Sociedad

¿Animales de costumbres?

Desde Dostoyevski hasta el concepto de resiliencia en la psicología actual, la premisa de que el ser humano es capaz de acostumbrarse a cualquier acontecimiento o situación sigue profundamente impregnada en el pensamiento popular. Sin embargo, ¿es así?

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
19
mayo
2023

Los gritos de los soldados ya no le causaban la menor impresión. Uno tras otro, caminando en fila hacia el patio, desconcertados, algunos de ellos suplicando clemencia. De fondo, una ráfaga de disparos de fusil acallaba algunos llantos. Mientras, algunos soldados cargaban los cadáveres en los carros, apurando el tabaco y dedicando insultos a los reos. El hombre, aquel hombre, estaba preparado para el desenlace de su existencia. Pero el destino le deparó otra senda: la llegada del perdón del zar, el destierro a trabajos forzados en Siberia, su definitiva dedicación a la literatura.

Fiódor Dostoyevski supo muy bien lo que era la adversidad. Su padre, famoso por su amor por las bebidas alcohólicas, murió a la edad de 18 años. La epilepsia le acompañó hasta la senectud. Estuvo a punto de ser fusilado por sus inclinaciones subversivas y, a cambio de no ser ejecutado, tuvo que trabajar un lustro en Omsk, siendo obligado luego a servir en el ejército y terminando desposeído de su título nobiliario todo ese tiempo. Por ello, defendía que el ser humano podía llegar a acostumbrarse a todo. «Mejor dicho, no era que me acostumbrase, sino que todo lo soportaba con resignación», escribió en su Memorias del subsuelo. Pero ¿es realmente posible acostumbrarnos a cualquier clase de adversidad?

Diseñados para acostumbrarnos

En buena medida, el escritor moscovita tenía razón. Como subraya la biología evolutiva, nuestra especie, como todas las demás que pueblan nuestro planeta, está diseñada genéticamente para adaptarnos lo mejor posible a los cambios ambientales y al estado de salud en el que nos encontremos. Es la necesidad de supervivencia, de conservación de nosotros mismos y de nuestra existencia: una inclinación perfilada durante millones de años de vida biológica que nos ha preparado para ser lo más resistentes posible frente a las dificultades. 

Nuestro cerebro está preparado para asumir escenarios y evadirse de los problemas en la medida de lo posible

La pruebas más palpables y físicas son las que estudia la ecología humana: cómo nos diferenciamos los individuos en función de la temperatura, la radiación solar, la humedad o la dificultad para acceder a una variedad suficiente de nutrientes. En un grado visual, el color de piel, la forma de la nariz, la facilidad y volumen para producir sudor son típicos ejemplos de este proceso involuntario, pero imprescindible para la especie. Algunas propensiones a enfermedades (o la situación inversa) en grupos de edades diferentes se deben, precisamente, a adaptaciones singularísimas a causas ambientales. 

Pero más allá de lo físico, ¿qué hay de la disposición mental? ¿Por qué parece que somos capaces de reponernos ante cualquier circunstancia? Nuestro cerebro está preparado para asumir escenarios y evadirse de los problemas en la medida de lo posible. El más reciente desafío que nos ha permitido asimilar hasta qué punto podemos asumir un episodio de riesgo lo hemos vivido durante los momentos de mayor incidencia de la pandemia de coronavirus, ya sea en mayor o en menor grado. Los confinamientos generales pusieron en jaque la salud mental de personas de todas las edades. Las consecuencias de la enfermedad han propiciado respuestas inesperadas tanto a nivel biológico, químico y estructural de nuestros cuerpos como en la manera en que hemos comprendido el enfoque en nuestras vidas. Los efectos físicos en el cuerpo humano aún se están estudiando, como es el caso de los aumentos de los trastornos de estrés y ansiedad en todo el mundo desarrollado, con causas más o menos explicables.

Y la historia ha sido profusa en traumas. El más grave de los últimos siglos y ampliamente estudiado, el Holocausto nazi, refleja comportamientos simétricos entre los supervivientes de la masacre y entre quienes han sufrido intensos impactos emocionales. Lo mismo sucede con los soldados en la guerra o las personas en desastres naturales, accidentes y enfermedades graves o limitantes. En todos estos procesos, los afectados demuestran un intenso esfuerzo tanto consciente como inconsciente por aceptar la situación, adaptar su forma de ser y de obrar a las nuevas circunstancias y tratar de converger en los parámetros necesarios para alcanzar la supervivencia o, si es posible, una buena vida. El caso de los presos colaboradores en los campos de exterminio es un buen ejemplo. También los instintos básicos, en multitud de casos deleznables, para librarse de la muerte ante la tragedia.

La resiliencia no es un superpoder 

En este delicado equilibrio entre supervivencia y abandono de uno mismo entra en juego la razón y la muy humana capacidad para ordenar eventos en el tiempo. La resignación que nombró el escritor ruso y la capacidad para mantener la esperanza son dos de los pilares esenciales de la resiliencia, la capacidad de una persona para superar situaciones traumáticas. La mente juega un rol esencial en la disposición del cuerpo, no sólo de nosotros mismos. Según nuestro estado de ánimo y mental, podemos inducir la secreción de unas u otras hormonas, como es el caso del cortisol, que permite mejorar la capacidad de reacción frente a un peligro material. Sucesos como el de personas levantando vehículos para salvar la vida de un ser querido son un buen ejemplo de esta influencia mente-cuerpo, y viceversa.

Según nuestro estado mental, podemos inducir la secreción de ciertas hormonas, como es el cortisol, que permite mejorar la capacidad de reacción

Sin embargo, ni es inocua esta alteración del equilibrio psíquico ni tampoco la capacidad de resiliencia es infinita. La gran barrera del ser humano, como es evidente, es la muerte: la extinción de la vida es un aspecto de nuestra existencia que ha sido atendido desde el origen de las primeras civilizaciones. A nivel psicológico, tendemos a eludir este final en el pensamiento diario, ya que el hecho de la muerte suele causar angustia. Otros límites tienen que ver con los procesos físicos, más que con contenidos estrictamente mentales. Situaciones como la privación del sueño, la incapacidad de huir en una situación de riesgo de muerte inminente, como es el caso de la neurosis de guerra, o la alteración de necesidades fisiológicas suponen un impedimento fatal para la capacidad humana para habituarse a un escenario concreto.

En una dimensión estrictamente mental, nuestra capacidad para acostumbrarnos a las cosas mejora notablemente. La noción que tenemos de la realidad, incluyendo de cuanto nos acontece, es un relato que nos narramos a nosotros mismos. Aquí se pone en valor el peso de la ficción: está probado que nos autoengañamos con gran frecuencia, distorsionando los hechos para salvaguardar aspectos de nosotros mismos y de la percepción de nuestro ser y estar que podrían causarnos daño en tanto a producirnos desorientación (y, por tanto, angustia). Los especialistas sugieren que muy probablemente nuestros cerebros se enfrenten a un fenómeno dual, ya que nuestra capacidad de resistencia, que depende en gran medida de la naturaleza de cada individuo, se fragua en dos procesos, la habituación y la sensibilización, que son opuestos. El equilibrio entre ambos, que vivimos cada día de manera casi imperceptible, es clave. Y es que no, no podemos acostumbrarnos a absolutamente todo: a fin de cuentas, somos especímenes con limitaciones, pero ¿no sufre límites el propio cosmos?

ARTÍCULOS RELACIONADOS

Psicoanálisis del lujo

José Antonio Marina

El consumo del lujo no busca tanto el disfrute personal como alcanzar el prestigio y el sentimiento de superioridad.

Déjenme vivir en mi zona de confort

Carlos Javier González Serrano

El continuo imperativo para sacar provecho de la adversidad se ha convertido en un mandato tan terrible como perverso.

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME