Félix de Azúa
«Nuestra cultura ya no aspira a elevar: solo a distraer y divertir»
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Félix de Azúa (Barcelona, 1944) nunca ha sido un intelectual cómodo. Desde su irrupción como parte de los «novísimos», allá por los años 70, hasta su larga trayectoria como ensayista y columnista, el escritor barcelonés ha convertido la discrepancia en una forma de estar en el mundo. Académico de la Real Academia Española, novelista, poeta y figura habitual del debate público, en su nuevo libro, ‘Un fraude monumental’ (Debate), vuelve sobre una de sus obsesiones recurrentes: la relación entre cultura, poder y simulacro. El gótico aparece aquí no como un simple estilo artístico, sino como una construcción ideológica que Europa ha rehecho una y otra vez para explicarse a sí misma. Y, de paso, para engañarse. Azúa enlaza las catedrales medievales con los rascacielos financieros, el feudalismo con las redes sociales y el sentimentalismo político con la decadencia cultural de Occidente.
En Un fraude monumental desmonta algunas ideas románticas sobre el gótico. ¿Le interesa más destruir mitos o entender por qué necesitamos creer en ellos?
No pretendo destruir mitos. Es algo que requiere unas capacidades que no tengo. Sí que me esfuerzo por entender su necesidad y su actual encarnación, tan populista como trivial.
Sugiere que el gótico fue también una tecnología de poder. ¿Cree que hoy las democracias siguen necesitando grandes escenografías para legitimarse?
No fue una tecnología de poder hasta la llegada de la burguesía, a partir de la Revolución francesa. Antes de eso fue simplemente la creación de la ciudad moderna. Y, sí, las democracias han construido algunos monumentos memorables, como la Torre Eiffel, pero no hay suficiente fuerza mental como para construir otros.
«Las democracias han construido algunos monumentos memorables, pero no hay suficiente fuerza mental como para construir otros»
Las catedrales eran espacios colectivos que imponían una cierta idea del mundo. ¿Qué edificios representan hoy nuestro sistema de valores: los aeropuertos, los centros comerciales, las sedes tecnológicas?
Me temo que no hay ya ningún sistema de valores que mostrar, aunque el único valor absoluto de la modernidad es el dinero y entonces puede servirnos cualquier rascacielos, incluso los de Trump, que son horrendos, pero muy grandes y con muchos dorados. Son monumentos infantiles.
El gótico aspiraba a elevar la mirada. ¿Qué cree que hace hoy nuestra cultura con la atención: elevarla, fragmentarla o directamente agotarla?
Por lo que veo en las jóvenes generaciones nuestra cultura solo aspira a distraer y divertir. Una tarea tediosa que solo se soporta a cerebro vacío.
¿Diría que vivimos en una época incapaz de construir algo pensado para durar siglos?
Evidentemente.
En el libro aparece la tensión entre belleza y verdad. ¿Puede una sociedad sostenerse solo sobre la utilidad?
Es una pregunta algo rara porque es evidente que nuestras sociedades se sostienen exclusivamente sobre la utilidad y mantienen un coeficiente elevado de fuerza mundial.
Desconfía de las idealizaciones históricas. ¿Cree que hoy existe una nueva religión de la nostalgia?
No, en absoluto. Nuestra época cambia el pasado siempre que le interesa. Carece de cualquier respeto o nostalgia sobre el mismo. De hecho, a nosotros nos cambia más el pasado que el presente.
«Nuestra época cambia el pasado siempre que le interesa, carece de cualquier respeto o nostalgia sobre el mismo»
¿Hay algo medieval en el funcionamiento contemporáneo de las redes sociales —o incluso de las grandes empresas—: tribalismo, linchamiento, dogma?
Sin duda estamos reconstruyendo un modo de vida feudal con tres estamentos. Hay feudales en los mecanismos universales de diversión, como internet, y hay feudales al frente de los mecanismos de control, como los partidos. Y por supuesto una aristocracia internacional todopoderosa e impune en sus crímenes.
Antes el miedo estaba asociado al pecado o al infierno. Ahora parece ligado al colapso climático, económico o tecnológico. ¿Solo hemos cambiado de apocalipsis?
Sí, los occidentales vivimos siempre con la culpabilidad a nuestra espalda e inventamos continuos castigos absolutos y universales ya que no hay un Dios que pueda castigar con el fin del mundo. Inventamos el pecado original para sentirnos desdichados. Es nuestro disco duro.
Ha ejercido el columnismo durante décadas. ¿Se escribe hoy con demasiada cautela? ¿Tiene la impresión de que el debate público español se ha moralizado hasta el punto de volver imposible la discrepancia?
En España hace ya siglos que está muy mal visto discrepar. Este es un país secularmente obediente con las autoridades y el poder. De vez en cuando estalla, pero luego vuelve a inclinarse. Es un país difícil, lleno de cactus. Hay que andarse con ojo.
«En España hace ya siglos que está muy mal visto discrepar»
¿Qué cree que revela de una sociedad el hecho de que dedique más atención a la polémica que a la complejidad?
Nuestra sociedad es fundamentalmente inculta, lleva siglos de desprecio por el pensamiento y la individuación. No sabe manejar la complejidad, se pone nerviosa y entonces insulta. Hay que ir civilizándola. Si se deja.
En ocasiones se le ha acusado de provocador. ¿La provocación sigue siendo útil intelectualmente o se ha convertido también en un producto cultural? ¿Cree que la cultura contemporánea tolera peor la ambigüedad que hace unas décadas?
Todas las sociedades se apoyan en unos estratos de poder y consideran «provocación» aquello que niega el poder del poder. Naturalmente, es una simpleza. Es como si alguien, en una comida, en lugar de los garbanzos pide lechuga. De inmediato es considerado un provocador. ¡O un enfermo!
«Nuestra sociedad no sabe manejar la complejidad, se pone nerviosa y entonces insulta»
También ha criticado cierta sentimentalización de la política. ¿Vivimos una época más gobernada por emociones que por ideas?
Sin duda. Y así nos va.
El gótico estaba atravesado por una visión colectiva del mundo. Hoy parece dominar el individualismo absoluto. ¿Qué hemos ganado y qué hemos perdido en ese tránsito?
No estoy de acuerdo. La nuestra es la sociedad más colectivizada de los últimos tres siglos. El individualismo es perseguido con saña por los colectivistas, que son legión. Es dificilísimo defender una postura individual. De inmediato eres considerado un facha o un neoliberal por la masa obediente.
¿Le parece que Europa conserva todavía alguna conciencia cultural común o es ya solamente una estructura administrativa?
Ojalá fuera una estructura administrativa, pero la Unión Europea es hoy un cementerio de burócratas y políticos fracasados o amortizados que viven allí con sueldos fabulosos en la mayor de las esterilidades. Y eso la UE, pero le recuerdo que también hay un monstruo carísimo e inútil que se llama Unesco. Son los asilos de la política europea.
¿Qué le irrita más del presente: la banalidad, el narcisismo o la impostura moral?
Seguramente la prolongación del cristianismo en su forma corrompida en tanto que beneficencia farisea. Toda esa gente que vive del Estado, es decir, de nuestro dinero, simulando hacer el bien en el teatro del sentimentalismo. Solo una ínfima parte ayuda a los necesitados. El resto cobra.
Si dentro de 500 años alguien analizara nuestra civilización a través de sus edificios y sus pantallas, ¿qué conclusión cree que sacaría sobre nosotros?
La misma que nosotros, excepto los que están a sueldo del poder, es decir, que es una civilización muerta, un museo.
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