Sicalipsis
Breve historia del cuplé
El término sicalipsis, con toda su carga de erotismo y procacidad, está íntimamente ligado a un género musical y escénico que tuvo gran predicamento en nuestro país: el cuplé. A principios del siglo pasado, dicho género invadió los escenarios patrios, convirtiéndose en el más popular hasta la fecha.
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«Sicalipsis: malicia sexual, picardía erótica». Los conceptos con que la propia RAE define el término «sicalipsis» no dejan de ser, cuanto menos, algo confusos. ¿Qué es lo sexual cuando se convierte en malicia? ¿Y dónde habita el erotismo de la picardía? A pesar de ello, cualquier lector atento se conforma una idea inmediata del término al leer dicha definición. La sicalipsis es, por tanto, una suerte de intencionalidad a la hora de despertar en quien la sufre cierta comezón de índole sexual hacia quien la ejercita.
Si atendemos a la etimología de la palabra, proveniente de la unión de los términos griegos sỹkon (higo) y aliptikós (frotar, masajear), obtenemos una definición más obvia, que fue adaptada a nuestro idioma en 1902 para anunciar la salida al mercado de una nouvelle de contenido pornográfico. Pero pronto, la sicalipsis pasó a formar parte del argot teatral, específicamente en lo relativo al teatro de variedades compuesto por sainetes, revistas musicales, zarzuelas («género chico») y especialmente el que pasó a la historia como «género ínfimo»: el cuplé.
Sin duda, poco sabría la pionera del cuplé Augusta Bergés del término sicalipsis cuando, en 1893, estrenó en el teatro Barbieri de Madrid un número que después sería adaptado por muchas otras cupletistas convirtiéndose en insustituible en las representaciones más aclamadas por el público. «La pulga», una cancioncilla con ritmo de polka italiana durante cuya representación Bergés buscaba entre sus ropas al ínfimo parásito mostrando, de paso, al público buena parte de su anatomía, es considerada aún el primer ejemplo de cuplé sicalíptico.
Lo cierto es que el cuplé es una pieza que atesora una larga tradición que bebe de la canción popular y el teatro lírico. Su origen podríamos situarlo en las tonadillas escénicas del siglo XVIII, evolucionada posteriormente en el ámbito de la zarzuela y posteriormente cristalizada sobre los escenarios de varietés como canción independiente y abierta a un sinfín de estilos escénicos y melódicos.
El cuplé nace con las tonadillas del siglo XVIII y evoluciona en el ámbito de la zarzuela y los escenarios de ‘varietés’
No se sabe a ciencia cierta si Augusta Bergés era francesa, belga o alemana. Lo cierto es que fueron artistas de dichas nacionalidades, llegadas todas ellas de París, quienes que popularizaron el género en nuestro país. Del music hall parisino nació el couplet, que se adaptaría perfectamente al casticismo zarzuelero y los populares sainetes.
En el siglo XVIII, las obras teatrales patrias comenzaron a incluir canciones o tonadillas de corte popular al final de sus actos. Canciones que se incluirían también en las zarzuelas sin necesidad de ceñirse a la trama de las mismas. A finales del siglo XIX, estas tonadas ya se habían enseñoreado de los espectáculos representados en los cafés cantantes, especialmente por mujeres que, de esta forma, regalaban al público temas asequibles con sencillos estribillos que este pudiese recordar fácilmente. Es el momento en que nos llegan, desde París, los nuevos aires de artistas como la Bergés que, sin duda, injertan lo sicalíptico en el modo de hacer de nuestras tonadilleras.
A pesar del origen parisino del cuplé, cuyas tonadas fueron adaptadas a nuestra lengua por las primeras artistas que lo llevaron a los escenarios, pronto se tomaron de forma independiente muchas de las tonadas incluidas en las zarzuelas, extremando su corte de carácter picante y sus dobles sentidos. Esto sirvió de excusa a las primeras cupletistas para ir un paso más allá y mostrarse semidesnudas e incluso quitarse la ropa en escena.
Musicalmente, el casticismo patrio había incorporado, históricamente, todo tipo de ritmos de moda como el vals, la rumba, el tango e incluso el charlestón a unas canciones cuyas letras eran ricas en irreverencia y procacidad. Y a la larga lista de cupletistas extranjeras como Augusta Bergés, Susana Aura y Olga Bovin, comenzaron a sumarse otras oriundas que elevarían el cuplé a género popular por excelencia en nuestro país.
La adaptación española de «La Pulga» fue estrenada por la cupletista Pilar Cohen, que lo hizo vestida con un sugerente salto de cama. Después sería interpretada por otras que alcanzaron gran notoriedad, como la Bella Chelito o Julita Fons, que contó con otro gran éxito, en 1907, «El vals de la regadera». La letra de dicho tema era pura sicalipsis, y podemos imaginar la reacción del público cuando la artista, moviéndose sugerentemente por el escenario, cantaba «tengo un jardín en mi casa / que es la mar de rebonito /pero no hay quien me lo riegue / y lo tengo muy sequito». Ellas, y muchas otras, se convirtieron en un reclamo sexual para un público eminentemente masculino y bullicioso.
Rosario Guerrero, Raquel Meller o La Fornarina fueron algunas de las artistas que triunfaron en España y Europa con este género
Un público que no pertenecía, sin embargo, a las clases populares. Más bien al contrario. Se trataba de un nutrido grupo de espectadores de aseada situación socioeconómica que había derivado desde la ópera hasta la zarzuela y que ahora, con la llegada del cuplé, daba rienda suelta a sus más bajos instintos entregado a la procacidad que las sicalípticas artistas desplegaban en escena.
Rosario Guerrero, Raquel Meller, Mariquita Reyes, Isabelita Bru, Adelita Lulú, Amalia Molina, La Criolla y muchas otras artistas, vestidas de folclóricas o con ropa de cama y encajes, se convirtieron en musas de la bohemia madrileña, llegando una de ellas, La Fornarina, a conquistar también al público europeo. Muchas de ellas se convirtieron, además, en abanderadas del feminismo al saber utilizar, con sabiduría, la provocación erótica reivindicación de la condición femenina
Madrid se convirtió en el epicentro del cuplé, que comenzaría a desterrar de sus espectáculos el carácter sicalíptico en 1923, tras el golpe de estado perpetrado por el general Primo de Rivera. El carácter picaresco y sexual de las actuaciones cedería el paso a motivos raciales y más sentidos, hasta la instauración de la II República, en que el cuplé originario gozó de una segunda pero breve vida ya que, al poco, cayó en el olvido cuando la revista se convirtió en reina de los escenarios patrios.
Igualmente, el término sicalipsis quedó en el olvido y, a día de hoy, permanece únicamente como temática de estudio para aquellos que analizan la época del cuplé como un precedente del necesario empoderamiento femenina en una sociedad que aún estaba lejos de comenzar siquiera el camino hacia la igualdad sexual.
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