Sociedad

Diez mitos de la cultura occidental

Para entender el mundo y para descifrar tanto el pasado como el futuro, el ser humano ha recurrido desde tiempos inmemoriales a la mitología. Y aunque hablar de ella invite a pensar en narraciones alegóricas, la realidad es que todavía sigue muy presente en la cultura occidental, impactando en cómo las personas se enfrentan a los grandes retos cotidianos.

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28
Mar
2023
‘Prometeo lleva el fuego a la humanidad’ (1817), por Heinrich Friedrich Füger.

Al ser humano, le gusta que le cuenten historias. Es por este motivo por lo que la figura del mito –como narración que perdura con el paso del tiempo– todavía sigue muy viva. Los mitos están muy enraizados en la historia y en las vivencias colectivas, pero algunos de ellos, decisivos en la cultura occidental, siguen protagonizando las conversaciones y el debate.

Estos son algunos de ellos.

La supervivencia del más fuerte

El mito por antonomasia. Tiene su origen en la experiencia consciente del Homo sapiens al respecto de su supervivencia en el entorno. Nicolás Maquiavelo, en El Príncipe, defendió que el fin justifica los medios, idea desarrollada antes por los sofistas de la Atenas clásica. A posteriori, la teoría de la evolución de las especies de Charles Darwin ha sido utilizada para justificar una política de abuso y poder en campos como la política o las finanzas. Las guerras mundiales –junto con las teorías racial y eugenésica– son otros ejemplos de su pervivencia.

Razón versus mito

En el siglo VI a. C., Tales de Mileto opuso la razón a la mitología al afirmar que el principio de las cosas, fijo e inmutable, es el agua. Sócrates elevó el arte de razonar con la mayéutica. El enfrentamiento en Europa entre religión y ciencia propició un refinamiento creciente de la metodología científica y del análisis filosófico. En cambio, en otros focos culturales –como India, China o Japón– se acepta la religión como un sistema de creencias válido que incluso potencia a la propia racionalidad científica, hermanada con el concepto filosófico de intuición.

La muerte del amor romántico

En época de aplicaciones de ligue y de libertad sexual, los intereses amorosos románticos pueden parecer una cosa desfasada. Nada más lejos de la realidad. El romano Ovidio escribió Arte de amar, donde anima a hombres y a mujeres a dar rienda suelta al erotismo y a la sexualidad, al margen de disquisiciones sentimentales. Autores como Hildegarda de Bingen –que abarcó el orgasmo–, Teresa de Jesús o el marqués de Sade, entre otros, potenciaron la libertad sexual. Mientras tanto, millones de parejas siguen cumpliendo con el ideal del amor romántico –aunque sea durante unos breves meses o años– y manteniéndolo como un objetivo noble y deseable.

El triunfo de la voluntad popular

La guerra de la Independencia de Estados Unidos en 1783 –unida al triunfo de los revolucionarios franceses en 1789– levantó una oleada de despertar democrático. La voluntad popular –enmarcada en la democracia representativa– devolvió la esperanza en alcanzar una igualdad real entre los diversos estratos de la sociedad. Este principio ha sido rebatido por numerosos intelectuales desde entonces. Marx, Herzen, Tolstói o Lenin alertaron –cada cual desde su línea de pensamiento– del peligro del nuevo Estado burgués y del clasismo que amenazaba con imprimir. El movimiento indignado –consecuencia de la crisis de 2008– es un claro ejemplo de crítica hacia un sistema que, en su opinión, no representa a toda la sociedad.

La democracia es el final de la historia

En 1992, Francis Fukuyama afirmó en El fin de la historia y el último hombre que la historia había muerto: la democracia liberal representa la última estación de la línea del progreso político. La victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial había alimentado el paulatino asentamiento de la democracia. Aun así, sus críticos son tajantes. Desde Carl Schmitt a Noam Chomsky o Jordan Peterson manifiestan su disconformidad hacia un modelo que alberga numerosas carencias que, sostienen, alejan el ideal de la realidad. La democracia sería tan solo una etapa en el incesante progreso humano.

La ciencia ha de ser útil

Los trabajos contrarreloj durante las guerras mundiales –en especial durante la segunda para conseguir la bomba atómica– han potenciado la idea de la inversión prioritaria en una ciencia útil que atienda las necesidades sociales, económicas e industriales de la época. No obstante, la ciencia se ha nutrido, precisamente, de la explotación de la curiosidad y de lo aparentemente inútil. El electromagnetismo, las teorías de la relatividad y cuántica o el estudio de la Tierra y del cosmos son ejemplos de cómo los grandes pasos en el conocimiento humano nacen del sencillo afán por expandir el horizonte del saber.

Crecimiento económico ilimitado

Unido a la ideología liberal se encuentra otro mito, el del crecimiento económico ilimitado; muy contestado en la actualidad desde diversos frentes, el más relevante, quizá, el ecologista. El problema de esta tesis es que habitamos un planeta con unos recursos limitados. La confianza en que el continuo desarrollo de la ciencia conseguirá evitar a tiempo el colapso del sistema que ha sido construido bajo esta premisa resulta, cuando menos, inocente. La crisis en la extracción de petróleo, los estragos
de la pandemia del coronavirus y la emergencia climática son muestras empíricas de la insostenibilidad de un crecimiento económico sin límite.

Sobrepoblación humana

Otro de los grandes mitos –de moda desde la segunda mitad del siglo XX– es la idea de que existe sobrepoblación humana. Para algunos teóricos, la población mundial ha alcanzado una cantidad que pone en jaque el equilibrio medioambiental y la supervivencia de la especie. El ser humano es egoísta y destructivo por naturaleza y debe ser regulado por imperativo. Este discurso no se apoya en el consenso científico. De hecho, está siendo contestado por diferentes estudios que demuestran que con una alimentación vegana y cambiando el modelo económico-social, la Tierra –con la tecnología disponible– puede soportar el actual crecimiento poblacional. Todo depende del enfoque con el que se diseñe el futuro de la humanidad, no de la humanidad misma.

La tecnología nos hace mejores

El planteamiento dominante en la actualidad es que la tecnolo- gía será la redentora de nuestra propia autodestrucción. La in- versión en inteligencia artificial, los planes de plutócratas para colonizar Marte o los diversos proyectos gubernamentales para extraer minerales del espacio amenazan el proyecto humanístico ilustrado del derecho y las libertades civiles. Expertos como Marta Peirano o Éric Sadin —entre cada vez más especialistas— están alzando la voz contra la opacidad en la implantación y el desarrollo de las nuevas tecnologías. No es una preocupación baladí, ya que cualquier instrumento puede ser beneficioso o destructivo según quien lo use.

El «gran plan secreto» y la conspiranoia

La pandemia de la covid-19 ha acelerado el auge de las teorías de la conspiración, que abarcan desde un «gran plan secreto» que persigue organizar el destino del mundo desde hace décadas hasta los círculos terraplanistas o quienes acusan a la comunidad judía de ser la causante de los males del mun- do. Si bien ha existido desde siempre este tipo de presun- ciones, la facilidad con la que internet permite el intercambio de ideas ha convertido estos planteamientos en un desafío para los medios y los Estados.

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