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Cambiar sin dejar de ser uno mismo

Después de años de cambios tecnológicos, culturales y organizativos, Mapfre ha decidido actualizar su identidad visual. No como punto de partida de una transformación, sino como consecuencia visible de un proceso en marcha.

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13
mayo
2026

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Hay cosas que se transforman por completo sin dejar de ser ellas mismas. Nuestros cuerpos, por ejemplo, renuevan prácticamente la totalidad de sus células y, sin embargo, persiste una continuidad reconocible en la identidad. Algo parecido ocurre con las marcas. El gran desafío para las empresas al iniciar un proceso de rebranding es mantener un equilibrio entre la transformación y la continuidad.

Los cambios de marca suelen ser la consecuencia visible de cambios estructurales, estratégicos o culturales que ya estaban en marcha. La nueva identidad actúa como un reflejo y una formalización de una evolución previa. Pero el proceso no está exento de riesgos. Si rompe de forma abrupta con asociaciones previas consolidadas en la mente de los clientes, puede erosionar valores construidos durante años. Y algunos procesos son más bruscos que otros. En todos los casos, el reto es cambiar sin dejar de ser quien se es.

En este contexto, Mapfre, el mayor grupo asegurador español, acaba de mudar de piel. Lo hace, precisamente, dentro de ese paradigma en el que el cambio de identidad no actúa como detonante, sino como consecuencia visible de una transformación previa. Alfredo García-Almonacid Fuentes, responsable de marca de Mapfre, subraya que la decisión de hacer un rebranding no respondió a un momento concreto, sino a «una acumulación de señales». La compañía lleva años trabajando con nuevas metodologías, incorporando inteligencia artificial para optimizar procesos, desarrollando apps y adaptándose a formas distintas de relacionarse con el cliente. Todo eso exigía proyectar una identidad visual acorde con su actualidad.

García-Almonacid: «Si tu marca no evoluciona, llega un día en el que deja de ser relevante. Y recuperar esa relevancia es diez veces más difícil que mantenerla»

Desde esa reflexión, los cambios buscan un equilibrio deliberado entre respeto al legado y ambición de futuro. El mantenimiento del trébol y del rojo responde a la voluntad de preservar los principales activos simbólicos, mientras que su adaptación a los entornos digitales refleja una apuesta por la relevancia. La nueva identidad se concibe como una herramienta para garantizar coherencia en un ecosistema de contacto cada vez más fragmentado, apps, redes, chatbots, webs, oficinas, y para reforzar la conexión con generaciones que consumen marcas de otra manera.

En una compañía con casi un siglo de historia, ese ejercicio implica cuestionarse, revisar prioridades y asumir que la relevancia no está garantizada por la trayectoria. La actualización de la identidad se entiende, en este sentido, como una apuesta por seguir siendo significativa sin renunciar a sus valores, su cultura y su manera de entender el negocio. El proceso representa la voluntad de evolucionar sin perder el norte, adaptarse sin diluir la esencia y demostrar que incluso las organizaciones más longevas pueden reinventarse sin romper con su historia.

García-Almonacid insiste en que este tipo de transformación implica una inversión que va mucho más allá del presupuesto. Requiere tiempo, recursos y un esfuerzo organizativo extenso. La razón es simple: «Los clientes de 2026 no son los de los años 80, 90 o principios de los 2000. Sus expectativas, la manera en que consumen información, los canales que utilizan y los valores que priorizan han cambiado radicalmente. Si tu marca no evoluciona, llega un día en el que deja de ser relevante. Y recuperar esa relevancia es diez veces más difícil que mantenerla».

Renovar la marca no va de aparentar novedad, sino de seguir siendo reconocible cuando todo alrededor ha cambiado. Las empresas que lo entienden no usan el rebranding para inventar otra historia, sino para contar mejor la que ya estaban viviendo.

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