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¿Cómo se gana una guerra comercial?

Las guerras comerciales son piezas fundamentales de la geopolítica del siglo XXI. Pero ¿puede alguien salir vencedor de esas batallas?

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15
junio
2026

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Las bolsas de patatas fritas japonesas se han hecho virales. Lo que ha convertido en historia destacada su packaging es lo que cuenta sobre geopolítica. Algunas marcas japonesas se están pasando al blanco y negro y al diseño minimalista porque se están quedando sin nafta, un derivado del petróleo clave para imprimir en colores. El cierre del estrecho de Ormuz (medida de presión de Irán en medio de la guerra) ha tenido ramificaciones comerciales. El comercio se ha convertido en uno de los elementos clave de la geopolítica del siglo XXI. Las guerras comerciales, tanto con límites a la importación/exportación como con el uso de aranceles, están cada vez más presentes, ya sea como medida de castigo, de presión o como elemento proteccionista.

Según un análisis realizado por investigadores estadounidenses, el número de empresas globales que confirman que sus operaciones se están viendo afectadas por guerras comerciales es ahora tres veces mayor que en la década de 2010. A cierre de mayo, la Global Trade Alert identificaba 804 nuevas políticas e iniciativas en todo el mundo que podían considerarse guerras comerciales. Su gráfico de las últimas dos décadas muestra una línea ascendente, que ha escalado abruptamente desde 2020.

Por supuesto, todas estas guerras comerciales tienen consecuencias. No solo aumentan la tensión geopolítica global y complican las relaciones internacionales, sino que también pasan factura a los propios países que las ponen en marcha.

Estados Unidos es el gran protagonista de las guerras comerciales de los últimos años, al convertirlas en parte de la agenda de Donald Trump y usarlas como elemento de presión de forma recurrente. A su electorado, la administración Trump le prometió que tendrían un impacto positivo en el mercado interior, pero la realidad es diferente. Los precios de la cesta de la compra en el país se han disparado, pero también ha tenido costes en su proyección global. Según datos del North Dakota State University Agricultural Trade Monitor, las exportaciones agrícolas de Estados Unidos a China cayeron entre marzo de 2025 y febrero de 2026 en 15.000 millones de dólares.

En términos reputacionales, EE.UU. ha visto cómo se resentía su imagen pública, tanto a nivel de soft power como en intención de consumo de la ciudadanía en algunos de sus mercados clave. En la primavera de 2025, un estudio del Banco Central Europeo confirmaba que existía una tendencia en Europa a evitar productos estadounidenses. Los consumidores europeos mostraban un fuerte deseo a adquirir alternativas.

Quienes sean capaces de reaccionar más rápido, crear nuevas alianzas y establecer nuevas fortalezas serán quienes salgan reforzados de la guerra comercial

Como apunta un análisis de Le Monde, esto es algo nuevo, ya que Europa no es, en líneas generales, un mercado que tienda al boicot. El medio lo señala con las cifras de ventas de Tesla: en Francia, en abril de 2025 las matriculaciones de estos coches cayeron en un 49% si se comparan con el mismo mes de 2024. En el primer cuatrimestre de 2025, las ventas francesas de Tesla se desplomaron en un 44%, mientras el mercado del automóvil perdió de media solo un 7,3%.

En los últimos meses, han aparecido apps y grupos en redes sociales que identifican productos europeos alternativos a los estadounidenses. Pero se ha notado también un crecimiento a un nivel que va más allá de la preocupación por cuestiones como la soberanía digital o la soberanía tecnológica.

Y a todo ello hay que sumar que las guerras comerciales tienen consecuencias inesperadas y funcionan como piezas de dominó, como explica en el Financial Times la experta Soumaya Keynes. El cierre de Ormuz quería presionar a Estados Unidos e Israel, ejemplifica, pero también es lo que ha llevado a que se cierren colegios en Pakistán o que la campaña de verano europea entre en una potencial crisis por la falta de petróleo y sus derivados. Y, por supuesto, es lo que ha dejado a las patatas fritas japonesas sin colores.

¿Quién gana entonces en una guerra comercial? Keynes es la autora, junto con Chad P. Bown, de un libro sobre la cuestión: How to Win a Trade War, que acaba de ser publicado en inglés. Siempre se dice que las guerras comerciales no las gana en realidad nadie, porque a quien las lanza acaba saliéndole el tiro por la culata y a quien las padece le toca, valga la redundancia, padecerlas. Keynes y Bown señalan, con todo, y como la propia Keynes indica en una columna en el FT, que pueden tener consecuencias positivas inesperadas, al menos para algunos jugadores del mercado.

Por un lado, hacen que el mercado se diversifique, porque no queda más remedio. Ocurrió a finales del XIX, cuando Reino Unido abusó de su posición dominante en los cables telegráficos para limitar los flujos de información. Consiguió que Países Bajos y Alemania entrasen en el mercado desplegando sus propios cables y aceleró el desarrollo de la comunicación inalámbrica. Y pasó también más recientemente con el control de las tierras raras chino: ante los bloqueos en acceso a las empresas no chinas, se buscaron proveedores alternativos. Brasil, de hecho, salió reforzado con nuevos contratos. Ahora que EE.UU. está bloqueando el acceso chino a piezas de hardware claves para la IA, las empresas chinas han acelerado el desarrollo de chips.

Así, las guerras comerciales no solo pueden mover el foco de producción, sino que además también se acelera la innovación, defienden los expertos. Aunque el coste es elevado y el proceso doloroso, porque empieza con un choque al sistema, la respuesta pasa por encontrar alternativas y desarrollarlas. La crisis del petróleo de los 70, recuerdan los autores, empujó a que se aumentase la eficiencia de consumo de los coches y las restricciones de Alemania a la exportación de productos químicos durante la I Guerra Mundial llevó a que Reino Unido crease una industria propia en ese sector.

Keynes y Bown no saben quién ganará las guerras comerciales de este siglo XXI (es todavía «muy pronto» para saber si EE.UU. o China lograrán «neutralizar las armas económicas del otro»), pero sí señalan que ciertos rasgos ayudarán a inclinar la balanza. Quienes sean capaces de reaccionar más rápido, de crear nuevas alianzas y de establecer nuevas fortalezas para el contraataque serán quienes salgan reforzados de la guerra comercial.

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