Internacional

La Ucrania que Rusia quiere conquistar ya no existe

En el primer aniversario de la invasión de Ucrania, toca hacer balance de lo que ha supuesto esta guerra. Los objetivos iniciales de Rusia parecían claros, pero el paso de los meses ha inclinado la balanza en una dirección bastante lejana a lo que Vladímir Putin pretendía conseguir. Suecia y Finlandia han entrado en la OTAN y Ucrania, el país atacado, todavía resiste a los ataques rusos.

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Albina Kolesnichenko
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23
Feb
2023

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Albina Kolesnichenko

Las pesadillas de los libros de historia han cobrado vida en 2022, pero habíamos olvidado que las ocupaciones suelen salir mal. En el caso de Ucrania, todo se ha desarrollado con más iro­nía que lógica. Las regiones que han soportado la peor parte de la invasión de Rusia son aquellas que en su momento fueron más propensas a votar por los partidos políticos llamados «prorrusos», que defendían una política más en consonancia con los intereses de Moscú. En febrero se cum­ple un año del inicio de la guerra y aquella gente ucraniana rusoparlante a la que Vladímir Putin aseguraba «proteger» sigue muriendo, perdiendo partes de su cuerpo o su vivienda. Otros han huido o simplemente están muertos de miedo.

Dejando a un lado la coartada humanitaria, el pretexto geopolítico también deja ver las cos­turas. El líder ruso estaba hace un año afilando las armas en silencio y reclamando que la OTAN estaba demasiado cerca de sus fronteras. Desde que empezaron los combates, dos países vecinos –Suecia y Finlandia– han decidido sumarse a la Alianza Atlántica.

Rusia pudo soñar con «regiones tapón» ro­badas al vecino –ya que dominarlo como Estado tapón parecía imposible–, pero, aunque jamás ocupó tanto territorio de Ucrania, ahora es jus­tamente cuando sus fronteras parecen llenas de agujeros: por ahí entran drones, misiles y hasta agentes ucranianos listos para matar en suelo ruso. Si algo se debe aprender ahora que acaba el año es que esta guerra se ha cocido a fuego lento en la gran olla del creciente totalitarismo ruso. No en el pequeño cazo ucraniano, con más aspiracio­nes y corrupción que nacionalismo.

En El resentimiento en la moral, el filósofo ale­mán Max Scheler profundizó en el «síndrome de Weimar», que se da cuando las humillaciones del pasado se convierten en motor de acción política. Habla del conflicto que surge entre el «impulso de venganza, odio, envidia y su expansión, por una parte, y la impotencia, por otra». En esas ocasio­nes, «los afectos toman la forma del resentimien­to». Scheler señala que los parlamentos tienen la función de diluir esas emociones para que no tengan consecuencias perniciosas. Como señala Marta Rebón en su imprescindible libro El com­plejo de Caín, «este es uno de los peligros de las democracias “a lo Potemkin” como la rusa, cuya escenografía incluye un parlamento que aplaude o recrimina al unísono».

Qué es Ucrania

Desde 2014, y tal vez antes, el Kremlin ha intentado servirse de la indiferencia de Occidente ante un país pobre cuya entidad, por su pasado soviético y sobre todo por sus «coincidencias» con Rusia, no pareció nunca tan clara como la de otros vecinos como los escandinavos o incluso los bálticos.

Rusia pudo soñar con «regiones tapón» robadas al vecino, pero es ahora justamente cuando sus fronteras parecen llenas de agujeros

Las coincidencias, sin embargo, no dan para tanto. En abril de 2014, la empresa encuestadora KMIS realizó un estudio representativo en cada una de las ocho regiones del sur y del este, esas en las que Moscú alentó sublevaciones hace ocho años y que ahora ha intentado tomar, ya sin pudor, por las armas. En Donetsk y Lugansk, el apoyo a unirse a Rusia apenas llegaba al 30%. En otras regiones, fue incluso menor. En la región de Járkov, solo el 16% respaldaba sumarse a Rusia. En Zaporiyia y Jersón eran del 6% y 4% respectivamente. La narrativa del Kremlin y sus plebiscitos armados es ficción.

Konstantin Skorkin, periodista ruso especializado en política ucraniana, cree que la invasión de Rusia «puso fin en gran medida a este sentimiento prorruso». Probablemente, Putin decidió destruir un país que estaba cambiando para siempre. Como si pensase que los huesos machacados y la piel rasgada se soldarían con una disposición más favorable.

No importa cómo termine la guerra actual en Ucrania. Es muy difícil imaginar el resurgimiento de los partidos políticos prorrusos. Los ucranianos han enseñado este año que la lucha es un lugar más seguro que la rendición. Y en esta guerra van a echar al fuego parte de los lazos con su vecino.

Pero en 2023 no se deben olvidar los peligros de una escalada. Lo que fue un farol en Jersón –Putin dijo que la defenderían con todo y finalmente optaron por una retirada– puede no serlo en Crimea. La península ucraniana tiene una posición particular en la historia y en la mente de Putin y para muchos rusos. La «joya templada» que sirvió a Putin para recuperar su popularidad con la ocupación de 2014 puede dejarle herido de muerte si los rusos la ven vulnerada en 2023. Al año siguiente, en 2024, hay elecciones presidenciales. Se supone que «fáciles». Pero ya casi nada es sencillo en Rusia.


Xavier Colás es corresponsal de ‘El Mundo’ en Rusia.

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