David Pastor Vico
«El término ‘pensamiento crítico’ se ha convertido en un cajón de sastre»
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COLABORA2026
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David Pastor Vico, o Gran Vico, como le gusta presentarse, es un filósofo provocador. Defensor de la familia en concepto amplio como sustento de la sociedad, elabora un pensamiento donde el valor de la comunidad se coloca en el centro de la sociedad. Su libro ‘Filosofía para desconfiados’ (Ariel, 2025) sale reeditado ahora para recordarnos que solo confrontando con el otro puede surgir el pensamiento crítico.
Reeditas este libro de Filosofía para desconfiados justo unos meses después de que Victoria Camps haya publicado La sociedad de la desconfianza. Parece que el tema está en el aire, pero ¿qué nos ha pasado exactamente? ¿Hemos perdido definitivamente la fe en el ser humano?
Lo que nos ha pasado es que nos estamos dando cuenta de que la filosofía tenía pendiente desde hace mucho tiempo cuestionarse seriamente qué es la confianza y para qué sirve. Es algo curioso, porque si lees a Aristóteles la confianza está presente en muchísimas sentencias y construcciones, pero solemos darla por hecho, como si fuera el acto de respirar. Hasta hace relativamente poco, la confianza no se medía seriamente. Fue en 1968, en EE. UU., cuando se realizó la primera medición de confianza interpersonal, basada en los desarrollos de una autora alemana de la época de la Segunda Guerra Mundial. En aquel momento, en el mundo anglosajón, comprendieron la importancia política del término: un país con un alto índice de confianza interpersonal es un país con una democracia más sana, menos corrupto, más inteligente y, en definitiva, más feliz.
Sin embargo, desde la ética, figuras como Victoria Camps o Adela Cortina –quien ya decía que la confianza es el pilar y la posibilidad fundamental de la ética– nos advierten de que esa estructura se está dinamitando. El diagnóstico hoy es demoscópico y medible: la desconfianza está provocando que las estructuras morales se caigan y que la responsabilidad empiece a desaparecer. Durante la pandemia, los gobiernos insistían en la «responsabilidad individual», pero la realidad es que la responsabilidad es social y común: tú respondes ante el otro. Sin confianza interpersonal no hay responsabilidad social, y sin ese binomio, la ética deja de ser un lugar común para convertirse en un espacio de individuos separados que recelan unos de otros. La confianza es, como dice Camps y como yo también sostengo, el «pegamento social» necesario para la construcción de la sociedad desde hace 300.000 años.
«La desconfianza está provocando que las estructuras morales se caigan y que la responsabilidad empiece a desaparecer»
Reclamas esa confianza justo cuando la mentira parece haberse apropiado de nuestras vidas a través de las fake news, el negacionismo científico y el recelo hacia las autoridades académicas. Ante este panorama, ¿qué podemos hacer?
Lo primero es realizar un diagnóstico forense y científico. Si el problema es la falta de confianza, tenemos que restañarla, porque la confianza en el animal humano tiene incluso caracteres biológicos; necesitamos confiar en el resto de nuestra especie para sobrevivir desde el momento en que nacemos. El problema de las fake news es, en el fondo, una falta de pensamiento crítico, pero se nos ha olvidado dónde emerge la posibilidad de la confrontación crítica: en el encuentro con el otro. Aprendemos por imitación y por confrontación. Como señala José Carlos Ruiz, el pensamiento crítico no es solo interpretar el mundo, sino enfrentar nuestra razón con la razón del otro, entendiendo su contexto. Pero si no confiamos en el otro, esa confrontación es imposible.
Estamos criando personas que han perdido la capacidad de confrontación porque no se relacionan. La solución puede parecer simplista, pero es profunda: debemos hacer el esfuerzo de saber quién vive a nuestro lado. Saber si el vecino tiene hijos de la edad de los nuestros y forzar la situación para que jueguen juntos. En lugar de que estén enganchados a una tableta, el contacto humano les proporciona habilidades sociales y el inicio del pensamiento crítico. Hemos vivido así durante 300.000 años; nuestras emociones y necesidades son las mismas. Al fomentar esta indiferencia y falta de confianza, estamos capando las posibilidades de desarrollo coherente con nuestra biología para las próximas generaciones.
«Estamos criando personas que han perdido la capacidad de confrontación porque no se relacionan»
Es paradójico porque, mientras desconfiamos del vecino, la espiritualidad parece estar en auge. Lo vemos en la cultura popular, como en el fenómeno de Rosalía, o en eventos masivos de religiosidad que reúnen a miles de jóvenes. ¿Cómo analizas esta nueva búsqueda de lo trascendente?
Estamos ante lo que yo llamo una «espiritualidad 3.0», que no es más que un producto de la sociedad del espectáculo y una frivolización de conceptos intelectualmente potentes. El misticismo real, como se desarrolló en nuestra cultura mediterránea, es una actividad intelectual con un proceso claro: las vías iluminativa, purgativa y unitiva. Involucra aprendizaje, autocrítica y aceptación.
En esta nueva versión, se han saltado todo el proceso para vender directamente la «espiritualidad unitiva», empaquetada con la entrada de un concierto. Es una manipulación burda que convierte la espiritualidad en el «último refresco exótico» del mercado. Además, está impregnada de ideología política: mientras unos abogan por la justicia social, otros venden una «espiritualidad elevada» que es una patochada ridícula. Esa espiritualidad que buscan en eventos masivos de 90 euros la encontrarían más fácilmente tomando un café con amigos, paseando por el parque o simplemente hablando. Como decía Aristóteles, «no te fíes de un hombre que no tiene amigos», porque sin amistad es imposible ser feliz. El gregarismo que buscan desesperadamente en esos eventos lo tienen, en realidad, a la vuelta de la esquina, en su propio barrio.
Hablando de esa insatisfacción, tradicionalmente veíamos el futuro con optimismo, bajo la idea de progreso constante. Sin embargo, hoy los jóvenes tienen la certeza de que vivirán peor que sus padres. ¿Es esta una sensación nueva o es el resultado de un proceso más largo?
Lo que ha sucedido, y de lo que ahora nos arrepentimos mucho que tenemos cierta edad, es que dimos por hecho que los logros de los años 60, 70 y 80 eran unos logros que habían venido para quedarse y que ya no hacía falta seguir luchando. Y la realidad nos ha mostrado que hay que seguir luchando constantemente. En España, se fomentó la idea de que «todos somos clase media», independientemente de si vivías en un barrio obrero con un piso de 90 metros. Este mensaje es perverso porque las clases medias son, por definición, individualistas. Al creernos clase media, la confianza sobra porque se impone el egoísmo racional: la idea de que el único sacrificio moral posible es hacia uno mismo. Hemos dejado de «hacer barrio» y de reconocernos en los que son cercanos. Si hiciéramos comunidad, si nos uniéramos ante los problemas comunes, las cosas cambiarían, pero preferimos pensar que el «enemigo» le morderá al vecino y no a nosotros.
En tu libro mencionas tres esferas clave: la familia, la educación y la sociedad. ¿Cuál de ellas crees que ha sufrido una mayor degradación y ha arrastrado a las demás?
Sin duda, la familia. Hemos pasado de los «familiones» donde se reunían abuelos, tíos y primos en una estructura amplia, a una familia nuclear muy reducida, limitada a quienes viven bajo el mismo techo. El problema es que para educar necesitamos mucho más contraste que el que ofrecen solo el padre y la madre.
Por otro lado, la escuela ha pasado de ser un centro de formación a uno que debe hacerse cargo de la educación en valores que no se da en casa, porque los padres pasan muy pocas horas con ellos debido a la falta de conciliación. Y mientras tanto los profesores están desbordados por la administración y la falta de tiempo para apasionarse por su trabajo. El resultado es desolador: nunca hemos tenido tantos jóvenes con ansiedad, depresión y una tasa de suicidio que ya es la primera causa de muerte en el sector infantil y juvenil en España. Algo está profundamente podrido.
También haces una autocrítica muy dura sobre la labor de los padres. ¿Crees que la sobreprotección actual está creando una juventud más frágil?
Existe un exceso de sobreprotección nefasto. En Japón, los niños van solos a la primaria; en Suiza, si un niño de segundo de primaria es acompañado por sus padres al colegio, incluso si nieva, los profesores les llaman la atención porque están dando la señal de que el entorno es peligroso. Aquí, en cambio, acompañamos a adolescentes de 17 años a hablar con el tutor porque han suspendido un examen.
Los niños deben aprender a regular sus propios juegos y frustraciones. Aristóteles ya decía hace 2.400 años que no debemos intervenir en sus juegos, sino observarlos desde lejos para detectar en qué son buenos. Al sobreprotegerlos, les quitamos la autonomía. Además, hay un beneficio colateral en dejar que los niños jueguen libremente: los padres terminan hablando entre ellos. Cuando los hijos ven a sus padres socializar, aprenden por imitación a hacer lo mismo. En mi barrio, hemos llegado a crear una red donde unos padres vigilan a 40 niños mientras otros van al supermercado. Eso es ganar autonomía y generar comunidad.
«Al sobreproteger a los niños, les quitamos a su autonomía»
Esta visión me recuerda al dicho de que «para criar a un niño hace falta toda una tribu».
