Pero si la ley aspira a decirnos qué es la vida y cuándo comienza el alma, entonces ya no estamos ante un boletín oficial sino ante un catecismo con membrete. Las ayudas se agradecen en euros, no en dogmas; y el legislador prudente sabe que su oficio termina donde empieza el misterio: ahí conviene descubrirse el sombrero, guardar silencio y dejar que cada conciencia rece o no rece por su cuenta.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

COMENTARIOS

(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});
SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME