George Makari
«A largo plazo, la xenofobia se vuelve totalmente autodestructiva»
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COLABORA2026
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«Desde la expulsión del paraíso de Adán y Eva hasta los guerreros de Troya derrotados, nuestros mitos hablan de gentes que se marchan lejos», escribe George Makari (Nueva Jersey, 1956) en su magnífico ensayo ‘Del miedo y los extranjeros’ (Sexto Piso, 2026). En él, el historiador y psiquiatra estadounidense de origen libanés explora la historia de la xenofobia, como término psiquiátrico, político y lamentablemente actual. Haciendo un recorrido desde los primeros textos que utilizaron el concepto hasta los movimientos furibundos que proliferan hoy, Makari revisa qué encarna ese paradójico (y autodestructivo) «rechazo a los extranjeros» y se pregunta: «Una vez barridas las polvorientas capas del olvido, ¿quién no es descendiente de algún viaje?».
«Los extraños, los extranjeros y los forasteros generan ansiedad. Nos recuerdan que, fuera de las islas donde hemos construido nuestro sentido, existe una imaginable variedad de otros», escribe. Desde la psiquiatría, ¿por qué los extranjeros perturban tanto la psique?
Porque los seres humanos pueden ser peligrosos y cuanto menos sabemos de aquellos con quienes nos cruzamos, más nos inquietan sus intenciones. Nos vemos obligados a adivinar qué puede estar pensando en silencio el otro, qué es lo que quiere. Todo eso suele permanecer oculto en su mente. Por eso, cuando se ven socavadas nuestras formas de clasificar rápidamente a los demás –es decir, cuando el idioma, el aspecto o las creencias del otro nos resultan extraños–, podemos sentirnos desconcertados, incluso paranoicos. Las personas paranoicas se retraen huyendo o atacan, por lo que este encuentro puede volverse volátil. Por otro lado, a lo largo de los milenios, los seres humanos hemos aprendido a gestionar este problema. Así es como construimos grandes sociedades. Gracias a la comunicación, así como los rituales y costumbres que transmiten paz, podemos descubrir que nuestros miedos eran infundados.
«Ningún país puede afirmar que no está formado por migrantes»
El homo sapiens es una especie migratoria. Pero hoy parece que haya gente que lo olvida por completo, incluso en sociedades altamente mezcladas como Estados Unidos y Europa, caracterizadas por la histórica llegada y salida de migrantes. ¿A qué se debe la nueva ola xenófoba que caracteriza la actualidad?
Ningún país puede afirmar que no está formado por migrantes. Y, sin embargo, el Estado-nación moderno se especializa en un proceso de borrado mágico. Las identidades nacionales construidas en torno a una esencia –por ejemplo, la identidad griega o la polaca– necesitan un mantenimiento constante. Para preservar su pureza, estas identidades deben asimilar identidades alternativas, tanto de su pasado prenacional como de las identidades traídas por inmigrantes recientes. Todos ellos deben transformarse en griegos o polacos. De lo contrario, se convierten en forasteros, en extraños permanentes. Para lograrlo, como señaló Ernst Renan, la memoria nacional consiste en una historia muy editada y un conjunto de amnesias. Los capítulos olvidados incluyen historias que hablan de nuestra heterogeneidad. En su lugar, se nos anima a unirnos en torno a narrativas respaldadas por el Estado que establecen una frontera clara entre «nosotros» y «los que no son nosotros». Estos últimos pueden ser una nación rival, una minoría interna o los últimos migrantes que cruzan la frontera. No hace mucho, un famoso político francés declaró «¡Francia para los franceses!». A mis amigos franceses les hizo mucha gracia porque su apellido –Sarkozy– es obviamente no francés. De hecho, su padre era un inmigrante húngaro. Así pues, esta fantasía de pureza nacional puede llevar al ridículo. Pero también puede ser un juego mortal. En cuanto a esta «nueva xenofobia», como la han denominado algunos observadores políticos, he sostenido que comenzó tras la caída de la Unión Soviética. De repente, un gran número de nuevos países necesitaban establecer su identidad, y algunos buscaron rivales históricos que les ayudaran a hacerlo. Otros, como Estados Unidos, se habían estabilizado gracias a un mundo bipolar; cuando los soviéticos se derrumbaron, los estadounidenses perdieron a su Otro definitorio. La crisis económica de 2008 acentuó la sensación de fragmentación y la impresión de que la globalización había fracasado. Con ello, surgió el etnonacionalismo.
«Se nos anima a unirnos en torno a narrativas que establecen una frontera clara entre ‘nosotros’ y ‘los que no son nosotros’»
Usted cuenta lo que sucedió en el Líbano en los años 70. Y dice: «Ahora Beirut era una advertencia: esto es lo que sucede cuando los vecinos se transforman en extraños, los extraños se convierten en enemigos y la sociedad se disuelve en un baño de miedo y odio». La historia nos ha dado múltiples advertencias de cómo el rechazo hacia unos supuestos «extraños» acaba tornándose autodestructivo. ¿Por qué, a pesar de esas advertencias, hay personas que insisten en caer en la xenofobia y en votar a líderes autoritarios y xenófobos?
A largo plazo, la xenofobia se vuelve totalmente autodestructiva. A primera vista, puede parecer un acto de autoprotección y de agresión contra el Otro, que será quien sufra las consecuencias. Sin embargo, la necesidad de odiar al Otro acarrea una serie de consecuencias: en primer lugar, se pierde la capacidad de sentir culpa. Toda la agresividad y la maldad residen en el Otro. Así, la autorregulación y la ética se desmoronan, tanto a nivel interno como externo. En segundo lugar, esta dinámica no tiene un final racional. Exige un enemigo, por débil o inofensivo que sea, y da lugar a una guerra sin fin. Por último, esta sociedad cerrada, ansiosa y agresiva se endurece y se destruye el tejido cooperativo del que dependen el crecimiento y la paz. ¿Por qué algunos sucumben a los cantos de sirena de la xenofobia? Cuando se encuentran subgrupos importantes que beben este veneno, no se puede simplemente devolverles el favor y demonizarlos. Tenemos que examinar sus vidas más de cerca. A menudo se descubre que este tipo de proyección ayuda a estas personas a gestionar su propia vergüenza, su sensación de ser vistos –por ellos mismos y por los demás– como «perdedores», y el resentimiento y la envidia violenta que eso les provoca.
En La inconveniencia de otras personas, Lauren Berlant dice que la frase icónica de Sartre de que «el infierno son los otros» se ha vuelto un pensamiento consolador. Sin embargo, «los otros no son el infierno, generalmente, solo son inconvenientes, lo que significa que hay que lidiar con ellos. ‘Ellos’ te incluye a ti». ¿Por qué cuesta tanto entender que hay una fricción inherente a estar en relación con otros y que eso no debe traducirse en rechazo?
Para mí, la última frase de Sartre en A puerta cerrada es ambigua. «El infierno son los demás», ¿se refiere a ello de forma literal y misantrópica, o está diciendo Sartre que proyectamos nuestro propio infierno sobre unos «otros» anónimos? En cualquier caso, las relaciones humanas exigen que cedamos parte del territorio del yo para dejar espacio a alguien a quien se reconoce no como un objeto, sino como un sujeto verdaderamente independiente. Esto puede suponer una lucha habitual y cotidiana cuando ocurre en un grado moderado. Desde un punto de vista narcisista, todos queremos lo que queremos y nos gustaría que los demás simplemente nos ayudaran a conseguirlo. Las parejas viven constantes tirones y empujones basados en esto. Sin embargo, sin dominar las formas de tolerar e incluso disfrutar de las diferencias, uno acaba en un lugar oscuro. La ira puede conducir al deseo de dominación o a la aniquilación psicológica del otro. En su forma más extrema, conduce a la relación amo-esclavo que Sartre tomó prestada de Hegel.
«A menudo se descubre que la proyección ayuda a los xenófobos a gestionar su propia vergüenza»
Porque a la postre la historia de la humanidad se ha contado desde tiempos inmemoriales como una lucha de «nosotros» contra «ellos». Y esos «ellos» van mutando según el contexto. Pero yo me pregunto: ¿el «nosotros» no es también una categoría siempre en construcción (y derrumbe)?
Sí, exactamente. «Ellos» pueden ser nuestro espejo. El «nosotros» y el «ellos» están bailando un pas de deux; por lo que, a menudo, cuando uno cambia claramente es síntoma de un cambio en la pareja con la que estaba bailando. Me gustaría añadir, en términos más generales, que a todos nos ha perjudicado una poderosa narrativa del «nosotros contra ellos» que se ha considerado natural, simplemente como son las cosas. Esto proviene de una ciencia reduccionista y pseudoevolutiva. Estas teorías, desde el darwinismo social de Spencer en adelante, insisten en que siempre debemos estar en conflicto, que nuestro comportamiento está impulsado por la competencia y la supervivencia del más apto. Esto resulta ser no solo mala ciencia, sino también una pésima teoría social y política. Si insistimos en que los seres humanos son, por naturaleza, xenófobos, no hay nada que hacer al respecto. Tal afirmación borra las preguntas sobre cómo y por qué la xenofobia se da en determinadas situaciones y no en otras. Y borra el hecho de que también estamos biológicamente predispuestos a cooperar. De hecho, la fuerza más poderosa de la historia de la humanidad ha sido nuestra capacidad para crear sistemas complejos de cooperación.
