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León en el Congreso: el discurso que todos querrán recortar

Solo cabe sospechar que quienes diseñaron y construyeron este palacio lo hicieron para que se pronunciaran discursos como el de León. Pero la realidad se impone a la idea, y la semana que viene volverán a la tribuna de oradores hombres y mujeres algo más romos y sin duda mucho más parecidos a nosotros.

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Julian David Perez Del Basto
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08
junio
2026

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Julian David Perez Del Basto

Dicen que los romanos destacaban las fechas felices en piedra blanca. No sé si por blanco o por romano, pero el discurso del papa León XIV se aguardaba en España con gran expectación. Y la previsión no fue defraudada. En la carrera de San Jerónimo algunos cronistas veteranos se habían apostado a primera hora para conseguir un buen lugar en la tribuna. Casi al rayar el alba, en el centro de prensa habilitado en la Sede de la Comunidad de Madrid, los plumillas excepcionales para la ocasión esperaban también su turno para encontrar su acreditación. Desde allí salieron en procesión hacia un palacio las Cortes que estaba ornamentado como en las grandes ocasiones: el dosel de gala lucía en la puerta de los leones y los ujieres, de costumbre sobrios, venían habillados de maceros.

En España había ya una resaca de excepcionalidad tras tres días de visita del Pontífice. Sin embargo, la llegada de un papa a la sede del poder legislativo —y no de ninguna soberanía, ni tan siquiera de la popular, como le gusta citar erradamente a la presidenta Armengol— generaba una atención casi morbosa. La tensión entre el poder civil y el religioso, entre el orden secular y el eterno, aparece ya resuelta en el Evangelio de Mateo: a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César. Pero es que León comparecía en gran medida como jefe de un Estado singular que coloca a la Santa Sede en un lugar de especial responsabilidad en el diálogo de los pueblos. Un agustino como Prevost jamás podría equivocarse a la hora de distinguir entre la Jerusalén terrestre y la celeste. Y es que desde el maestro de Hipona hasta el propio Dante, el catolicismo cuenta con una nutrida tradición para no pillarse los dedos en la trampa que delimita dónde empieza un poder y dónde acaba el otro.

En el instante en el que el papa tomó la palabra no sé si se hizo la luz como en el Génesis, pero la cámara cobró una solemnidad casi inédita. A esa atmósfera ayudó el protocolo respetado por casi todas las autoridades convocadas: diputados, senadores, eurodiputados, expresidentes y muchos representantes de las magistraturas del Estado. El negro de la sobriedad y el respeto, que no del luto, se impuso. Hubo, claro, contadas excepciones que lejos de romper nada apenas sirvieron para desvelar las escasas maneras de algunos. Pero si el papa propuso apaciguar el lenguaje, habrá que hacerle caso y será mejor no dar nombres.

Al poco de arrancar su alocución, León demostró que no ha venido a figurar ni a pronunciar discursos huecos. El papa, acostumbrado a hablar Urbi et Orbi, esto es, a la ciudad y al mundo entero, optó por interpelar de forma directa a España, destacando algunos de nuestros hitos culturales y espirituales. La primera mención, ortodoxia obliga, fue para el Quijote y su célebre defensa de la libertad, al que siguieron santa Teresa de Ávila y el doliente Unamuno de Del sentimiento trágico de la vida. Incluso los reyes católicos, inmortalizados en sendas esculturas situadas en las hornacinas que flanquean por arriba la tribuna de oradores, fueron convocados. Especialmente atinada y emotiva fue la referencia a la escuela de Salamanca. Porque se cumplen ahora 500 años de la llegada de Francisco de Vitoria a la Universidad, y porque fue precisamente a la orilla del Tormes donde la universalidad del derecho le debe no poco, puede que incluso todo, al esfuerzo espiritual de aquellos teólogos capaces de concebir no desde la fe sino desde la razón la constitución de una humanidad universal.

Atreverse a hablar del necesario límite del poder político en la sede del poder político fue una de las mayores audacias del Papa

El papa no decidió escudarse en generalidades abstractas y se hizo cargo de dónde hablaba. Resultó especialmente certero y atrevido cuando se permitió interpelar a los legisladores en su condición de tales: hay cosas, advirtió León XIV, que ninguna mayoría puede vulnerar legítimamente. Y como se lee en el Evangelio de Mateo, quien pueda entender que entienda. Aunque en aquella Salamanca se habría recordado en latín, quién sabe si en versión de la Vulgata: Qui potest capere, capiat. Atreverse a hablar del necesario límite del poder político en la sede del poder político fue una de las mayores audacias del Papa.

El papa prosiguió su discurso e insistió en la inviolable dignidad de la persona pero, en esta ocasión, cogió la cosa por donde a algunos más les quema. Si cierta derecha podría sonrojarse con las interpelaciones a la realidad de los pobres, León encontró ocasión para expresar el compromiso con la vida del no nacido, con el enfermo, el anciano y el dependiente. Quien quiera recortar a su medida el discurso de León podrá hacerlo, pero estará mintiendo. Porque tanto le pertenecen a Prevost sus palabras cuando habla del aborto como cuando lo hace sobre los pobres.

