ENTREVISTAS

«En este país la política es pura obediencia»

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Noemí del Val
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04
Jul
2022
Félix de Azúa

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Noemí del Val

Las opiniones, si no son fuertes, no sirven para nada, y Félix de Azúa (Barcelona, 1944) las tiene y las dispara sin escudo y sin esconder la mano, aunque sin bronca: conserva sus modales de Oxford, habla sin levantar la voz y sin que se le caiga la sonrisa. Su conversación es tan luminosa como sus libros, donde muchos españoles empezamos a dejar de tomarnos en serio y aprendimos que el arte se había acabado. Nos citamos un viernes. La víspera él ha estado en la RAE, como todos los jueves. Lo cuenta divertido: los académicos andan debatiendo sobre los orígenes de la expresión «culo en pompa». El dandi delgado, el poeta, el novelista, el ensayista, el polemista y el profesor de arte se resumen en la travesura de un niño. Azúa siempre juega y yo me propongo ser su compañero por una tarde.


Tu tesis sobre Diderot luego se convirtió en un libro paralelo al que escribiste sobre Baudelaire y se ha reeditado hace poco. Ambos son hombres que viven el final de una época entre dos aguas. ¿Se siente Félix de Azúa un poco Diderot y un poco Baudelaire?

He convivido con ambos durante cincuenta años. Cada uno de ellos se ha desarrollado como si fuera una alfombra: a medida que sale el dibujo va cambiando de forma. Al principio, tanto Diderot como Baudelaire me parecían muy interesantes porque eran testigos del final de algo, pero todavía no eran testigos del inicio de otra cosa. A medida que ha pasado el tiempo los he ido viendo cada vez más contemporáneos. Ya sabes, se trata de esta cosa tan extraña de que el pasado depende del futuro.

¿Existen esas transiciones o son revelaciones autobiográficas? Porque yo también me siento entre dos mundos y a lo mejor todos nos sentimos así.

No es raro que tú sientas lo mismo que yo a pesar de la enorme diferencia de edad. El mundo clásico se ha terminado y ha aparecido otro nuevo, inmaterial o virtual, del que todavía no sabemos nada. Lo que es evidente es que el mundo que dejamos atrás se va a quedar atrás, mientras que el nuevo no sabemos en qué va a consistir. Y lo digo muy a favor. A veces la gente piensa que esta es una posición melancólica o nostálgica, pero no es así. Es más, me parece estupendo que acabemos con todo. Tengo una cría pequeña de diez años y la veo vivir el mundo y sus representaciones y no tiene ningún problema.

«España, igual que los países mediterráneos, tiene un problema: no concibe el liberalismo»

Tú has crecido en un mundo donde la religión era más importante que en el mío. Mi hijo, por ejemplo, que también va a cumplir diez años, tiene una carencia absoluta de la religión en su vida. La primera revelación que tuve fue cuando trajo unos ejercicios con unos dibujos que debía nombrar debajo. Justo bajo la ilustración de una iglesia puso «casa». Él no sabía qué era: la liturgia le era completamente ajena y eso, creo, le impide entender el arte. Yo lo vivo un poco como un trauma. ¿Cómo le explico toda la historia del arte?

Ese es un problema que tú ves desde el punto de vista cultural. A mí todavía me impresionan más otros aspectos. Un día, por ejemplo, estábamos hablando con mi mujer de alguien que se había muerto. Yo me fijé que la niña tenía una expresión rara, y entonces dije: «Bueno, ya sabes que a esto de la muerte no hay que darle importancia». Y ella me dijo: «Ya, yo sé que tú te vas a morir relativamente pronto porque eres muy mayor». Ella ya me daba por muerto, pero al mismo tiempo no sabía lo que significaba. Cuando éramos niños nos engañaban y seguramente nos decían que se iban con san Pedro. Ahora no hay ninguna forma de explicarles lo que ocurre con los muertos porque todavía no tienen ninguna construcción lógica o racional sobre la muerte. El asunto de la pérdida o el olvido de la cultura están relacionados con aspectos esenciales de la vida común.

En una de tus autobiografías dices: «La política en España es la continuación de la religión por otros medios: o eres católico y anti- semita o eres judío y tienes una superioridad moral de nacimiento. Está prohibido no ser ni lo uno ni lo otro. En España se puede ser fascista, teocrático, estalinista o nacionalista –siempre vas a tener periódicos que te jaleen–, pero está prohibido ser liberal». ¿Sigues sosteniendo cada palabra?

Absolutamente. Yo estaba muy influido, y lo sigo estando, por la política anglosajona. Para mí, España, igual que Italia y los países mediterráneos, tiene un problema, y es que no concibe el liberalismo. Para esta gente, la política es religión: o eres de los buenos o eres de los malos. Cuando me metí en Ciudadanos, la idea era hacer un partido que no fuera ni de papá ni de mamá; es decir, que fuera liberal, tolerante, reflexivo…, y un partido de cuadros, no de juventudes. Queríamos una formación seria y adulta. Funcionó un tiempo y después se escacharró, como todo en este país.

