Opinión

La ética diletante y el espíritu del capitalismo

Las políticas para corregir los problemas del capitalismo surgen de un juicio moral: como si fuera inherentemente sucio. Quizás por ello, en parte, las soluciones buscan no tanto ayudar a sus víctimas como castigar a los culpables.

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28
Feb
2023

¿Cuál es el problema del capitalismo actual? Hasta sus más acérrimos defensores deben admitir que el sistema sufre dos serias patologías: la primera, de eficiencia por el bajo crecimiento de la productividad; la segunda, de justicia social por el alto crecimiento de la desigualdad. Y el drama es que, en casi todos los países, las medidas adoptadas para solucionar estos fallos, como los controles de precios (de las verduras o los alquileres) o los impuestos simbólicos (a los ricos o a los beneficios «extraordinarios»), los están agravando porque comparten un mismo objetivo: limitar la libertad de las personas supuestamente culpables de la situación, en lugar de ampliar la libertad de las personas realmente víctimas de la misma.

En el fondo, las políticas para corregir los problemas del capitalismo proceden de un juicio moral: hay algo éticamente sucio en la esencia del capitalismo; es decir, en la libertad de las personas para comerciar. En realidad, el término capitalismo es confuso para definir nuestro sistema económico, porque la acumulación de capital sólo juega un papel minoritario que palidece frente a la gran novedad que trajo la economía de mercado a partir del siglo XVII en las provincias neerlandesas y Gran Bretaña, las cunas del mismo. Lo fundamental de nuestro modelo económico es que las mejoras en la vida (del ferrocarril y el iPhone al pan integral y las clases de Pilates) son probadas en el mercado. Por eso, la experta en historia económica Deirdre McCloskey prefiere la etiqueta market-tested betterment (en castellano, «mejoramiento a través del mercado»). Los nombres importan: la palabra «capitalismo» es más susceptible de críticas que el más neutro «economía de mercado» o el más correcto de «mejoras probadas por el mercado».

Muchos políticos de izquierdas, pero también de derechas, parten de una premisa negativa: la libertad genera monstruos. Si dejamos que las personas actúen sin ataduras, nos llevaremos disgustos. No sé si el origen es el fervor religioso (por el potencialmente pecaminoso libre albedrío) o antirreligioso (porque la gente sustituyó el control de Dios por el del Estado). Sea como sea, proliferan dinámicas intervencionistas que buscan restringir la libertad económica de los «saqueadores» y «capitalistas despiadados», que es la definición de los dueños de supermercados para algunos dirigentes políticos de nuestro país. 

«Deberíamos volcar muchos más recursos públicos en ayudar a estas «víctimas» de la crisis que en castigar a los (presuntos) «culpables»»

Un ejemplo del componente moral de la política económica es la lucha contra los efectos de la inflación. Un análisis desapasionado llevaría a la mayoría de políticos, sobre todo progresistas, a adoptar respuestas centradas en ayudar a quien más sufre la subida de los precios, en línea con el cheque de 200 euros –aunque obviamente mucho más generoso: esa cifra es del todo insuficiente– para personas con ingresos inferiores a 27.000 euros anuales. También deberíamos ensanchar otro tipo de ayudas, como el bono social de electricidad, que supone un descuento en la factura de la luz, e introducir algunas nuevas, como un paquete de ayudas a la emancipación de los jóvenes, doblemente castigados en España por sus bajos ingresos y por un mercado laboral hostil. La política estrella tendría que ser una ayuda al alquiler que les permita empezar a disfrutar de una vida independiente a los 18 años y no a los 30, como suele suceder en nuestro país. 

Como los buenos sistemas de justicia, deberíamos volcar muchos más recursos públicos en ayudar a estas «víctimas» de la crisis que en castigar a los (presuntos) «culpables». Y sin embargo, el celo punitivo lleva a muchos políticos a proponer sanciones a los (teóricamente) responsables. En primer lugar, quieren poner las esposas a los actores económicos que, por su posición, son los malos de la película: maniatemos a los propietarios de pisos y a las cadenas de venta de alimentos diciéndoles a qué precio deben ofrecer sus productos.

«Señorías de la izquierda verdadera, den la mano a las víctimas en lugar de atar la mano invisible de los culpables»

Estas medidas, como señalan los estudios, son ineficientes. Sólo hace falta echar un vistazo a los países que históricamente han sufrido las inflaciones más descontroladas del mundo, como Argentina. Ahí se han hartado de regular los precios y la inflación no sólo no se ha moderado, sino que ha tendido a dispararse. Además, los controles son injustos y acaban perjudicando a los eslabones más débiles de la cadena. Por ejemplo, los arrendatarios más pobres serán quienes se queden sin pisos cuando los propietarios de inmuebles decidan retirar los suyos del mercado porque les han impuesto un tope a las rentas. En los alimentos, por otra parte, serán los agricultores, en su mayoría dueños de pequeñas explotaciones, y no las grandes cadenas de distribución, quienes pagarán el pato del tope al precio del pollo. 

Los precios de los productos han subido por combinaciones rocambolescas de factores diversos. Por ejemplo, el aceite ha padecido una concatenación desafortunada de eventos –como la sequía y las malas condiciones climáticas– que lo han llevado a una de las peores cosechas de la historia, lo que se une a un aumento de la demanda en los mercados internacionales tras la pandemia y el incremento de los precios de los carburantes y la energía. En este vendaval de causas, tratar de identificar el papel de la avaricia de los propietarios de los supermercados es como buscar una aguja en un pajar, pero es lo que intentan hacer muchos responsables políticos: colgar el sambenito a los agentes que, movidos por la mala ética inherente al espíritu del capitalismo, serían los culpables de la inflación.

Y no atienden a razones, porque la suya es una cruzada religiosa. Estaría bien si fuera esa clase política quien pagara las consecuencias de sus medidas intervencionistas, pero, desgraciadamente, los que las soportan son quienes tienen menos recursos. Señorías de la izquierda verdadera, den la mano a las víctimas en lugar de atar la mano invisible de los culpables.

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