Otro rasgo distintivo de este Papa es su preocupación por la educación. Así, es frecuente escucharle mencionar la universidad y la investigación. Todas ellas cooperadoras de la verdad. Título que, por cierto, recuerda al lema episcopal de Benedicto XVI. Prevost no perdió la oportunidad de insistir en ello en el Congreso. La educación no es solo una opción: es un derecho, y ese derecho se hace extensivo a las familias, quienes deben tener la capacidad de optar acerca del tipo de formación que quieren para sus hijos. Aquí supongo que los de la concertada lo interpretaron como un guiño cómplice.

Como era de esperar, el Papa no eludió los temas específicos de nuestro tiempo: la inmigración, la guerra y la inteligencia artificial. Con respecto a los movimientos migratorios, su sensibilidad misionera transparece en el modo en que empatiza con el dolor de quien se ve obligado a abandonar su hogar. La máxima ambición la cifró en una idea pocas veces escuchada: el desafío migratorio no puede gestionarse como una mera realidad de flujos. La cuestión no es ni económica ni demográfica: es esencialmente jurídica y moral. Una lección pertinente para quienes atacan xenófobamente al migrante o quienes lo interpretan como un mero instrumento útil para la prosperidad y para desempeñar, sobre todo, los trabajos que no quiere nadie.

Quien quiera recortar a su medida el discurso de León podrá hacerlo, pero estará mintiendo

El idealismo más soberano lo expresó León al formular una defensa incondicional de una paz que exige valentía diplomática. El papa es lo suficientemente lúcido como para entender el realismo político, pero advierte que «las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera». La referencia dejó de ser retórica y advirtió que la respuesta de Europa no puede pasar por el rearme. Un rearme cuyos riesgos se multiplican en un marco de desarrollo de la inteligencia artificial.

Ya hacia el final, León retomó uno de los patrimonios más genuinos y radicales del Cristianismo: el valor de la palabra. No en balde, el Evangelio de Juan arranca en su prólogo señalando no ya que en el principio había una palabra, sino que la palabra era el principio. El lenguaje, ese mismo instrumento capaz de curar o herir —una palabra tuya bastará para sanarme— concentró algunos de los momentos más brillantes de Su Santidad. Las palabras pueden iluminar o deformar la realidad, de ahí que León la convierta en el instrumento central del diálogo y de la posibilidad de ordenar cualquier tipo de divergencia. Cuando salió la encíclica Magnifica Humanitas todos corrieron a señalar que el Papa invitaba a desarmar la IA. Pero no es solo la IA, sino la palabra, como en aquel verso de Blas de Otero, lo que habría de ser desarmado.

Y el papa cerró su intervención recordando que la religión no merece privilegio, pero tampoco silencio. Exhortó a todos los presentes a recordar el sigilo sacramental de la confesión, una mención que puede sonar intempestiva pero que el Papa sabe por qué decidió recordarla.

A León le gusta pivotar entre lo ordinario y lo eterno, y es mérito suyo transitar de forma armónica entre un extremo y otro

A León le gusta pivotar entre lo ordinario y lo eterno, y es mérito suyo transitar de forma armónica entre un extremo y otro. Su abierto mensaje, enamorado de la humanidad entera y universal, se remató con una nueva mención a la circunstancia concreta. León XIV recordó los frescos que adornan el hemiciclo, donde figuran la evangelización o las tablas de la ley, advirtiendo que la linde que separa el orden civil del sagrado debe estar marcada con trazo firme. Pero esa misma escisión nos recuerda que gran parte de lo que hoy somos debe a la tradición cristiana casi todas sus premisas morales.

Terminamos escuchando al papa y mirando no al cielo —que a cubierto no se ve— sino a un techo engalanado con motivos y pinturas solemnes que nos recuerdan la importancia que tiene, o debería tener, el hemiciclo. Y entonces uno se descubre rodeado de maderas nobles, alfombras esponjosas y barnices graves. Al frente, en las vidrieras, se descubren las virtudes de la República de Platón y el tetragrama escrito en caracteres hebreos corona cenitalmente la gran sala. Solo cabe sospechar que quienes diseñaron y construyeron este palacio lo hicieron para que se pronunciaran discursos como el de León.

Pero la realidad se impone a la idea, y la semana que viene volverán a la tribuna de oradores hombres y mujeres algo más romos y sin duda mucho más parecidos a nosotros. Esas mismas personas aplaudieron hoy al Papa durante minutos, sin que nadie se atreviera a cesar en el homenaje a quien se atrevió a hablar con exigente sinceridad. Las cabeceras de periódico y los grupos parlamentarios intentarán tironear su discurso para acercarlo a sus intereses y desesperar al adversario. Es obvio que el discurso de León todavía no ha hecho efecto. Pero el heredero de Pedro vino a sembrar, y hay una energía que demuestra que este país se muere de ganas de volver a reconciliarse. Durante minutos, sus señorías se batieron en un duelo por ver quién aplaudía más y mejor al Papa sin que casi nadie se atreviera a bajar las manos. Tanto es así que Prevost tuvo que salir mientras todavía se oían las palmas. Ese largo aplauso en el que se reunieron nuestros tirios y troyanos no hace imposible pensar —y esto ya es mucho— que el próximo ciclo político pueda ser el ciclo de la concordia. Leo fecit.

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