Hace un tiempo hablaba con el sociólogo Hein de Haas sobre cómo se ha gestado un doble fenómeno referente a la inmigración: al mismo tiempo que se rechaza a los migrantes del Sur Global, distintas ciudades europeas acogen sin mayor problema a extranjeros del Norte –a los que ni siquiera les llaman inmigrantes sino expats–. Esos expats, como en la Antigua Grecia, no son bárbaros sino xenoi, huéspedes. Es una paradoja: los inmigrantes de clases bajas llegan generalmente a trabajar en los puestos que los locales no quieren, mientras los expats contribuyen a la gentrificación y a expulsar a los locales de sus barrios (sobre todo en España). ¿A qué se debe esa postura tan disímil entre ambos tipos de migrantes? ¿Es solo aporofobia y racismo o hay algo más detrás?
La categoría de «forastero» no tiene cualidades inherentes propias; es sumamente mutable. A lo largo de la historia, las identidades se crean, se destruyen y se recrean. En ese proceso, quienes antes formaban parte del «nosotros» pueden quedar repentinamente fuera. Esto es lo que hace que la historia de las regiones fronterizas –como la mía, en los Pirineos– resulte tan fascinante. La tierra ha cambiado de manos muchas veces, y cada vez las identidades aparecen y desaparecen. Y eso da lugar a ironías y paradojas. Piensa, por ejemplo, en los mexicanos del norte que intentan cruzar el Río Grande hacia Texas. Se nos dice que son extranjeros que invaden Estados Unidos. De acuerdo. Pero no hace tanto tiempo, Texas pertenecía a México. ¿Son entonces exiliados que regresan a la tierra de sus antepasados? ¿Sería la acogida la misma si los invasores fueran de Canadá?
«El futuro implicará una batalla para combatir los estereotipos en medios de difusión superpoderosos»
Walter Lippman alertaba sobre el peligro de los estereotipos. Hoy, cien años después, en un mundo de prisas y ruido, en medio de las cámaras de eco y el sesgo de confirmación que se crean en las redes sociales, con cada vez menor capacidad de atención para lo complejo y lo profundo, ¿cómo podemos desmontar los estereotipos que llevan a la discriminación de los extranjeros?
Es una pregunta muy importante. A medida que los medios de comunicación han cambiado, la propaganda ha transformado su forma y su impacto. Lippmann se dio cuenta del creciente problema que planteaba la propaganda bélica debido a la invención del cine. Hoy nos encontramos en un punto de inflexión similar. Si bien en los últimos 50 años se ha realizado un gran esfuerzo por combatir los estereotipos en el cine y la televisión, ahora surgen los bots, las redes sociales, las imágenes falsas y el «conocimiento» generado por inteligencia artificial. Estos medios generarán mucho odio, ya que su modelo económico se basa en generar clics, y eso se consigue provocando una intensa reacción emocional en el usuario. Así, nos enfrentamos a esta herramienta extremadamente potente de información falsa y superficial justo cuando el orden moral posterior al Holocausto se está desmoronando. Creo que el futuro implicará una batalla tremendamente importante para combatir los estereotipos en estos medios de difusión superpoderosos. ¿Cómo volveremos a trazar las líneas rojas que en su día hicieron que cosas como la limpieza étnica y el vilipendio abierto de las minorías fueran anatema?
¿Y cómo podríamos inscribirnos de nuevo en la línea que llevan mostrando Bartolomé de las Casas, Montaigne, Conrad, Adorno, Ida B. Wells, Frantz Fanon, Simone de Beauvoir y tantos otros para entender que el rechazo a los extranjeros solo conduce a la autodestrucción y a espirales de violencia?
Una de mis aspiraciones al escribir Del miedo y los extranjeros era recuperar ese linaje heroico. Se trataba de personas que se negaron a ceder ante el odio hacia los extranjeros, a menudo corriendo un gran riesgo, incluso cuando no eran las víctimas directas de ese odio. Se lanzaron directamente a la línea de fuego. Es un inspirador legado moderno de pensadores y líderes que adoptaron posturas morales, y fue interesante ver que muchos de ellos hacían referencia a sus predecesores en sus escritos. De ese modo, reconocían que no estaban solos y sacaban fuerzas de ello. Espero que mi libro inspire a otros a hacer lo mismo.
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