Nuestros antepasados indoeuropeos nos desprecian
Leer ‘Lengua madre’, de Laura Spinney, hace que todas las diatribas racistas y lacrimosas de hoy suenen vacuas. Nuestros antepasados, los hablantes del indoeuropeo, nos mirarían con asco: menuda civilización de castillos de naipes, dirían.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
He gozado como un guerrero prehistórico en plena orgía de aplastar cráneos con la lectura de Lengua madre, un ensayo de divulgación de Laura Spinney que, a vista de lomo, no debería despertar más pasiones que un seminario universitario con pausa para el café a media mañana. El libro resume todo lo que se sabe sobre el indoeuropeo, sin rebajar el rigor lingüístico ni la complejidad de las disciplinas involucradas, que van de la filología antigua y la historia, a la genética, la arqueología y la química. Supongo que no se lo estoy vendiendo bien. No sé cuántos de ustedes han dejado ya de leerme ni cuántos están a punto de hacerlo por no dejar el párrafo a medias. Si queda alguien ahí después del punto y aparte, confío en que no se contenten con leerme a mí y corran a buscar el libro que mejor explica las turbulencias de hoy.
Empecemos por lo básico, la llamada «hipótesis indoeuropea». A mediados del siglo XVIII, Williams ‘Oriental’ Jones obtuvo una plaza de juez del Imperio británico y fue destinado a la India, su lugar soñado. Además de jurista, Jones era filólogo y estudioso de las lenguas. Ya había aprendido árabe y persa, había traducido a varios poetas medievales al inglés y, nada más llegar a la India, se puso a estudiar sánscrito, el equivalente indio al latín: una lengua muerta de la que proceden las lenguas indias modernas (el hindi, lengua oficial hoy) y que se mantiene en la liturgia religiosa porque los Vedas, los libros sagrados del hinduismo, están escritos en ella.
Jones debía de tener un oído finísimo, porque detectó enseguida unas semejanzas con el griego antiguo y el latín, tanto en el vocabulario como en la gramática. Los números, por ejemplo, suenan muy parecidos en las tres: unus – duo – tres en latín, ena – dyo – tría en griego y ekam – dve – trini en sánscrito. Tras años de estudio, concluyó que esos parecidos solo podían explicarse por un antepasado común, una lengua desaparecida antes de la invención de la escritura (o invenciones: la escritura se ha inventado en varios sitios y momentos históricos diferentes y sin relación entre sí) que llamó indoeuropeo.
Desde entonces, los lingüistas han recorrido un camino lento y frustrante de reconstrucción de esa lengua primigenia, llegando al consenso de que la mayoría de las lenguas habladas hoy proceden de ella: todas las europeas, salvo el euskera y el húngaro, y muchas asiáticas, como el persa, el armenio y el hindi. Dos tercios de la humanidad hablan una lengua indoeuropea. Hasta hace veinte años, poco más se sabía de ella. Los avances eran muy lentos porque el método de reconstrucción exigía unas operaciones muy minuciosas basadas en el estudio de los documentos escritos más antiguos, a partir de lo cuales se proyectaban raíces léxicas, estadios primitivos de lenguas muertas sucesoras del indoeuropeo. Así, hasta llegar al indoeuropeo. Hoy se ha reconstruido un corpus de unas 1.600 palabras indoeuropeas que, en las convenciones científicas, se escriben con un asterisco, para indicar que no hay registro escrito de ninguna de ellas.
Dos tercios de la humanidad hablan una lengua indoeuropea
No se sabía quiénes fueron los hablantes de esa lengua, ni cuándo se habló ni dónde ni cómo se expandió. Aún hoy hay una disputa: aunque la mayoría de los expertos creen que se difundió del oeste al este, es decir, de Europa a la India, un pequeño grupo de científicos (apoyados por el gobierno nacionalista indio) sostiene que fue al revés, que salió de la India y llegó a Europa. Hasta que una revolución científica cambió el panorama. En veinte años, se ha aprendido más sobre el indoeuropeo que en todo el tiempo anterior, y lo que se sabe es fascinante.
A los esfuerzos eruditos de los lingüistas se han añadido los de los genetistas, capaces de analizar con mucha finura el ADN antiguo y de emparentar y rastrear huesos de hace miles de años, y los avances de la química aplicados a la arqueología, que permiten conocer la dieta de un individuo estudiando los isótopos de su placa dental. Esto es importantísimo: saber si un individuo de hace 10.000 años bebía leche o tomaba queso o bebía alcohol es determinante para saber cómo era la cultura en la que vivía.
Un ejemplo hipotético de lo poderoso que es esto: el arqueólogo puede determinar si esa cultura conocía el queso, lo cual allana el camino al lingüista para determinar si tenían o no una palabra para «queso». Es importante si la palabra es vernácula o un préstamo, pues lo primero significaría que aprendieron a hacer queso por su cuenta, y lo segundo, que un grupo humano de otra lengua les enseñó a hacer queso y les prestó la palabra para llamarlo. Esto permite establecer relaciones entre lenguas y determinar cómo se mueven y se imponen unas a otras. Por último, el genetista puede determinar si ese individuo tiene parientes en otro yacimiento, lo cual indicaría cómo se mezclaron esos grupos, quizá para formar una cultura híbrida.
Si no encuentran esto fascinante yo no puedo hacer más por ustedes, están perdidos para la causa de la humanidad.
Aquí viene el redoble de tambor: tras procelosos estudios y hallazgos y disputas en congresos, se ha planteado una hipótesis desconcertante: el protoindoeuropeo, la lengua más antigua que el indoeuropeo, de la cual este procede, era un idioma hablado por un grupo de unas cien personas. Cien nómadas que vivían en las llanuras de lo que hoy es Ucrania, al este del Dniéper, en ese trozo de tierra hoy bombardeado e invadido por Rusia. Su expansión, su comercio, su descendencia y sus ansias de recorrer mundo llevaron a que ahora yo escriba esto con palabras y estructuras gramaticales directamente heredadas de las que usaban ellos.
Si tres quintos de la humanidad hablamos en esencia una misma lengua que ha mutado de cientos de maneras posibles, ¿a qué vienen los miedos al Coco de los inmigrantes? ¿Qué esencias tememos perder, si somos el resultado de mil cruces y bastardías procedentes de un mismo origen, un puñado de tipos de las estepas pantanosas del este de Europa? ¿A qué ficción endeble y fugaz nos aferramos? Leer Lengua madre hace que todas las diatribas racistas y lacrimosas de hoy suenen vacuas. Nuestros antepasados, los hablantes del indoeuropeo, nos mirarían con asco: menuda civilización de castillos de naipes, dirían. Tienen de todo y lo temen todo.
Hay que estar a la altura de esos ancestros. Hay que espabilar.
COMENTARIOS