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Apagar el móvil: ¿un lujo selecto?

En una sociedad hiperconectada, el móvil es fuente de ruido y malestar. Sin embargo, no todo el mundo puede permitirse condenarlo al silencio.

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03
diciembre
2025

Se puede hacer un ejercicio práctico: bajar a la calle, situarse en una esquina en la que no se moleste mucho y observar a la gente. No se necesitará mucho tiempo para descubrir un patrón. Las personas que circulan por la acera van pegadas a un dispositivo móvil. Vivimos en una suerte de eterna conexión. Y las estadísticas confirman esta percepción. El Informe Digital de DataReportal señala que el 96% de la población española usa internet, prefiriendo además el acceso móvil (y el 63% de las compras globales ya arrancan en la red).

Llenamos con el mundo online todos los tiempos muertos e incluso los que no lo son. Según uno de los cálculos recientes de NordVPN, el 66% de la ciudadanía española navega por internet de camino al trabajo y el 80% usa sus smartphones en el trayecto, ya sea para llamar o enviar mensajes (6 de cada 10), escuchar música o podcasts (el 53%) o hacer scroll en redes sociales (49%). De hecho, este patrón de comportamiento ya ha creado una nueva amenaza de ciberseguridad, el shoulder surfing (que es, básicamente, que aprovechen esos momentos para captar información sensible mirando por encima de tu hombro). Nuestro enganche es tal que el 21% de la población reconoce que se ha pasado alguna vez la parada por culpa de internet.

Pero, si bien la red se lleva cada vez más y más parte de nuestro tiempo, también está aumentando la visión crítica de este comportamiento. Sentimos que el mundo está lleno de ruido, que apagarlo es cada vez más difícil y que muchas cosas se resienten por ello, desde nuestra salud mental hasta la convivencia.

El estudio World Affairs 2024 de Ipsos, que hacía balance del año en diciembre pasado, confirmaba que las dos preocupaciones principales para la población eran los ciberataques y la desinformación. Y el I Estudio de Bienestar Digital de ING concluye que solo el 10% de la población española cree tener un buen bienestar digital. El 50% reconoce, directamente, que su bienestar digital es malo. El 70% sufre incluso de nomofobia, el miedo irracional a estar sin el móvil.

Aun así, apagar el móvil no es fácil. En algunos casos, la falta de conocimiento limita las decisiones. Por ejemplo, una parte importante de la población no tiene muy claro cómo contamina el uso de dispositivos móviles y la vida hiperconectada. Sienten que es algo etéreo sin coste medioambiental y, por tanto, un comportamiento más virtuoso para el medio ambiente que otros. En la mayoría de los casos, sin embargo, no se desconecta porque se siente que no se puede hacerlo.

Así, por ejemplo, quienes asumen ciertas responsabilidades perciben que apagar el móvil sería una irresponsabilidad. Ocurre con quienes ocupan ciertos cargos o con quienes tienen hijos e hijas. Rememorar los años 90, cuando padres y madres no estaban a una única llamada de distancia y no seguían intensamente el día a día escolar en grupos de WhatsApp, podría ayudar a desconectar, pero lo cierto es que no funciona.

Quienes asumen ciertas responsabilidades perciben que apagar el móvil sería una irresponsabilidad

Por otro lado, la desconexión podría estar llamada a convertirse en el próximo privilegio de clase. Esto es, apagar el móvil requiere de una cierta posición económica y social que lleva a que se pueda permitir ese silencio.

Una persona autónoma en busca de oportunidades no puede no responder durante horas a las potenciales llamadas o mensajes y quien ocupa una posición precaria en la empresa no puede no parecer entusiasta y siempre disponible al otro lado de la pantalla. Por cada jefe que hace un retiro de silencio, hay cinco profesionales junior atados al teclado para resolver las incidencias. Y, si bien más del 54% de la población considera importante tener un protocolo de desconexión laboral, solo el 16% cuenta con uno, advierte el análisis de ING (aunque, cabría recordar, la legislación ya limita cómo y cuándo se pueden recibir mensajes de la empresa: el fin de la jornada laboral es también el final de la jornada digital).

Este matiz de quién se puede permitir el silencio digital no es solo figurado o percibido, sino directamente tangible. Quienes están abrazando el mundo desconectado retirándose a caras experiencias de detox o enviando a sus hijos a selectas escuelas analógicas son, justamente, los más acomodados. Esto podría tener ramificaciones largo plazo: una columna reciente en The New York Times se pregunta si esto no acabará llevando a que el próximo artículo de lujo sea el pensamiento crítico.

Incluso si no vamos tan lejos y nos preguntamos si la brecha de la desconexión acabará horadando la democracia, parece incuestionable que esta divergencia ya pasa factura.

«El principal problema de la hiperconectividad es que no separa los espacios. No deja espacio para respirar», explica a Vinte Xacobe Abel Fernández García, presidente de la sección de Psicología y Salud del Colexio Oficial de Psicoloxía de Galicia. Las personas hiperconectadas viven estresadas, saturadas y sobrepasadas, en un escenario en el que, en paralelo, la propia salud mental empieza a convertirse en otro terreno en el que se abren brechas de acceso. Según el último Estudio sobre conductas sostenibles de la población española de Triodos Bank, el 20% de las personas que iría a terapia no puede pagarla.

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