«La nuestra ha sido una sociedad salvaje hasta el siglo XIX, cuando empezó a domesticarse y más tarde, a civilizarse»

Pero esta es una posición fatalista que le pega más a Juan Goytisolo que a ti. ¿Es un problema de España o hay un fallo en Ciudadanos que impide que cuaje?

El origen de Ciudadanos es claramente el de un partido liberal anglosajón, aunque luego intervinieran las personalidades políticas y, en este país, la política destruye a la gente. Lo acabamos de ver con esos desgraciados que no podían soportar la presencia de dos chicas más inteligentes que ellos, como Cayetana Álvarez de Toledo e Isabel Díaz Ayuso. Se han cargado el partido solo por no aguantar que dos mujeres les hicieran sombra. ¿Te das cuenta del infantilismo religioso con el que se toma a la política en este país?

Aun sabiendo esto, te metiste en ella.

Lo intentamos unos cuantos amigos y salió mal. Yo, si puedo ser soberbio, diría que era un partido demasiado inteligente para este país. Es una exageración, pero en cierto modo lo pienso. No es que no haya gente inteligente. Al revés, la hay, y mucha, pero no se atreve a ser inteligente.

Es curioso que a esos inteligentes desmovilizados les una el humor, una característica que, a la vez, separa la cultura mediterránea de la anglosajona, de donde procede la tradición liberal y donde el humor es muy importante. En cambio, aquí, que presumimos de jarana, somos solemnes y serios, lo que nos lleva a uno de tus rasgos menos valorados de tu obra: que es carcajeante. Y nunca lo dicen en las críticas para que no pienses que se han tomado a chirigota el libro, ¿no?

Claro. En Inglaterra, el mundo de la filosofía, la ciencia y la política están llenos de humor. Allí es maravilloso cómo se preparan los discursos: siempre empiezan por una broma. Tienen un sentido del humor extraordinario. Por el contrario, los países del sur son tenebrosos. Dejémonos de historias: son países aburridos. Durante siglos la gente ha ido a rezar a las iglesias para desarrollar su vida social y, cuando eso terminó, quedó desconcertada, sin saber muy bien qué hacer. Es entonces cuando se pasan a la política y buscan al cura o párroco que les gusta para obedecer. Al final se trata de obedecer. Los casos de Cayetana e Isabel son casos de mujeres desobedientes. En este país la política es pura obediencia; y sueldo, por supuesto.

«El olvido de la cultura está relacionado con aspectos esenciales de la vida común»

Estamos en Madrid, donde vives desde hace unos años, siendo tú una figura fundamental de Barcelona.

Yo llevo ahora una década en Madrid y con la distancia me he dado cuenta de que Barcelona estaba sobrevalorada. A partir de los Juegos Olímpicos, los españoles, que son gente muy buena y crédula, realmente pensaron que Cataluña era una potencia técnica e intelectual. Han pasado treinta años y las cosas se han vuelto a poner en su sitio. Cataluña es un gran conjunto de ciudades agrícolas de una densa población y una ciudad, Barcelona. En Cataluña viven siete millones de catalanes, pero solo en Barcelona y la conurbación ya son cinco millones. ¿Cuando hablamos de Cataluña de qué hablamos: de la parte rural, que es la que manda, o de Barcelona, que está completamente abandonada y a nadie le interesa? Yo estuve en Barcelona hace poco. Ha sido mi ciudad durante muchos años, pero está acabada, lo ha perdido todo. Desde Maragall no ha habido ni una sola reforma para mejorar la situación. Cada vez se parece más a Nápoles y a la Marsella del barrio viejo.

Un tema que has tratado a menudo en artículos y libros es el de la «domesticación» de la sociedad. ¿En qué medida lo somos?

La sociedad española ha sido una sociedad salvaje –pero salvaje de verdad– hasta el siglo XIX. Y cuando hablo de salvaje me refiero al estupor que sufrió Napoleón: aquel pobre hombre se había metido en un lugar que estaba asediado de bestias salvajes que lograron derrotar al más grande ejército de Europa a base de dentelladas y garrotazos. Ese pueblo, enteramente salvaje y completamente analfabeto y brutal, comienza poco a poco a domesticarse en el siglo XIX, cuando hay una guerra prácticamente cada año. Una vez ha alcanzado un cierto grado de domesticación, en el siglo XX, empieza la civilización y nos encontramos a personas como Ortega y Gasset, Baroja o Azorín.

 ¿Se puede leer tu obra como un conjunto de decepciones encadenadas o como una decepción grande que va desarrollándose?

Se puede ver así, claro. Por otra parte, es un poco lo que decíamos antes: es lo que le sucede a cualquier persona que haya tenido mi vida. La mía es el conjunto de las cosas que se han acabado, que han concluido. A veces la gente se espanta: «¡Azúa, qué pesimista!» No, al revés, soy optimista. Se acabó el mosaico, que para los romanos era muy superior a la escultura, a la pintura, a la arquitectura. Se acabaron los tapices, se acabó el balé con tutú, se acabó la poesía. Está bien que se acaben las cosas; siempre podemos empezar otras nuevas…, aunque es verdad que ahora está la cosa paradita.

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