Breve historia del metro
En su primer día de operaciones, el metro de Londres movió a 30.000 pasajeros. Ahora, son 5 millones. La gran novedad de 1863 es a día de hoy una de las piezas claves de la movilidad urbana.
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Fue en 1863. El tren era en aquel entonces una de las grandes revoluciones del transporte, capaz de unir puntos distantes. Nada parecía más cercano entre sí que dos localizaciones de una misma ciudad, pero Londres las unió con un tren subterráneo. Era el Metropolitan Railway, que iba desde la actual estación Paddington hasta Farringdon Street. Había nacido el metro.
Charles Pearson, un abogado de la ciudad, había propuesto la idea muchos años antes, pero se necesitó al menos una década de debate antes de lanzarse a por ello. Se abrieron las calles, se trazaron las vías y los accesos y se volvieron a cubrir las bóvedas con tierra. El 10 de enero empezaron a circular los trenes y se convirtieron en un éxito. Solo el primer día, bajaron a probar el nuevo método de transporte más de 30.000 personas. En su primer año, transportaron a 9,5 millones de personas. Cinco años después, otra compañía ferroviaria abrió una segunda línea. La novedad se había convertido en la norma.
El caso londinense se convirtió en un ejemplo para otras muchas ciudades. Londres usaba primero trenes a vapor para circular bajo tierra, aunque electrificó a finales del siglo XIX su primera línea. Aun así, el primero de los metros completamente electrificados fue el de Budapest, que se inauguró ya con este sistema en 1896.
El metro nació en un momento de grandes avances urbanos. El siglo XIX fue, en cierto modo, el siglo de las ciudades, que se convirtieron en focos de atracción para la población gracias a la industrialización y que vieron cómo sus cifras de habitantes se disparaban. Con más población, se necesitaban más espacios de vida. Las ciudades crecían y conquistaban nuevas áreas.
Fue el momento dorado de los ensanches, que estiraban los límites urbanos. A medida que iban creciendo, también lo hacían las distancias entre el centro urbano y sus diferentes barrios. En paralelo, los propios centros debían afrontar cada vez más movimiento y algo tan prosaico como los atascos. Se hacía necesario simplificar los desplazamientos y, como esta era también una época obsesionada con lo moderno y lo innovador, con algún avance digno de tal nombre. Así aparecieron las líneas de tranvías y también los primeros metros.
A Londres le siguieron Budapest, Glasgow (también en 1896) y París (1900). Fuera de Europa, Chicago abrió su metro elevado en 1897. En el siglo XX, abrieron los de Madrid, Atenas o Berlín y aparecieron los metros de Boston (1901), Nueva York (1904) y Buenos Aires (1913). Durante el siglo XX, muchas otras ciudades fueron abriendo sus propios sistemas de metro, que se afianzó como el signo de identidad de las grandes ciudades, de lo cosmopolita.
Al metro de Londres le siguieron el de Budapest, el de Glasgow y el de París
Las primeras líneas de metro no solo buscaban la funcionalidad, sino que además se presentaban como embajadoras de una cierta filosofía de espacios públicos y para el público, de ahí que se cuidase su estética. El ejemplo más claro es el metro de Moscú, que se inauguró en los años 30 como una suerte de catedral del pueblo y que se considera ahora el metro que tiene las estaciones más bonitas del mundo.
En España, el metro de Madrid sobresalió por su rapidez de expansión y su papel en la modernización social del primer tercio del siglo XX. El de Barcelona, por su parte, estuvo relacionado con la Belle Époque tardía, el Ensanche de Cerdà y una concepción urbana muy consciente del espacio público.
La elección de la antigua estación de City Hall del metro de Nueva York como escenario para la investidura del alcalde de esta ciudad, Zohran Mandani, no fue casual, sino un movimiento muy calculado de construcción del mensaje. Mandani hizo campaña con una apuesta clara por los servicios públicos y esta estación de 1904 fue diseñada no solo de modo funcional sino también artístico. «Fue un monumento físico a una ciudad que se atrevió a ser hermosa y a construir grandes cosas que transformasen la vida de la clase obrera», explicaba a principios de enero a la prensa estadounidense el alcalde neoyorkino. El metro de París es otro ejemplo, al haber conservado sus icónicas entradas diseñadas por Hector Guimard en la Belle Époque. El transporte público no pierde, así, su condición monumental.
El tranvía, que había nacido en más o menos la misma época y que había tenido también tanto gancho en la Belle Époque, acabó viviendo su ocaso en la segunda mitad del siglo XX, empujado por el boom del coche y la competencia del autobús. Sin embargo, el metro nunca perdió sus posiciones, posiblemente porque nunca ha tenido que enfrentarse a los atascos (como los buses) y siempre ha sido bastante rápido y cómodo. En el siglo XXI, varias ciudades están haciendo ampliaciones de sus redes de metro y otras se plantean incorporar una red propia. El metro de Londres, ese que lo empezó todo, gestiona ahora unos 5 millones de viajes por día.
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