TENDENCIAS
Sociedad

Breve historia de los luditas

El ludismo de la Inglaterra de inicios del siglo XIX funciona como un sorprendente eco de la actual lucha contra los excesos de la digitalización. Inestabilidad, pobreza y crisis marcaban el contexto en el que los luditas reclamaban una transición más justa.

Artículo

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
31
marzo
2026

Artículo

Hacía frío y la muchedumbre permanecía en silencio. Los ajusticiamientos públicos en la Inglaterra de Regencia eran morbosos espectáculos, con una atmósfera un tanto festiva. No era el caso ese día: los que iban a ser colgados en el centro de York eran considerados «héroes del pueblo». George Mellor, William Thorpe y Thomas Smith habían sido condenados en un juicio como culpables del asesinato de William Horsfall, industrial textil que había muerto poco antes tras recibir varios disparos en un camino. También estaban siendo juzgados como líderes del movimiento ludita. Los tres hombres se proclamaron inocentes, pero nunca acusaron a nadie ni desvelaron nada sobre los luditas. Todas las personas que formaban parte habían hecho un pacto de silencio.

A la semana, colgaron a siete luditas más. «Cuando se abrieron las trampillas y los siete cayeron para encontrar su final, la multitud quedó horrorizada», escribe Brian Merchant en Sangre en las máquinas (Capitán Swing). Ben Walker, el hombre que los delató, nunca recibió la recompensa que le habían prometido y acabó sus días mendigando en la calle, persona non grata en su región. La muerte de Mellor y los demás luditas en 1813 tuvo un impacto considerable en el movimiento. «Era una herida profunda. Los ataques a la maquinaria continuaron durante seis años, sobre todo en Notthingham», escribe Merchant. «Pero el movimiento había pasado ya su punto álgido».

«El término ludita se distorsionó y pasó a la historia para designar a una persona ignorante (como poco), alguien que se opone a la tecnología ciegamente y, sobre todo, hace gala de una resistencia condenada al fracaso», resume el ensayista. En realidad, era un movimiento «complejo y poliédrico» y sus participantes no eran locos que se oponían de forma irracional a las máquinas. El juicio contra Mellor, Thorpe y Smith fue, explica Merchant, el lugar en el que se expusieron todos los tópicos que luego afianzarían la imagen pública de los luditas. Tópicos que tenían mucho de clasistas (los luditas venían de la chusma, del pueblo) y de incomprensión. «[El fiscal] Thompson erigió una falacia argumentativa que aún perdura: los luditas eran demasiado necios para entender que la automatización, a la larga, beneficiaría a todo el mundo», apunta Merchant.

Pero ¿qué querían realmente los luditas? Sangre en las máquinas invita a replantearse lo que se piensa que se sabe sobre este movimiento y a comprender no solo el impacto directo que tuvo en su momento y las décadas que lo siguieron sino en el movimiento obrero a largo plazo. Se trata de ir más allá de la idea de que los luditas eran simples personas del norte de Inglaterra que empezaron a romper las nuevas máquinas textiles cuando estas les dejaron sin trabajo.

Para ello, antes hay que comprender su contexto, ese momento en el que surgen los inventores de las máquinas textiles. Sus máquinas hacían piezas de muy baja calidad y con claras desventajas, pero se produjo un enamoramiento ante su potencial puesto que bajaban los precios y permitían inundar el mercado de productos.

La incorporación de las máquinas cambió también las condiciones de trabajo del personal de las fábricas, empeorándolas. El impacto más notable fue que permitió pivotar en términos de contratación. El trabajo que antes hacía un personal especializado (y adulto) que había pasado años formándose para ello ahora lo podía hacer cualquiera. Así las fábricas se llenaron de niñas y niños que trabajaban en condiciones inhumanas. En su libro, Merchant recoge la historia de los huérfanos de Londres que eran enviados al norte con la promesa de una vida mejor que jamás llegaba.

Todo esto ocurría en un momento ya de por sí complejo. Era el período de las guerras napoleónicas, de numerosas crisis de subsistencia y de las políticas de cerramientos que privatizaron espacios que eran comunes y eliminaron esos recursos para el pueblo. La situación para quienes perdían sus trabajos en la industria textil era terrible, llena de hambre y desesperación. En paralelo, los ricos se estaban haciendo muchísimo más ricos, los pobres muchísimo más pobres y desde las élites no se entendía (o no les importaba) lo que le ocurría a la gente en situación precaria.

Además, surgió la falacia (algo que también ocurre ahora, advierte Merchant) de que las máquinas podían hacer el trabajo solas, que no se necesitaba a las personas. Esto degradó el valor del trabajo humano y su importancia. Al tiempo, el entorno fabril de nuevo cuño que estaba apareciendo creaba espacios de control absoluto en los que el dueño de la fábrica lo marcaba todo, incluyendo dónde vivían sus empleados.

El ludismo consistió en identificar el punto en que las élites usaban la tecnología en detrimento de las personas para organizar un contraataque

Por tanto, el movimiento ludita quería «proteger sus intereses económicos, su comunidad y su libertad personal», explica Merchant. «El verdadero ludismo consistió en identificar el punto exacto en el que las élites estaban usando la tecnología en detrimento de las personas y organizar el contraataque», asegura. Los luditas pasaron a la historia como necios porque su historia no la escribieron ellos, pero su impacto fue mucho más duradero de lo que podría parecer a simple vista. Poco más de década después, el Capitán Swing (como antes lo había hecho el General Ludd, líder mítico ludita) capitaneaba otra revuelta obrera en Inglaterra.

«Le debemos mucho a los luditas», defiende Merchant. Su movimiento tuvo efectos directos ya en su época. «Consiguieron victorias económicas y políticas reales», explica. Su lucha impulsó «salarios decentes» en la región y retrasó la mecanización, lo que les dejó margen de maniobra para hacer presión a nivel legislativo. Igualmente, lograron crear un lenguaje nuevo: la lucha se había convertido en algo marcado por la solidaridad y el control del foco de atención, abriendo el camino que luego seguirían otros movimientos obreros, como las luchas mineras. Y, sobre todo, crearon «un modelo y un lenguaje» para posicionarse contra «los excesos del capitalismo industrial».

Esto es lo que hace que este movimiento, pionero en la lucha de los derechos de los trabajadores, resulte tan relevante en los tiempos actuales. «La razón por la que hay tantas semejanzas entre el mundo actual y la época de los luditas es que apenas ha habido cambios en nuestra actitud hacia los emprendedores y la innovación, la organización de la economía o la forma en la que incorporamos la tecnología a nuestra vida y sociedad», asegura Merchant. Muchas de las cosas que los luditas criticaban son parecidas a las que las trabajadoras y trabajadores actuales lamentan de la digitalización de la sociedad. El techlash en 2018 tuvo raíces que a George Mellor no le hubiesen resultado nada raras.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME