Sorrentino y la belleza
Entre lo exquisito y lo grotesco, el cine de Paolo Sorrentino (Nápoles, 1970) no es sino una búsqueda de lo bello como única facultad que nos preserva de una decadencia moral, social, política, cultural y existencial. Porque «estamos todos bajo el umbral de la desesperación», como afirma Jep Gambardella, solo la belleza puede salvarnos.
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La música hipnótica de la decadencia del amor y el deseo embridado en Deseando amar; el asfixiante y pautado mundo subterráneo de Metrópolis; el rostro de la Garbo sosteniendo el último (e inagotable) plano de La reina Cristina de Suecia; el semblante —mohín en ristre— de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes; la voracidad herida de Marlon Brandon como coronel Kurtz en Apocalypse Now o su altiva mandíbula en El Padrino, la escena final de Blow up!, un grupo de mimos jugando al tenis sin pelota ni raquetas… Es incalculable el caudal de belleza que encontramos en el cine, desde sutiles gestos interpretativos a frases capaces de enmendar vidas, pasando por melodías emocionantes, planos prodigiosos, guiones magistrales o fotografías sublimes. Por eso son clásicos, porque no se pueden mejorar.
Hay belleza en la ejecución intachable (Hitchcok, Kubrick), en la propuesta hilarante (Wilder, Allen), en la hondura psicológica (Dreyer, Bergman), en la solvencia argumentativa (Huston, Lang), en el desgarro fílmico (Pasolini, Rossellini), incluso en la crueldad (Peckinpah, Haneke). Pero si hay alguien dentro del mundo del cine que se ha ocupado afanosamente de la belleza en las últimas décadas es Paolo Sorrentino (Nápoles, 1970), ese tipo de aspecto cruzado entre un macarra deficitario, un rockero desgastado, un dandy disminuido.
Su filmografía es un desglose de lo bello. Un tratado en imágenes de aquello que excede lo simbólico y, por lo tanto, toda palabra, angosta en el intento de contener lo que debiera expresar.
El cine de Sorrentino es manierismo extremo, exageración, derroche, exuberancia. Un delicado equilibrio entre lo dionisiaco y lo apolíneo. Un territorio que incumple la recomendación aristotélica de «nada en demasía» para acatar el proverbio de Blake: «El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría». Belleza extrema, siempre a punto de estallar y convertirse en parodia. Pero nunca.
Música y fútbol
Ya en su primer largometraje, Un hombre de más, encontramos los ejes de la belleza en su cine: la música, el fútbol, la ciudad (no cualquiera, Roma o Nápoles), el tedio vital y una tonada más nostálgica que melancólica, que lamenta un pasado de esplendor frente a un presente descompuesto. Cuenta el ocaso de dos hombres que comparten nombre y apellido, Antonio Pisapia, un cantante pop engullido por un escándalo sexual y un futbolista cuya celebridad queda destruida por una lesión.
La obra de Sorrentino es manierismo, derroche y exuberancia
Sorrentino reivindica a la banda estadounidense Talking Heads como trinchera de inspiración. En su cine, tan proclive a los silencios (sinónimos de la lucidez de sus protagonistas) escuchamos ensambladas con virtuosismo melodías de Sinatra, Ornella Vanoni, Berstein, Fauré o Schubert pero también, a pie de precipicio, a Raffaella Carrá o a Gato Dj y su «Mueve la colita». Para pasmo de todos, funciona.
Y a Sorrentino el fútbol le salvó la vida. También le dejó huérfano. A los 15 años, un escape de gas mató a sus padres. Él no estaba en casa porque acudió a ver a su equipo, el Napoli, donde Maradona trazaba movimientos como quien hilvana la órbita de los cuerpos celestes. Fue la mano de Dios es una catarsis de su biografía al tiempo que un tributo para El Pelusa, a quien volvemos a ver (esta vez deformado por la obesidad) en La juventud.
La galería de sus personajes admite toda gama de hedonismo, histrionismo, hastío, decadencia, delirio, indecencia, estafa. Hay belleza convulsa en ellos. En cambio, sus protagonistas sostienen una suerte de orfandad cósmica, una elegancia existencial no apta para feligreses de lo chusco, necio y barato de nuestros días. Basta recordar a Jep Gambardella, interpretado por su actor más querido, Toni Servillo, caminando de madrugada por las calles de Roma, a orillas del Tíber, abriéndose paso entre nobles que se alquilan, mediocres, miserables, intelectuales impostados, prelados rijosos y obscenos… Solo la grandeza de otro tiempo los sostiene, esos palacios barrocos que guardan memoria: el Palazzo Barberini, la Villa Médici… tan recurrente esa actitud de flâneur militante por una ciudad que, más que un lugar, es un estado del alma.
La belleza en Sorrentino no pasa por el deseo (el sexo, en sus películas, es un atajo para saciar curiosidades o recreos entre momentos de tedio), sino por el amor truncado (en La gran belleza, ese amor de adolescencia, puro, sublimado) o imposible (en Parthenope, por incestuoso). La belleza en Sorrentino es siempre voluptuosa, brota a través de los sentidos. Pareciera decirnos que se despliega únicamente para ser contemplada porque el roce la envilece. Solo la monstruosidad (personajes con macrocefalia, obesidad, decrepitud o acondroplasia) puede hacerlo. Se contempla y nos transforma.
Gamberdella observa, como Harvey Keatel y Michael Caine (dos viejos amigos, un director de orquesta y otro de cine, ambos retirados) durante todo el metraje de La juventud, especialmente fascinados por la aparición de Madalina Ghenea, de la que vemos su espalda (fuera de la espalda, «lo demás es pornografía», afirma el cardenal Tesorone en Parthenope).
Lo bello de la lucidez
El cineasta italiano distribuye los elementos de sus escenas en combinaciones simétricamente antinaturales: aquellas monjas, de blanco, corriendo por los jardines tras unas niñas, la familia sentada a la mesa delante de una pared en la que un surtido de cerámicas se dispone a ambos lados de una cabeza de venado, la copiosa cantidad de botellas vacías en la habitación de un Cheveer alcoholizado, la coreografía báquica de la fiesta del 65 cumpleaños de Gambardella…
Sus protagonistas encarnan la belleza de la lucidez que les concede el desamparo. No se engañan, conocen sus propias miserias, y eso les convierte en seres frágiles pero auténticos. Como Cheyenne, una brillante estrella de rock retirada interpretada por Sean Penn en Un lugar donde quedarse.
En su cine, tan proclive a los silencios escuchamos melodías de Sinatra o Schubert
Encontramos dos búsquedas de la belleza en el cine de Sorrentino. Una es más social o política (acaso más mundana), presidida por la influencia de Scorsese, en películas como Silvio (y los otros), que retrata el entorno empresarial de Berlusconi; El amigo de la familia, donde un usurero se enfrenta a la amargura de prestar dinero para la boda de quien ama o Il Divo, centrada en Andreotti («Entre la realidad y la belleza, escojo la belleza», se dice en ella). Así también en la serie El papa joven. Cómo le sobrecoge a Sorrentino la liturgia católica, esa belleza (de otro tiempo) del ritual.
La otra senda que transita en busca de la belleza es la que iniciara Fellini. Imposible no ver su huella en películas como Las consecuencias del amor (de nuevo Servillo, huésped en un hotel de Lugano, paseante que hace puzzles de mañana y juega a las cartas con una pareja de aristócratas arruinados), La juventud, La gran belleza, Fue la mano de Dios o Parthenope. Personajes en retirada, de regreso de todo, de camino a ningún sitio.
La belleza como un reactivo esquivo y poderoso. Sorrentino nos saca de la inercia y nos redime, recordándonos el adagio de tempus figit.
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