Sociedad

«Quien crea una sociedad débil, crea una sociedad violenta»

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04
Mar
2022

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Jero García (Carabanchel, 1970) creció al lado de uno de los mercados de la droga más importantes de la década de los ochenta. Tras una adolescencia algo rebelde y un diagnóstico de TDH, el conocido exboxeador encontró en el deporte su salvavidas. En la actualidad, compagina su estatus de deportista de élite con su labor como presentador televisivo en ‘Hermano mayor’ (Cuatro) y entrenador de boxeadores. Experto en ‘bullying’, el deportista también recorre España como formador para concienciar sobre la urgencia de escuchar las necesidades de los más jóvenes y educarles desde la gestión de la tolerancia y la frustración.


¿Cómo ha cambiado la vida de Jero García? ¿Qué ha hecho que se transforme?

Gracias a una luz que se me encendió en un momento determinado de mi vida: el deporte. Vino para salvarme la vida. En esa década de los ochenta tenía un trastorno de déficit de atención, impulsividad e hiperactividad; en esa época, el TDH era un trastorno del que se sabía poco. Mi desequilibrio emocional me estaba llevando de un sitio a otro, y ninguno de ellos era lo suficientemente potable. Pero entonces llega el deporte como un ciclón en mi vida y es cuando esa misma existencia empieza a transformarse. El TDH es un trastorno, no es una enfermedad; pero si no se trata de una manera correcta sí que se puede convertir en una patología. Precisamente, uno de los síntomas claros y del TDH es que el deporte se nos da bien. Yo les digo a los niños con TDH que tienen un sexto poder porque un TDH va a una velocidad completamente distinta a los demás.

Normalmente, el ejercicio físico se ve envuelto por un halo de respetabilidad. Pero ¿es el deporte algo noble o, por el contrario, tiene unas dimensiones negativas que a veces ocultamos?

Depende de a qué nivel lo practiques. La alta competición tiene ese deje de la competitividad que roza ese pequeño defecto que tenemos los españoles: la envidia. Si no sabes distinguir entre lo que es la competitividad y lo que es la envidia puede que, en un momento determinado, ese deporte competitivo acabe dañando más que sanando. Pero yo creo que el deporte en sí tiene tres recompensas manifiestas, la fisiológica, la psicológica y la conductual; y eso no tiene parangón. No hay ninguna actividad que pueda darte tanto regalo como el deporte.

«Si a un niño le das todo pensará, siempre, que todavía le debes más»

El dolor es un tema candente en la actualidad. Siempre tendemos a evitarlo y, cuando es posible, ocultarlo. Haceos de los sentimientos negativos un tabú. Como boxeador y entrenador de boxeadores, ¿cuál ha sido tu relación con el dolor?

La tolerancia a la frustración y la preparación para la adversidad me la ha dado el ser boxeador, ser del Carabanchel de los ochenta y, sobre todo (y por encima de todas las cosas), ser del Atlético de Madrid. Fuera de bromas, creo que nos estamos confundiendo con el dolor. Estamos en un periodo en el que los padres creemos que lo que debemos hacer el proteger a nuestros hijos. Pero una cosa es proteger y cuidar, y otra sobreproteger y debilitar. Yo veo muchos padres en el parque que van detrás del niño para evitar que se caiga del columpio. Usted vaya detrás, pero solo para que cuando se caiga le ayude a levantarse. Uno de los mimbres de la educación que no podemos perder es la confianza de nuestros hijos hacia nosotros. Si a un niño le das todo pensará, siempre, que todavía le debes más. Hay que empezar a medir nuestro discurso de cara a lo que pueden o no pueden tener. No podemos educar a nuestros hijos en una deuda; debemos saber darles lo que se merecen y lo que no. Y que las cosas que se merezcan no se las merezcan como una recompensa, sino como una consecuencia natural.

¿Crees que los jóvenes de ahora son incapaces de tener una relación aceptable con el miedo y el dolor?

La mayoría sí, pero la culpa la tienen los padres. Esa debilidad insuflada está creando una sociedad muy débil con demasiado miedo al dolor. Cuando creas una sociedad débil, estás creando una sociedad violenta. Porque la forma más rápida de reafirmarte, sobre todo para elevar la autoestima, es a través de la agresividad.

¿Vivimos ahora en una época particularmente victimista?

Sí, por esa misma debilidad. ¿Quiénes son los victimistas? Los prejuiciosos, los que siempre le echan la culpa a los demás. Cuando tú eres débil y no tienes la fuerza para mejorar [y crear] la mejor versión de ti mismo, siempre vas a intentar menospreciar a otro para intentar que baje a tu nivel. En el momento en el que te encuentras con gente ejemplar tienes dos opciones: o lo admiras o lo envidias. Si lo envidias, le deseas todo lo peor a través de generar deuda. «Yo no soy responsable de lo que me pasa, los responsables son otros». «Si los otros son culpables, yo soy inocente». Esa es la conducta del débil, del prejuicioso, del que no tiene ganas de levantarse. Yo, cuando me encuentro con alguien ejemplar, intento admirarle porque me va a servir de motor, de incentivación para sacar la mejor versión de mí.

Lo cierto es que ese victimismo normalmente se une al narcisismo y la autocomplacencia.

Al ser humano siempre le ha gustado gustar, pero eso ahora está elevado a la potencia por las redes sociales y el problema es que, si no sabes manejarlas, permite que tu ciclo emocional dependa de un like. Nuestros hijos tienen que estar formados y saber que un like más o un like menos no van a llevar a nada en la vida.

«Los victimistas son los prejuiciosos, los que siempre le echan la culpa a los demás desde la envidia»

¿Cómo será el futuro de estos jóvenes?

Yo lo veo muy complicado si no nos formamos. Si los padres seguimos con esta ignorancia no vamos a poder insuflar unos determinados buenos valores basados en principios éticos que les ayuden a tomar determinadas decisiones. Lo que la administración debería hacer es preocuparse en formar a los padres porque la escuela está para ilustrarnos, pero no para educarnos. La educación viene desde casa. Yo veo que me vienen los chavales muy débiles mentalmente. He sido padre a los veinte, a los treinta y a los cuarenta por partida doble, es decir, he educado en distintas décadas y creo que he pasado de ser el peor padre del mundo (porque yo fui un padre adolescente) a ser el educador de España. Eso fue porque me formé. Lo único que ruego encarecidamente a todos los padres es que se formen, que empiecen a conocer el mundo de sus hijos para poder transformarse con ellos. Porque sino andaremos siempre con la coletilla de «mi generación era mejor que esta».

Has sido una figura pública casi desde tus inicios. Volviendo al boxeo, ¿crees que, en ocasiones, se ha dado una romantización o intelectualización de este deporte?

Creo que el boxeo es romántico. Solo tienes que ver la cantidad de películas que se han hecho, que son el doble que las de todos los demás deportes juntos. Tiene ese rol romántico porque, no nos olvidemos, somos los últimos gladiadores, esa gente que sube al ring a jugarse la vida. Eso sí, hay un boxeo de competición donde verdaderamente nos jugamos la vida; pero hay otro boxeo de entretenimiento, un boxeo sin contacto, donde podemos sentirnos boxeadores sin pegarnos con nadie.

Pero el deporte se ha convertido en un negocio multimillonario. ¿Acaso esto no lo elitiza?

Como deportista de élite que he sido, no voy a criticar algo que he hecho, que ha sido luchar para poder ganarme la vida boxeando. Al final no pude porque el boxeo en esa época estaba en el oscurantismo, en el reverso tenebroso del deporte, pero sí me dio un oficio, que es ser entrenador de boxeo y, a la larga, empresario.

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