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Péter Magyar: buscando la salida del laberinto orbanista

Péter Magyar se enfrenta ahora a una tarea más ardua que ganar unas elecciones: desmontar un régimen sin reproducir sus reflejos.

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04
mayo
2026

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En Budapest, el Danubio separa Buda de Pest con una calma engañosa: todo está cambiando más allá de lo que esperaban en esta capital que no olvida que tuvo medio imperio. En esa ciudad acostumbrada a sobrevivir a imperios y transiciones incompletas, Péter Magyar se enfrenta ahora a una tarea más ardua que ganar unas elecciones: desmontar un régimen sin reproducir sus reflejos. A un lado quedan las colinas y la memoria imperial; al otro, los bulevares, los cafés y el Parlamento, esa mole neogótica que recuerda que Hungría fue mucho más grande de lo que es.

La caída de Viktor Orbán coloca a algunos húngaros en el límite de su imaginación. Durante más de década y media, el primer ministro convirtió una mayoría parlamentaria en una máquina de poder: reformó reglas, colonizó instituciones, subordinó medios públicos, creó enemigos sucesivos y transformó el conflicto con Bruselas en herramienta de cohesión interna. La paradoja es que Magyar ha vencido en parte gracias a las mismas reglas que Orbán diseñó para perpetuarse: un sistema electoral pensado para premiar a una derecha concentrada.

Tibor Dessewffy, director del Centro de Sociología Digital de la Universidad Eötvös Loránd de Budapest y miembro del European Council on Foreign Relations, lo explica con una imagen doméstica: «Pensemos en una bolsa de plástico llena de agua. Puedes sostenerla durante horas y nada parece ocurrir; la forma parece estable. Pero por dentro la estructura se está desplazando y, finalmente, la bolsa se rompe sin aviso». Para Dessewffy fue el desgaste del tiempo lo que mató al orbanismo: propaganda convertida en ruido de fondo, cansancio del líder y una realidad cotidiana que ya no cabía en los carteles contra enemigos lejanos.

Durante más de década y media, Orbán convirtió una mayoría parlamentaria en una máquina de poder

Hungría no es una democracia liberal que haya sufrido un mal gobierno pasajero, sino un Estado reordenado desde dentro. Luis G. Prado, escritor español y observador de la política húngara, subraya que Orbán no llegó al poder improvisando, sino con la voluntad de blindarse: «Cayó el poder en las manos de alguien que se había preparado para que, una vez volviera, no fuera fácil volver a echarlo». El resultado fue un sistema expansivo: cuando dominó la política quiso dominar la economía; cuando dominó la economía, la cultura; y cuando esa expansión chocó con el derecho comunitario, convirtió el choque con Bruselas en prueba de patriotismo.

Esa operación no habría funcionado sin una memoria histórica disponible para el agravio. Hungría arrastra Trianon, la ocupación soviética, la revolución aplastada de 1956 y una transición poscomunista que dejó demasiados perdedores. Orbán convirtió ese sedimento en lenguaje político. «Él no hablaba nunca contra la Unión Europea, hablaba contra Bruselas», recuerda Prado. «Lo mismo hizo con la democracia: estaba desmantelándola, pero la democracia como valor seguía siendo muy considerada incluso entre los votantes de Fidesz». Separó los ideales, Europa, democracia, soberanía, de las instituciones que podían limitar su poder.

La energía será la primera prueba material: es un activo ruso, que siempre viene con un coste político tanto si se toma como si se rechaza. Liubov Korniichuk, especialista en seguridad energética, advierte de que reducir la exposición a Moscú es posible, pero no será algo rápido. «La diversificación del suministro energético bajo un nuevo gobierno liderado por Magyar parece realista, pero estructuralmente compleja. Incluso con voluntad política, hay que tener en cuenta el alto nivel de dependencia de los recursos energéticos rusos, desarrollado durante un largo periodo de tiempo». Hungría importa gas por TurkStream, recibe petróleo por Druzhba y mantiene una relación nuclear decisiva con Rusia en torno a Paks, central que genera más del 40% de la electricidad del país.

Orbán jugó durante años a que la geopolítica amenazase la factura doméstica. Diversificar ahora significa usar gas natural licuado a través de Croacia, cooperar más con Rumanía, reforzar el oleoducto Adria e invertir en renovables. Pero también puede significar costes más altos a corto plazo. Korniichuk cree que «un nuevo gobierno difícilmente podrá romper de forma rápida los acuerdos existentes». El escenario más realista «es una reducción gradual de las dependencias críticas mediante la ampliación de fuentes alternativas». Magyar no podrá europeizar la energía por decreto sin arriesgar el apoyo de quienes compraron el mensaje de que el gas ruso barato era garantía de prosperidad.

El segundo frente es la información. Gergő Medve-Bálint, economista político, recuerda que el sistema mediático fue una pieza central del orbanismo: «Los medios públicos en Hungría han funcionado efectivamente como un canal acrítico de propaganda gubernamental, sin ofrecer un servicio público equilibrado e independiente». La tentación de purgar rápidamente esos espacios existe. Pero ahí se juega una frontera delicada. Para Medve-Bálint, «las reformas deben ser firmes, pero legalmente fundamentadas y cuidadosamente implementadas para reconstruir la confianza». Desorbanizar no debería significar sustituir una obediencia por otra, sino cambiar directivos, restaurar estándares profesionales y reformar el Consejo de Medios.

En Budapest todos saben que sus baños termales alivian, pero también adormecen. Durante años, parte de la sociedad húngara vivió entre fondos europeos, tarifas contenidas y guerras culturales que convertían cada problema en amenaza exterior: migrantes, Soros, Bruselas. Pero el agua caliente no cura una infraestructura rota. Cuando el coste de la vida sube y la corrupción se vuelve experiencia cotidiana, incluso la propaganda mejor engrasada empieza a sonar hueca.

Magyar probablemente sabe que su tarea no es hacer tabla rasa, sino cambiar el método

Magyar tendrá mayoría, pero su partido Tisza no es Fidesz: no es una organización disciplinada durante décadas ni una criatura moldeada por su líder. Es, todavía, un vehículo de protesta convertido en aparato de gobierno. La tradición de no brindar con cerveza, asociada al recuerdo de 1849 y la represión austríaca, revela algo profundo: Hungría recuerda mucho y perdona poco. O incluso inventa recovecos de los dolores de antaño: los historiadores no consideran probado el episodio de los austríacos chocando las jarras tras vencerles. Es más bien una leyenda nacional.

Magyar probablemente sabe que su tarea no es hacer tabla rasa, sino cambiar el método. Romper con Moscú gradualmente, reabrir una relación serena con Bruselas, limpiar los medios públicos sin convertirlos en botín y demostrar que la democracia sirve para algo más que para derrotar a un autócrata.

Orbán es la prueba de que incluso los artilugios autocráticos más robustos se desgastan. Magyar tendrá que demostrar lo contrario: que una democracia, precisamente porque acepta el cambio, puede durar más que el hombre que la encarna.

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