Trump y la transparencia narcisista del poder
Hay algo profundamente perturbador en un poder que ya no se molesta en mentir. No porque la honestidad sea virtuosa en sí misma, sino porque el abandono de toda disimulo revela algo más grave: la convicción íntima de una impunidad absoluta.
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Hay algo profundamente perturbador en un poder que ya no se molesta en mentir. No porque la honestidad sea virtuosa en sí misma, sino porque el abandono de toda disimulo revela algo más grave: la convicción íntima de una impunidad absoluta.
Donald Trump declaró desde Mar-a-Lago que Estados Unidos «administraría» Venezuela y controlaría su petróleo durante años. No lo insinuó ni recurrió a eufemismos diplomáticos. Lo dijo sin rodeos: «Los ingresos serán controlados por mí». Marco Rubio habla del petróleo venezolano como una «palanca» hemisférica. J. D. Vance sostiene que Venezuela solo puede vender su crudo si sirve a los intereses estadounidenses.
Este es el nuevo rostro del autoritarismo imperial: la transparencia narcisista. Un poder que miente profusamente sobre casi todo, pero que deja de hacerlo cuando enuncia lo que percibe como su derecho incuestionable a dominar. Allí, con una seguridad obscena, exhibe sin pudor sus intenciones depredadoras, sabiendo que no habrá consecuencias reales.
La paradoja de la honestidad brutal
En La República, Trasímaco sostiene que la justicia no es más que la ventaja del más fuerte; una afirmación que escandaliza a Sócrates precisamente porque prescinde de toda pretensión de legitimidad moral. Lo perturbador no es la realidad del interés propio, sino su proclamación descarada. Veinticuatro siglos después, nos encontramos en un momento similar: cuando la máscara cae, descubrimos que el poder ya no siente la necesidad de justificarse.
Cuando la máscara cae, descubrimos que el poder ya no siente la necesidad de justificarse
La psicología social identifica una paradoja en ciertos narcisistas: se creen «libros abiertos» porque su egocentrismo radical proyecta su visión del mundo sobre los demás. Pero los narcisistas estratégicos añaden un cálculo crucial: pueden decirlo todo porque han determinado que la indignación ajena carece de poder efectivo. Trump no confunde franqueza con virtud. Sabe exactamente lo que está haciendo.
Cuando anuncia que los ingresos del petróleo venezolano se utilizarán exclusivamente para comprar productos estadounidenses, creando un circuito cerrado de dependencia, no está proponiendo cooperación sino describiendo extracción colonial sin disculpas. No habla de democracia ni de instituciones internacionales. Habla de control, de activos, de recursos ajenos tratados como propiedad personal.
El desmantelamiento de las normas
Hannah Arendt advirtió que los movimientos totalitarios no triunfan mediante elaborados engaños, sino a través de una coherencia brutal: dicen exactamente lo que quieren decir y quieren decir exactamente lo que dicen. El mecanismo es conocido; primero se enuncia en voz alta lo inaceptable, luego la acción sigue mientras otros debaten si lo dicho era realmente en serio. Cuando la realidad se impone, la indignación siempre llega demasiado tarde.
La franqueza brutal desarma porque destruye incluso la expectativa mínima de que el poder deba fingir decencia. Históricamente, los imperios envolvieron sus intervenciones en retórica civilizatoria o humanitaria. La Rochefoucauld observó que la hipocresía es el tributo que el vicio rende a la virtud; al menos podíamos señalar la brecha, exigir coherencia entre discurso y práctica.
Pero cuando el poder admite abiertamente que actúa por interés propio, que las normas internacionales son irrelevantes y que la soberanía ajena es un obstáculo desechable, ¿qué argumento queda? La transparencia narcisista nos priva incluso del consuelo de la denuncia.
Más peligrosa que el engaño
George Orwell entendió que ciertas formas de lenguaje político buscan hacer que las mentiras suenen veraces y el asesinato respetable. Lo que ofrece Trump es casi lo inverso: un lenguaje que hace que la depredación suene meramente práctica, que trata la dominación como sentido común evidente. Sabemos exactamente lo que pretenden porque lo dicen sin rodeos y, aun así, permanecemos paralizados.
La paradoja es que el autoritarismo puede ser más paralizante cuando es visible que cuando se oculta. Las mentiras pueden ser expuestas, refutadas, combatidas. Pero cuando el poder se presenta abiertamente como dominación bruta y nada cambia, nuestra impotencia deja de ser negable.
No estamos simplemente ante un giro en la política exterior estadounidense. Estamos presenciando la consolidación de un modelo de dominación en el que la transparencia narcisista reemplaza tanto a la hipocresía tradicional como a cualquier forma de rendición de cuentas. Un poder ejercido en tiempo real, ante las cámaras, con la certeza de que el mundo permanecerá en consternación estéril.
La pregunta urgente
El verdadero desafío no es si Trump y su círculo son «honestos» en sentido convencional. Es si podemos reconocer en su «franqueza» el síntoma de un fenómeno autoritario más profundo. Si todavía existe la voluntad política para defender las normas que hoy son pisoteadas con impunidad.
En Los orígenes del totalitarismo, Arendt observó que el sujeto ideal del dominio totalitario no es el fanático convencido, sino aquellas personas para quienes ya no existe la distinción entre hecho y ficción, entre verdadero y falso. Nos acercamos a una condición paralela: un mundo en el que la distinción entre poder legítimo e ilegítimo deja de importar porque el propio poder ha declarado obsoleta esa distinción.
Cuando el poder deja de mentir, no es porque se haya vuelto virtuoso, sino porque sabe que no puede ser desafiado. La arrogancia se convierte en una forma de inmunidad política. El desprecio por las reglas internacionales se exhibe como fortaleza. La extracción colonial se anuncia como estrategia sin velos.
Y eso debería alarmarnos infinitamente más que cualquier falsedad. Porque revela no solo la brutalidad de quienes ejercen el poder, sino la fragilidad de los contrapesos que creíamos sólidos. Revela que un orden internacional basado en reglas puede colapsar no ante su violación secreta, sino bajo su desprecio público y calculado.
La transparencia narcisista del autoritarismo contemporáneo nos enfrenta a una verdad incómoda: saber no es suficiente. Se requiere tanto el poder como la voluntad de actuar.
Mientras tanto, el tirano habla sin filtros. Y el mundo escucha; indignado e inmóvil.
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