TENDENCIAS
Desigualdad

Hambre, guerra y paz radical

Los conflictos intensifican las crisis alimentarias. Pero solo una paz radical puede garantizar alimentos para todos.

Artículo

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
18
junio
2026

Artículo

Hace unos días la Red Mundial contra las Crisis Alimentarias publicó la décima edición de su Informe Global sobre las Crisis Alimentarias 2026. Y sus conclusiones nos pueden ser más desalentadoras. Las guerras siguen siendo la causa principal de inseguridad alimentaria y malnutrición para millones de personas. En una década se ha duplicado prácticamente el número de personas que sufren inseguridad alimentaria aguda, llegando a un total de 266 millones de personas en 47 países. Y por segunda vez en la historia el nivel de gravedad del hambre ha llegado a su máxima expresión, alcanzando el nivel 5, que los especialistas describen como situación de catástrofe, en el que las personas experimentan una falta extrema de alimentos y desnutrición, incluso con ayuda humanitaria.

Para completar la foto, dos datos más. Solo en diez países se concentran dos terceras partes de las personas que sufren hambre aguda, siendo los principales Afganistán, Sudán del Sur, Sudán y Yemen. Y 2025 fue testigo de dos hambrunas simultáneas, en Gaza y en algunas regiones de Sudán, como consecuencia directa de conflictos, restricciones de acceso humanitario y desplazamientos forzados.

266 millones de personas en 47 países sufren inseguridad alimentaria aguda

A simple vista, el informe plantea una evidencia histórica. Cuando hay guerras y conflictos, la primera víctima es la verdad, y la primera invitada es el hambre. Cuantos más conflictos haya y más intensos sean, más crecerá el hambre aguda y la desnutrición. Y vivimos en un mundo en el que las tensiones geopolíticas globales y regionales se acentúan, y los tambores de guerra suenan en distintas latitudes. Trabajar por la paz, por lo tanto, no es solo una labor urgente o un imperativo moral. Es también uno de los frentes más relevantes para la lucha contra el hambre.

Sin embargo, el hambre es un desafío que excede en mucho el perímetro de las guerras. Y que va mucho más allá de los millones de personas directamente afectadas con hambrunas en las zonas de conflicto. El último informe de la FAO sobre el Estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo (SOFI 2025) afirma que unos 673 millones de personas pasaron hambre en el mundo. Y eleva la cifra hasta 2.300 millones contabilizando al conjunto de personas que sufrieron inseguridad alimentaria moderada o grave en 2024. El hambre no es solo producto de los conflictos armados. Es el resultado persistente de la ausencia de paz. De una paz radical, global y multidimensional, que extirpe de raíz las causas últimas que producen inseguridad alimentaria y nutricional en todo el mundo. Y esto nos obliga a luchar contra el hambre con gafas tridimensionales, abordando simultáneamente las causas económicas, sociales y ambientales que subyacen a un problema sistémico de nuestro sistema global de producción, distribución y consumo de alimentos.

Hace unos meses tuve la oportunidad de visitar varias comunidades indígenas en el Amazonas ecuatoriano. Estábamos rastreando las huellas que la minería ilegal dejaba en sus territorios. Pero una en particular me llamó la atención. Se trataba de una comunidad en resistencia, que se oponía a la intrusión de los buscadores de oro en las orillas del río en su territorio, a pesar de que las comunidades vecinas, de arriba y de abajo del río, sí que lo habían permitido. En menos de dos años, me contaban, el agua se contaminó. Los peces disminuyeron. Los niños comenzaron a pasar hambre. Su rendimiento escolar disminuyó. Comenzaron a tener problemas de salud. Sus tierras se contaminaron. En el pueblo dejaron de comprar sus productos agrícolas por miedo a enfermarse. Todo lo que sustentaba la vida de la comunidad se derrumbó. Y el hambre comenzó a hacer mella. Qué sentido tiene resistir, me decían, si al final nos tenemos que ir de nuestra tierra, porque no tenemos qué comer, y no sabemos de qué vamos a vivir…

Una paz radical implica el compromiso permanente del conjunto de la humanidad por un mundo cada vez más justo

La dramática situación de esta comunidad, y su venerable lucha por defender su territorio, vivir de su trabajo y no dañar a la naturaleza, de la cual viven, expresa y representa la lucha diaria de millones de personas en todo el mundo, especialmente de las que viven en zonas rurales, que para comer, han de enfrentarse a problemas tan complejos como el deterioro de los ecosistemas de los que viven, la invasión de sus tierras, la contaminación, la explotación minera, la falta de acceso a créditos, a semillas, a mercados locales. Y finalmente, la dependencia de los mercados globales para alimentarse, mercados volátiles muchas veces inaccesibles para sus recursos económicos.

Este año Manos Unidas nos invita a trabajar por la paz recordando el grito que dio origen a esta institución, «Declarar la guerra al hambre». Y no lo hace para recordar el pasado, sino para encarar el presente y el futuro. Porque sabemos que solamente en un mundo en paz el hambre dejará de existir. Y porque sabemos también que la paz no es solamente la ausencia de guerras o de conflictos. Una paz radical implica el compromiso permanente del conjunto de la humanidad por un mundo cada vez más justo, inclusivo y sostenible. Implica luchar contra las desigualdades que crecen en nuestro mundo y que generan pobreza y exclusión. Implica poner en el centro la dignidad de las personas, y la economía al servicio del bien común. Implica vivir nuestra vida de manera solidaria y sostenible, dando la mano a todas aquellas personas que lo necesiten, con independencia de su origen, sexo, raza, religión. Implica reconocer que alimentarse es un derecho de todos. Y que, para que haya una paz radical y un mundo sin hambre, el camino es saber que no hay paz sin derechos.


Marco Gordillo es coordinador del Departamento de Incidencia y Alianzas de Manos Unidas

ARTÍCULOS RELACIONADOS

Las almas de tierra árida

Nora Vázquez

Más de 8.000 millones de almas pueblan el mundo, entre ellas miles de héroes anónimos que luchan por un mundo más justo.

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME