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Ralph Waldo Emerson 

El hombre que inventó Estados Unidos

Ralph Waldo Emerson proyecta una larga sombra en la cultura estadounidense de los últimos dos siglos con su literatura y su idea de individualismo.

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27
mayo
2026

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Hijo de pastor, nieto de pastores… Nacido en una familia bostoniana donde la vocación se daba por supuesta, el joven Ralph Waldo Emerson (Boston, 1803-Concord, 1882) estaba destinado a ser ministro protestante. Las fotos lo muestran espigado y solemne como un ciprés de Nueva Inglaterra, con la mirada absorta y cara de haberse extraviado dentro de sí mismo. La fe se elevaba, a la sazón, como una enorme catedral de cristal, transparente e inconsútil… Salvo por una grieta finísima, una pequeña resquebrajadura en una de las vigas mayores que se abrió con la muerte de su esposa.

Al cabo de un año, Ralph volvió al cementerio y ordenó abrir la tumba de Ellen para comprobar con sus propios ojos la persistencia de la muerte. Fue entonces cuando el edificio de la fe se hizo añicos. Abandonó el ministerio pero no, curiosamente, la búsqueda de lo sagrado. Cruzó el Atlántico, se empapó de romanticismo y regresó a América transformado en una rara avis, en una suerte de predicador sin púlpito que, aun conservando el tono exhortativo del pastor, parecía haber trasladado el ambón al bosque.

Hablar de Emerson obliga a demorarse en ese instante resbaladizo, casi inapresable, en el que Estados Unidos, todavía con serrín en las botas, dejó de ser una sucursal de Europa y comenzó a pensar por sí mismo. En ese tránsito difuso, Emerson descuella como una figura inevitable. Su metafísica fue el nervio invisible que convirtió a un agregado de colonos emancipados en una conciencia en marcha, en un proyecto que empezaba a tomarse en serio a sí mismo sin requerir el plácet de la antigua metrópoli.

No extraña que Harold Bloom viera en él algo más que un escritor, una especie de daimon que fundó una conciencia basada en la autoridad radical del yo, haciendo oídos sordos al fragor de la genealogía. Lo estadounidense, según está lógica, no sería tanto una estética o un repertorio de temas como una forma de interioridad que se autoriza a sí misma. Vertiginoso era, cuando menos, el individualismo emersoniano: en esa anomalía carente de pasado, uno podía rehacer el mundo desde sí mismo, pero, ¡ay!, también corría el riesgo de despeñarse en el abismo de su propia conciencia.

Emerson proyecta una larga sombra en la cultura estadounidense de los últimos dos siglos. Claro que de nada sirve buscar una genealogía ordenada, con discípulos obedientes alineados al tresbolillo. En vez de discurrir en línea recta, su influencia se expande de manera volcánica, derramando lenguas de lava a través de géneros y de épocas. Hubo quien, llevado de su ejemplo, hinchó su yo hasta volverlo multitud, como Walt Whitman, y quien se las apañó para achicarlo hasta hacerlo entrar en los exiguos márgenes de su habitación, como Emily Dickinson. También quien, como Herman Melville, tomó la intuición trascendentalista y la arrojó contra la oscuridad del mundo. No hay contradicción en ello: Emerson funciona como una fuente subterránea cuya agua alimenta tanto vergeles diáfanos como pantanos turbios.

Señalar en este punto la índole protestante del pensamiento emersoniano es como descorrer una cortina: aunque para algunos pase inadvertido, ha estado ahí todo el tiempo y su presencia es incontrovertible. Porque Emerson pudo romper con el culto, pero al mismo tiempo radicalizó hasta el límite su lógica interna. Al trocar la institución por la conciencia, ¿qué hizo sino llevar al extremo el principio del sacerdocio universal? Al fijar la autoridad hermenéutica en el yo y sus escrituras vivas, en lugar del texto bíblico, ¿no estiraba el principio de la sola scriptura? Yendo más allá, ¿cuánto había en su confianza radical en la intuición de la doctrina de la sola gratia?

El optimismo emersoniano brota de la interioridad puritana

El optimismo emersoniano brota de la interioridad puritana, esa inwardness que enseña al alma a escucharse por dentro, pero cribado por el tamiz benévolo del unitarismo, menos obsesionado con la culpa y la condenación. Lo que resulta de ello es la fe del homo interior, el sujeto luterano vuelto hacia sí mismo, despojada de su dramatismo teológico y reducida a afirmación luminosa, casi a pujanza biológica. Emerson no veía el alma como un campo arrasado a la espera de sentencia, sino como un brote que llevaba en sí la forma del bosque. Frente a la gravedad presbiteriana, con su predestinacionismo, Emerson entendía que salvarse no equivalía a ser rescatado desde fuera, sino a desplegarse, a abrirse como una hoja al sol, y que la divinidad vendría a ser la savia que empujaba desde dentro.

Todo ese haz de intuiciones terminó por cuajar en Nature (1836, incluido en la edición de Cátedra de sus Ensayos), donde Emerson arengaba a la lectura del mundo como si fuera un texto, una escritura numinosa en que cada elemento sensible, ora una piedra tibia al sol, ora el temblor de los juncos junto a la orilla, era cifra de una realidad espiritual. Un árbol ya no sería solo hojas, corteza y tronco, sino también un ideograma vivo cuya caligrafía contiene parte del secreto del mundo, y el curso de un arroyo, con sus destellos escamosos, dejaba de sonar como simple agua en movimiento para adquirir la cadencia de una frase pronunciada en una lengua anterior al hombre. La naturaleza se despojaba de su condición de decorado al tiempo que el individuo, desplazado de su cómoda posición de espectador, era investido como lector o, más bien, como intérprete visionario: alguien capaz de percibir, bajo la epidermis de las cosas, el temblor fosforescente de una existencia más honda.

En eso vino a consistir el trascendentalismo, la gran tentativa decimonónica de suturar la vieja escisión entre persona y mundo, como si entre ambas superficies separadas por siglos de pensamiento pudiera todavía tenderse un hilo invisible, fino y vibrátil como una hebra de telaraña. Emerson recogió entonces la tesis kantiana según la cual el conocimiento no descansaba en la realidad en sí, sino en las estructuras del sujeto, y la sometió a una torsión audaz, casi temeraria: Kant tendría razón, siempre y cuando la interioridad dejara de entenderse como muro o clausura y comenzaba a percibirse como umbral: una membrana sensible, húmeda de impresiones y relámpagos intuitivos, a través de la cual el mundo exterior lograba infiltrarse en la conciencia como una corriente eléctrica de sentido.

Peligrosas y feracísimas fueron las consecuencias de ese giro. Si la divinidad ya no habitaba en un cielo remoto sino que centelleaba en cada fragmento del mundo sensible, de la nervadura translúcida de una hoja atravesada por el sol al relámpago plateado de un pez bajo la corriente, ¿quién quedaba investido para mandar?, ¿quién para obedecer, y en nombre de qué instancia que no fuese su propia corazonada?

Desplazada la autoridad hacia la conciencia, la sociedad entera se convertía en un campo de pruebas donde cada cual debía patentizar la soberanía de su yo. De ahí la militancia de algunos trascendentalistas en favor de la abolición de la esclavitud, pues no era ya posible contemplar otro cuerpo sin entrever en sus ojos cansados y en su aliento el mismo fulgor espiritual que uno reconocía en sí mismo; de ahí también la tentación narcótica de absolutizar la voz interior hasta confundir sus murmullos con la respiración misma del universo. ¿Era ese el tributo exigido por haber querido hablar sin acento europeo? Quizá la ansiada voz propia, al fin conquistada, no servía para responder más que a uno mismo…

Estados Unidos se le aparecía a Emerson como una promesa aún en gestación que, para cuajar del todo, exigía cortar el cordón umbilical que lo ataba a Europa y, sin matronas ni nodrizas, atreverse a pensar desde la experiencia inmediata. De ahí su exhortación, en la conferencia «The American Scholar»a confiar en las propias capacidades y a explorar el presente con riesgo, escrita con una prosa fragmentaria y aforística que avanzaba a saltos, como si la verdad solo compareciera en fulguraciones repentinas.

