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Vincent Delecroix

«La indiferencia empieza cuando usamos términos que deshumanizan a otros»

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16
junio
2026

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En noviembre de 2021, 27 personas murieron cerca de la ciudad de Calais, tras el naufragio de la embarcación con la que trataban de llegar al Reino Unido por el Canal de la Mancha. A pesar de sus numerosas llamadas de auxilio, nadie los rescató. ¿Es responsable de esas muertes la operaria que atendió las llamadas? ¿Y cada uno de nosotros, los que asistimos al seguimiento mediático de la tragedia? Esta es la cuestión que plantea el filósofo Vincent Delecroix (París, 1969) en ‘Naufragio’ (De Conatus), una novela que interpela al lector sobre el mal, el papel de los medios de comunicación y la responsabilidad colectiva. 


«Yo no te he empujado al agua y tampoco he ido a buscarte a tu pueblo o a tu campo, a tu suburbio en ruinas, para sacarte de ahí y meterte en tu jodido bote que hace agua». ¿Qué responsabilidad tenemos cuantos vemos en las noticias una sola muerte evitable, quienes asistimos a la muerte de estos 27 inmigrantes?

Es una de las preguntas esenciales del libro. Tanto la operaria que atendió la llamada de esos inmigrantes como la mayoría de quienes intervinieron en el rescate, por parte de Inglaterra y Francia, los políticos de ambas nacionalidades y muchos de los espectadores que siguieron la noticia, todos justifican de una manera u otra su posición.

«No, nunca nadie puede decir que es inocente, y menos aún demostrarlo», dice la protagonista…

Sí, pero detrás de esa afirmación encontramos también una forma de autojustificarse a sí misma. Si todo el mundo es culpable, nadie lo es realmente. Se acepta el hecho de que todos somos culpables, así en genérico, de manera difusa, pero no en el concreto, cuando se han de asumir las responsabilidades. Porque cuando alguien es culpable, todos lo somos y al mismo tiempo no lo somos. Es una pregunta, un tema, una reflexión un poco difusa. Ella se pregunta, y yo con ella, si somos culpables, no tanto en cuanto a sus acciones, como por sus palabras. Esa misma responsabilidad y culpabilidad es evidente en ella, pero su culpabilidad no exime la del resto. Esa es la razón por la que ella dice que no está sola en ese mar y que todos somos espectadores del naufragio. Y la pregunta, en resumen, sería preguntarnos qué posición tenemos como espectadores ante las tragedias. Qué responsabilidad tenemos cada uno ante ese naufragio.

«La pregunta sería qué posición tenemos como espectadores ante las tragedias»

Ante un dilema moral, después de esta lectura, ¿cómo saber que no nos indultamos mansamente? 

Bueno, no podemos saberlo, ese es uno de los grandes enigmas y desafíos de uno consigo mismo. Entraña una enorme complejidad, y desde luego es muy difícil saber si el otro está siendo honesto, porque a veces hasta nosotros mismos nos engañamos. No es una cuestión fácil ni cómoda, pero creo que hay que exigírnosla, debemos analizar si somos culpables o inocentes, si hicimos lo que había que hacer o lo que nos ordenaron, si hicimos lo correcto o no… Precisamente, lo que caracteriza al personaje central de Naufragio es que en realidad no lo sabe. De verdad no lo sabe. Y quería que el lector hiciera esa misma reflexión, se pusiera en su lugar.

«O salvamos o empatizamos, hacemos preguntas o actuamos». ¿En qué momento uno ha de saltarse los protocolos, la norma, quebrantar la ley?

El problema es que su responsabilidad está más allá del protocolo. Ella sabe que está cometiendo una falta. Por eso hay un juicio, de hecho, porque precisamente su trabajo es salvar a la gente y no lo hizo. Además, ha mentido. Sin embargo, más allá de la protagonista, hay una responsabilidad de la gran máquina administrativa y democrática, responsable en última instancia de las normas y pautas políticas y que cada vez resulta más indiferente hacia los inmigrantes. Hay dos cosas muy importantes: su propia indiferencia y la indiferencia de los políticos. En realidad, la protagonista está en falta porque aplica los protocolos. Y a la vez los rompe. Está en una situación absolutamente paradójica.

«Hay una responsabilidad de la gran máquina administrativa y democrática que cada vez resulta más indiferente hacia los inmigrantes»

Ahora que ha mencionado la palabra indiferencia, siguiendo la cita de Pascal que abre el libro, ¿estamos embarcados en una indiferencia aterradora frente a la tragedia ajena?

Lo que quería hacer en esta ficción basada en hechos reales es reflejar todos los eslabones de la cadena. No es tan fácil como reducir la historia a inmigrantes-operaria que atiende su llamada. Hay un contexto, y unos superiores, y un protocolo, y la colisión de dos países que se pasan la pelota en la responsabilidad, y una sociedad que permite. Y todo ello juega con la vida de ciertas personas. Es importante la decisión que ella tomaba frente a esa pregunta. Porque las causas del naufragio vienen de mucho más lejos. Están todas estas causas anteriores al naufragio. Pero, al final, la cuestión no deja de ser la misma: ¿salvamos o no a estas personas? Y el punto de indiferencia del que hablábamos. Es un problema global y muy complejo. Se resuelve contestando a ese dilema.

La protagonista hay un momento en el que reflexiona sobre «el drama de los inmigrantes», como si los medios de comunicación hicieran series temáticas, temporales, de determinados asuntos, con los que pareciera darse por descontado que son inexorables e inducen al espectador a pensar que no puede hacer nada ante ellos.

Sí, absolutamente cierto. Pero, de nuevo, hay muchas causas para esa indiferencia. Lo cierto es que ella no deja de actuar desde una rutina cuyo objetivo es salvar a la gente. Eso es lo que ella dice. Le reprochan la muerte de esas personas, pero argumenta que ella, en su trabajo, había salvado la vida de muchas otras personas antes de las que nadie habla. Esa indiferencia también viene dada por la situación repetida de la tragedia de inmigrantes que cada día se juegan la vida. Cada vez que salvamos a un puñado de personas, otro puñado muere. Cada vez que salvamos a un grupo de personas que se juegan la vida en el mar, otros ya se embarcan de nuevo.

«Cada vez que salvamos a un grupo de personas que se juegan la vida en el mar, otros se embarcan de nuevo»

Sí, hay un momento en su libro que ella dice eso mismo: siempre hay una llamada de alguien que pide auxilio…

Sí, la indiferencia también trata de esto, de que al final algo que es una tragedia se convierte en rutina. Hay tantas llamadas que es imposible que todas tengan éxito. Cuando dejamos a alguien morir, todos somos culpables. Es muy importante destacar el hecho de que tenemos la impresión de una fatalidad, de que no podemos hacer nada. Y también hay una paradoja bastante común: estamos saturados de imágenes. Cuantas más imágenes tenemos, menos imaginación aportamos, y la imaginación es una facultad moral que nos permite imaginar, que nos permite ponernos en la piel de los demás para entenderlos, para acercarnos a su realidad. Una de las causas de la indiferencia es precisamente que no tenemos imaginación. Y eso es lo que buscaba en la ficción, porque la ficción moviliza la imaginación y busca hacer trabajar la imaginación, nos ayuda a entender, a pensar. El problema de la protagonista es que ha llegado a un punto tal que es incapaz de imaginar quiénes son esas personas, de dónde vienen, su historia. Y la cuestión final es, cuando nos enfrentamos a eso, qué es exactamente lo que queremos ver, qué es lo que no queremos ver o qué autonomía y responsabilidad tenemos frente a lo que estamos viendo.

Pienso en Eirc, el padre de Leia, y sus opiniones (como las del panadero) sobre los inmigrantes, a los que considera «parásitos». ¿Qué hemos hecho mal para que, después de haber ido a la Luna, ser capaces de transplantar corazones, haber creado la IA, todavía haya tanta, tanta gente que sostiene sus pensamientos en prejuicios de esa ralea?

Es muy importante la cuestión de palabras, del lenguaje. La indiferencia empieza en el momento en el que empezamos a utilizar términos que deshumanizan a los otros. Cuando tratamos a la gente como «parásitos», como «enfermedades sociales», cuando el otro es un «problema» o bien cuando los ignoramos. Es a partir de ese momento en que la indiferencia empieza y se torna criminal. El hecho de que podamos acceder a enormes cantidades de información a través de los medios nos da la impresión de estar informados. Pero no lo estamos, de otro modo no seríamos indiferentes a ningún drama. Una cosa muy importante que he descubierto a medida que estaba escribiendo es que las frases que dicen unos y otros, frases deshumanizadas e indiferentes a los otros, podemos decirlas cualquiera de nosotros, sin ser conscientes de su gravedad. Por ejemplo, la primera frase que abre la novela, «No te pedí que te marcharas». Eso que pensamos que el que muere en el mar se lo ha buscado porque quién le manda salir de su país así. Cuando hacemos nuestras este tipo de ideas, estamos atravesando una frontera entre la humanidad y la inhumanidad. Y eso termina en tragedia, en este caso con la muerte de 27 personas.

«La imaginación es una facultad moral que nos permite ponernos en la piel de los demás»

«Europa es la que naufraga en este asunto o son los valores de Europa los que se hunden en el Mediterráneo», ¿todavía estamos a tiempo de enmendarlo?

No. Pero efectivamente el libro trata no solo del naufragio de estas personas, sino del naufragio de la protagonista y del naufragio de Europa misma. No creo que Europa pueda enmendarse de esas cosas. De ahí la última frase del libro: «No oyes, no te salvarás». Si Europa no quiere oír lo que sucede, tampoco ella se salvará.

«El mal lo veía muy bien, en realidad y dije: Sí, veo muy bien dónde está, porque el mal está delante de mí. Lo veo todos los días y sobre todo todas las noches, porque la noche es el manto que lo lleva, un manto negro y sin estrellas. Está ahí delante de mis narices». Más allá, ¿sabemos distinguir el mal?

Lo que quería investigar es que la frontera entre humanidad y deshumanización es muy compleja de determinar. Y la cruzamos constantemente. La protagonista no es un monstruo. Podría ser cualquiera de nosotros. Elegimos todos los días dejar que la gente se muera. Eso no quiere decir que la responsabilidad sea la misma ni que todo el mundo sea culpable de la misma manera.

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