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Medio Ambiente

La arqueología ante el cambio climático

Los eventos climáticos extremos o continuados en el tiempo pueden erosionar el patrimonio arqueológico obligando a intervenciones rápidas no previstas en los modelos de conservación actuales.

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05
marzo
2026

La leyenda de Lyonesse, el mítico territorio que, según la tradición, quedó sumergido bajo el mar frente a las costas de Cornualles, ha sido durante siglos interpretada como un relato fantástico sobre la fragilidad de los paisajes habitados. Sin embargo, lejos de quedar confinada al imaginario medieval y a Camelot, la desaparición de asentamientos se ha convertido en una realidad tangible, acelerada por los efectos del cambio climático sobre los paisajes culturales y arqueológicos. Actualmente asistimos a una erosión y destrucción de paisajes, yacimientos y elementos patrimoniales por cambios más lentos como variaciones de las temperaturas y subidas en el nivel del mar o por la afectación inmediata de un evento climático externo, según explica Elías López-Romero, científico titular del Instituto de Arqueología (CSIC – Junta de Extremadura).

La magnitud del problema comienza a reflejarse en distintos estudios internacionales. Una revisión científica reciente señala que 34 bienes culturales inscritos en la lista del Patrimonio Mundial se ven afectados por impactos climáticos identificables, como inundaciones, procesos de desertificación o variaciones extremas de temperatura. A estos datos se suman las alertas de la UNESCO, que advierte sobre cómo el aumento de las temperaturas está provocando el deshielo del permafrost, con consecuencias directas sobre miles de yacimientos arqueológicos, especialmente en regiones árticas y de alta montaña.

Endangered Archaeology in the Middle East and North Africa (EAMENA) es una iniciativa que documenta de forma sistemática estos riesgos en una de las regiones más afectadas del planeta. Sus investigaciones señalan que los efectos de la desertificación sobre los yacimientos arqueológicos incluyen la pérdida de sitios y estructuras debido al desplazamiento de arenas y sistemas dunares; la alteración de la integridad estratigráfica a causa de grietas y levantamientos del terreno en suelos cada vez más secos; el incremento de la exposición de los restos arqueológicos por la pérdida de cobertura vegetal y la erosión; así como una mayor vulnerabilidad frente a incendios y tormentas de viento.

El deshielo del permafrost tiene consecuencias directas sobre miles de yacimientos arqueológicos

El proyecto ha puesto el foco en la erosión como una de las principales amenazas para el patrimonio arqueológico. Entre sus casos documentados se encuentran el fuerte romano de Krokodilo, en Egipto, arrastrado progresivamente por las aguas de un wadi; las ruinas de Sabratha, en Libia, que se desmoronan lentamente hacia el mar; amplias zonas del antiguo asentamiento de Nippur, en Irak, degradadas por la acción de las lluvias; la torre de Moukha al-Zeblijah, prácticamente desaparecida por la erosión; o el yacimiento de Qasr el-Aseikhim, en Jordania, donde la acción combinada del viento y el agua ha debilitado gravemente sus estructuras.

Hay otros cambios que tienen efectos más sutiles, pero igualmente destructivos. Por ejemplo, la transformación de las condiciones ambientales está provocando la desaparición del material orgánico en los contextos arqueológicos, y el material que logra conservarse suele encontrarse en un avanzado estado de deterioro, según señala la UNESCO.

Ante un escenario de cambio acelerado, la intervención arqueológica se vuelve especialmente compleja, ya que exige actuar con rapidez, asumir altos niveles de incertidumbre y, en muchos casos, intervenir en yacimientos aún poco conocidos o insuficientemente documentados. Integrar los yacimientos en los planes de contención frente al cambio climático implica adaptar los planes de conservación a los agentes externos y permite preservar identidad y riqueza cultural que, de otra manera, acabará perdiéndose.

No obstante, como subraya López-Romero, el patrimonio cultural no es únicamente una víctima del cambio climático, sino que también puede formar parte de la respuesta. El estudio de los yacimientos arqueológicos permite reconstruir cómo las sociedades del pasado afrontaron episodios de cambio ambiental, ofreciendo claves para la gestión del futuro.

Los mismos procesos que destruyen el patrimonio arqueológico están sacando a la luz restos ocultos

Además, los mismos procesos que aceleran la degradación del patrimonio arqueológico están haciendo aflorar evidencias del pasado hasta ahora ocultas. El deshielo de glaciares, los incendios forestales y la erosión costera, vinculados al cambio climático, están dejando al descubierto yacimientos y materiales arqueológicos que habían permanecido ocultos hasta a la fecha y que enriquecen el patrimonio y abren nuevas oportunidades para la investigación.

Por ejemplo, La UNESCO señala que en regiones de alta montaña del oeste de Mongolia, como el macizo de Tsengel Khairkhan, la retirada de los glaciares ha permitido identificar numerosos enclaves arqueológicos, así como recuperar objetos conservados bajo el hielo durante largos periodos.

Sin embargo, este tipo de patrimonio arqueológico pueden desaparecer o deteriorarse casi con la misma rapidez con la que ha salido a la luz, por lo que se necesitan protocolos adaptados a escenarios de mucha flexibilidad y que a veces requieren incluso intervenir en yacimientos sobre los que no se tiene todo el conocimiento. Para López-Romero, la consigna es clara: «Conocer para poder preservar». Hay que registrar, analizar y visibilizar el patrimonio amenazado antes de que, como en la leyenda de Lyonesse, desaparezca definitivamente.

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