Porque el estilo, entretanto, también había roto amarras. Si el contenido dejaba de ser europeo, la forma no podía seguir desfilando con peluca ajena. Surgió entonces un verso libre, respirado, que ensanchaba la sintaxis para acompasarse al cuerpo y a la marcha multitudinaria de la democracia. Pero el llamado Renacimiento americano fue, aunque tantos lo soslayen, más que una renovación estética. ¿Qué otra cosa cabe ver en él, en puridad, sino el fruto maduro de una filosofía que proclamaba la autosuficiencia del individuo y la unidad secreta de todas las cosas? Abolidas las fronteras entre sujeto y objeto, el poeta dejaba de mirar la naturaleza desde fuera y se disolvía en ella. Por supuesto, la proclama del «me celebro y me canto a mí mismo» de Whitman en Song of Myself sigue sonando a anuncio de champú; y, sin embargo, había algo genuíno en ese yo whitmaniano que, en vez de encerrarse en sí mismo, se expandía hasta abrazarlo todo, cada cuerpo, cada brizna de hierba…

Mi libro favorito de Emerson es Representative Men (1850), editado en español por Cátedra bajo el título Hombres representativos. En sus páginas no se limita a comentar a Platón, Swedenborg, Montaigne, Shakespeare, Napoleón o Goethe, sino que ejecuta una metamorfosis del héroe en clave democrática, haciendo del grand homme una categoría espiritual apta para una república que, aun desconfiando de las jerarquías, no podía prosperar sin formas de eminencia. Su tipología de la grandeza no desemboca en una glorificación ingenua, en tanto que sus personajes ejemplares aparecen siempre atravesados por ambigüedades y zonas de sombra, como si la grandeza misma exigiera una poda constante. El libro funciona a la vez como liturgia civil de la ejemplaridad y como vacuna contra el culto ciego al héroe.

Es en Hombres representativos donde Emerson mejor se retrata a sí mismo sin decirlo, cifrando su propia figura en la máscara de Michel de Montaigne, al que presenta como encarnación del escéptico, a medio camino entre la tradición y la ruptura, en ese trecho intermedio pobremente alumbrado por la duda. Dicho retrato, o autorretrato, evidencia lo que Emerson compartía con el moralista bordelés: el gusto por el ensayo como forma abierta y la desconfianza hacia los sistemas cerrados, la idea de que pensar consistía en probar y en tantear antes que en concluir y la intuición de que la verdad, más que una estructura definitiva, había de ser una conversación incesante entre el yo y el mundo. No es el único libro en que dicha influencia se hace patente: el texto nuclear de sus Ensayos lleva por título «Experiencia», y «De la experiencia» es el último de los Ensayos de Montaigne.

Sea como fuere, Emerson nunca dejó de moverse en el filo incierto entre la iluminación y el espejismo. Su célebre Self-Reliance (1841, también contenido en sus Ensayos) respondía a la necesidad de reinstaurar una forma de autoridad en un mundo que había dinamitado todas las anteriores. Despojado de mediaciones externas, el individuo corría el riesgo de quedar abandonado a la intemperie de su capricho; de ahí la severa exigencia emersoniana: habría de responder ante una instancia interior que no admitía transigencia alguna. Lo que visto desde fuera podría parecer una apología ingenua del yo era una disciplina ascética, legataria de la ética puritana, que no pasaba por el encierro solipsista, sino precisamente por el diálogo con el mundo. Y, sin embargo, bastaba forzar un ápice esa voz interior para que degenerase en ventriloquía…

La exigencia emersoniana era que habría de responder ante una instancia interior que no admitía transigencia alguna

Volviendo a los «hombres representativos», tan emersonianos nos resultan hoy Superman, Gary Cooper en Solo ante el peligro y John Wayne en Centauros del desierto como Tom Ripley, Michael Scott o Unabomber. Arquetipos que, volar por la ciudad o sembrar el caos, fueron ya soñados en la ciudad de Concord a comienzos del diecinueve. ¿Y mujeres? De Escarlata O’Hara a Ayn Rand habría unas cuantas y muy variopintas, pasando por Rosa Parks, Bonnie Parker o Carrie. Figuras heroicas, enajenadas o monstruosas, a veces todo a la vez, pero siempre bajo la misma fórmula: la conciencia elevada a principio absoluto, convertida en único tribunal, y la fidelidad innegociable al yo interior, con el riesgo asociado de caer en el delirio.

Hombres representativos se publicó el mismo año que Moby Dick. Como ha estudiado Ramón Espejo, la novela de Melville está atravesada de pé a pa por la sensibilidad trascendentalista: el mar, con sus láminas de vidrio y sus espumas verdosas, aparece allí como un inmenso rostro cambiante que promete, a cada oleaje, una revelación definitiva, y el terrible cachalote, que emerge entre chorros de bruma y resplandores húmedos, se niega obstinadamente a quedar clausurado en un concepto y es al mismo tiempo divinidad y monstruo, amenaza y fulgor. En un artículo publicado en el European Journal of American Studies, afirmaba Espejo que Melville aceptó el punto de partida emersoniano, la naturaleza como símbolo, pero dinamitó su conclusión optimista. ¿Qué le quedaba a Pip tras contemplar el infinito sino perdera sesera? ¿Qué era Ahab sino el self-reliant llevado al paroxismo por haber confundido la autosuficiencia con la hybris?

Como quien crece al amparo de un árbol cuya savia nutre pero cuyo ramaje, caprichoso, se tuerce en exceso para buscar la luz, bajo la sombra de Ralph Waldo Emerson crecieron escritores atormentados y visionarios: Jack London afiló hasta el extremo la autosuficiencia moral hasta convertirla en ley de colmillos, bajo la que el yo no se realiza en la armonía con la naturaleza, sino en la lucha a dentelladas con ella, y Hemingway, siempre refractario a las abstracciones, conservó intacta la religión de la experiencia inmediata; Sinclair Lewis enarboló la autenticidad personal como defensa frente a la sociedad de masas y Salinger la transmutó en neurosis; Flannery O’Connor, católica feroz, vino a probar que la conciencia pura puede encarnarse en un iluminado con gafas doradas que predica desde el borde del abismo y que la gracia, cuando comparece, no sopla como una brisa consoladora sino como un vendaval que derriba, hiere y solo después redime.

Tanto da, a estas alturas del baile, darle la razón como quitársela. Emerson se las ha arreglado para estar siempre en medio, como un convidado de piedra al que nadie invita pero del que nadie logra librarse. Todos, a su modo, han acabado por abrevar en esa misma fuente: unos han hallado en sus aguas un manantial prístino, casi bautismal, donde templar el alma y afinar la conciencia, y otros han dado con un pozo turbio y emponzoñado, donde la voz interior se vuelve eco de sí misma y acaba por intoxicar a quien la escucha. ¿Será que el hombre que emancipó de Europa a los estadounidenses terminó encerrándolos en sí mismos?

También Thoreau tomó del trascendentalismo lo que le interesaba. Si Emerson había elevado la autosuficiencia a categoría del espíritu, Thoreau la bajó a la tierra húmeda y la despojó de aditamentos superfluos, demostrando así que Emerson tenía buena parte de razón. En ese trance, la identidad estadounidense dejó de ser una declaración de principios para trocarse en una praxis viva que prescribía desconfiar de inercias gregarias y someter todo barrunto al crisol de la experiencia… Solo así podía evitarse que la autosuficiencia degenerase en arrogancia y desmesura, como en el caso de Ahab, o que la voz interior nos respondiera con cacofonías. Walden fue la prueba empírica de que era posible mirarse sin espejos ajenos y de que la conciencia podía erigirse en única norma. Desde ese momento fundacional, Emerson se alza como el educador de su nación, y en el caletre de todo estadounidense resuena, como un eco que rehúsa extinguirse, los sermones de aquel pastor sin sotana, con un punto de charlatán de feria, que había trocado el púlpito por la exuberancia del bosque.

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