Es un refrán que cita mucho José Antonio Marina, pero yo le añado un matiz: hace falta una tribu sana mentalmente. Una tribu donde cada uno se responsabilice de su función y se entregue al cuidado de los demás. Aristóteles decía que somos animales políticos, pero yo diría que, sobre todo, somos una especie que cuida.
Hay un mito académico sobre la antropóloga Margaret Mead: le preguntaron cuándo surgió la humanidad y ella respondió que fue la primera vez que apareció un fémur humano que, habiéndose roto, se había curado. Eso significa que alguien cuidó de esa persona durante semanas. Ese acto de cuidado echa por tierra el darwinismo social y el egoísmo racional absoluto. Somos humanos porque cuidamos y somos cuidados.
Eres muy crítico con la falta de conciliación. ¿Ves posible una revolución en el uso del tiempo?
Es necesario dejar de ser meros sujetos productivos para ser ciudadanos que cuidan. Como decía Pepe Mujica, tenemos que redefinir cómo queremos vivir y priorizar lo que realmente necesitamos. A veces trabajamos de más para pagar extraescolares que no necesitaríamos si trabajáramos menos y cuidáramos nosotros mismos de nuestros hijos.
Entiendo que para mucha gente esto suena imposible por la estructura actual de sus trabajos, pero ahí es donde debe entrar la «sociedad que cuida», la vecindad. Sin embargo, debemos ser realistas: los cambios en ingeniería humana son lentos. Necesitamos lo que mi amigo Tomás Pollán llama «espíritu sacrificial»: saber que los cambios que promovamos hoy quizás no los disfrutemos nosotros, sino las generaciones futuras.
«Somos humanos porque cuidamos y somos cuidados»
Sobre el pensamiento crítico, hoy parece que quienes más lo pregonan son quienes defienden teorías conspiracionistas. ¿Cómo distinguimos el pensamiento crítico real de la simple credulidad irracional?
El término «pensamiento crítico» se ha convertido en un cajón de sastre. A un terraplanista le funciona muy bien incitarte a criticar la realidad impuesta aunque los hechos científicos, desde Eratóstenes hasta Magallanes, demuestren lo contrario. Estos discursos se basan en un tejido intelectual muy pobre y en un instinto visceral.
Es fundamental distinguir entre lo verosímil y lo veraz. Un discurso verosímil está estructurado para que parezca cierto e inducir al error, es puramente sofista. La veracidad, en cambio, es el criterio de verdad. Para combatir esto, bastaría con hablar con el vecino. Si alguien te dice que los chemtrails son productos químicos para esterilizarnos, y tu vecino que trabaja en el aeropuerto te explica que eso es imposible por cómo funcionan los depósitos de combustible, la conspiración se cae. Pero como no hablamos con nadie, nos quedamos atrapados en la búsqueda de patrones que confirmen nuestros miedos. Además, nadie quiere ser el raro del grupo: preferimos creer que la tierra es plana antes que quedarnos solos, porque somos seres gregarios.
Señalas que el miedo es el antídoto de la confianza. ¿Cómo podemos superarlo para no caer en ese control social?
El miedo es una emoción básica ante una amenaza real o figurada. Biológicamente, ante el miedo solo hay cuatro respuestas: atacar, huir, someterse o hacerse el muerto. Pero existe una quinta vía, la propiamente humana: la valentía.
La valentía no es no tener miedo, sino actuar asumiendo ese miedo y eligiendo la mejor acción racional para uno mismo y para el grupo. El problema es que para actuar así hace falta pensamiento crítico, y como hemos dicho, sin confianza no hay pensamiento crítico. El miedo estructural busca erradicar esa quinta vía para que solo podamos reaccionar de forma animal: sometiéndonos o huyendo. Lo vemos en la geopolítica: cuando un país poderoso amenaza con aranceles, otros se someten inmediatamente por miedo. Actuar con valentía es hacer lo que se tiene que hacer a pesar del miedo, pasando la actualidad por el filtro del conocimiento.
Terminas el libro advirtiendo que los logros del siglo XX en derechos humanos y libertades están en riesgo. ¿Tan real es la amenaza de reversión?
El riesgo es absoluto. Los grandes logros del siglo XX se basan en la buena voluntad de las naciones para mantener esos consensos. Pero los derechos humanos no son verdades reveladas por Dios; son construcciones culturales. En cuanto aparece alguien que decide que esos consensos no valen nada porque no le interesan, el castillo de naipes se cae.
Nos hemos dado cuenta de que estamos tan desprotegidos como al acabar la Segunda Guerra Mundial. El discurso de que «los buenos ganan» está en entredicho, y ahora tenemos que encontrar una nueva forma de demostrar que los derechos deben defenderse constantemente. Nada ha venido para quedarse para siempre si no existe una lucha y una conciencia constante para mantenerlo.
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