Quince años no es nada
En un momento en el que atacan con fuerza los dogmatismos, Ethic se reivindica, con humildad y sin ínfulas, como un lugar para el pensamiento libre.
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Quince años de Ethic me dan licencia, siempre con vuestro permiso, para navegar brevemente por las arenas movedizas del pasado. Algo que nunca he contado en esta página es que la idea de Ethic cristalizó durante unos meses complicados de mi vida en los que el editor para el que entonces trabajaba dejó de pagarme, de un día para otro, la nómina que me ganaba con el sudor de mi frente.
Es justo decir que tres años antes él había confiado en mí para que dirigiese una modesta cabecera cuando yo era un pipiolo que gastaba solo veintisiete primaveras (quién las pillara), y que gracias a él aprendí por tanto el oficio de «revistero», como dicen mis hijas cuando sus amigas les preguntan a qué se dedica su padre. Pero lo cierto es que el menda era un pirata irredimible, de esos que cavan su propia tumba, y sus impagos no eran más que una burda estratagema para que yo renunciara al cargo y no apoquinarme, así, el despido improcedente que me tocaba. Sin embargo, esos meses de incertidumbre, sin ver un euro y con el futuro encerrado en un cuarto oscuro, despertaron dentro de mí una creatividad y un furor emprendedor que posiblemente hubieran permanecido aletargados si no me hubiese asomado, de su mano, al abismo de acabar desahuciado. Al final, qué cosas tiene la vida, quizá le tenga que estar agradecido a ese cuatrero ilustrado.
Evidentemente, esto de emprender no sale gratis. En este oficio, uno se pasa la vida bailando entre las maquetas de la revista y la cuenta de resultados, y acaba con la bilirrubina como ese que quería ser un pez para poder tocar con su nariz una pecera. Pero, más allá de las inclemencias, que pueden devorarte si no te andas con ojo, también hay, claro, muchas jácaras y satisfacciones, y el saldo acaba saliendo en verde. Vamos, que no cambiaría esta aventura apasionante que es Ethic por nada del mundo. Después de tantísimo esfuerzo, y sin casarnos con nadie, hemos consolidado un espacio editorial para la reflexión y las ideas en medio de la crispación y del ruido. En un momento en el que atacan con fuerza los dogmatismos, Ethic se reivindica, con humildad y sin ínfulas, como un lugar para el pensamiento libre. Levantarse cada día con un propósito como este no es poca cosa.
Hemos consolidado un espacio editorial para la reflexión y las ideas en medio de la crispación y del ruido
Cómo lo hemos conseguido es un misterio de esos de Expediente X o de Cuarto Milenio. Es verdad, eso sí, que hemos tenido la suerte de rodearnos maravillosamente. Es algo que puede verse en los colaboradores que cada día pasan por las páginas de Ethic. Y en el Consejo Editorial, que está formado por algunas de las mentes más brillantes de España, y que creo que refleja de forma estupenda esa pluralidad genuina que siempre ha buscado esta revista, pese a quien pese. Y lo vemos también, por supuesto, en los equipazos de Ethic y de EthicLab que cada día se suben al ring a pelear y a darlo todo. En la vida, esto de rodearse bien es todo un arte. Ahora que lo pienso, otro día habría que escribir algo más largo sobre el tema.
Cuentan que en el epitafio de Max Aub puede leerse una frase que dice: «Hice lo que pude». Cuando pasen otros quince, otros treinta, otros cuarenta años y Ethic siga en pie — con su edición papel, por supuesto, a ver qué se creen esos algoritmos—, a mí me gustaría poder mirar para atrás y pronunciar esa misma frase.
De momento, si os parece, lo diremos en presente: amigas y amigos, de verdad, se hace lo que se puede.
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