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¿Y si dejan de tener efecto los antibióticos?

El uso inadecuado de estos fármacos en plantas, animales y humanos, la falta de saneamiento básico, la liberación de contaminantes y el cambio climático están comprometiendo su eficacia. Según la OMS, esta es una de las diez principales amenazas globales de salud pública.

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Yvonne Redín
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Antibióticos

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Yvonne Redín

El «último ancestro común» dio serios dolores de cabeza a Charles Darwin durante un largo periodo de tiempo. Como un fiero detective, el científico siguió el rastro, casi invisible, de ese organismo en busca de responder a la gran pregunta de la humanidad: de dónde viene la vida. En sus páginas, sobre las que teorizaba una y otra vez, Darwin aseguraba que esta no se generaba de forma espontánea –como otros habían defendido antes–, sino que consistía en un intrincado proceso de pequeños cambios transmitidos entre individuos y de generación en generación. Pero a pesar del incansable trabajo, una vida no fue suficiente para que Darwin alcanzara a poner nombre a ese ser del que nació todo: LUCA (Last Universal Common Ancestor).

Lo que sí hizo fue plantar la semilla, vaticinando que la fórmula secreta de la vida se había originado en una charca caliente tiempo atrás. Ahora sabemos, gracias a otros científicos que recogieron el guante de Darwin, que fue gracias a un tipo de organismos unicelulares acuáticos cuyo nombre responde al acrónimo. Este no es el primer ser vivo que existió, pero sirvió de boceto para componer el código genético que, con las diferencias correspondientes, compartimos ahora todos los seres. Nadie ha visto nunca a LUCA, pero todos lo llevamos dentro.

Al menos 700.000 personas mueren cada año debido a enfermedades resistentes a los antibióticos

Esta es una de las grandes historias de un reino que apasiona a la ciencia: el de los microorganismos, pequeños gigantes que construyen, cuidan y alimentan todo lo que no es inerte. Tan solo dentro del cuerpo humano habitan 39.000 millones, un microcosmos que nos protege contra infecciones controlando a los agentes patógenos, además de digerir los alimentos y suministrarnos micronutrientes como las vitaminas. Fuera de nuestra piel, de hecho, se cree que existe tal cantidad y variedad de microorganismos que es muy probable que solo conozcamos el 0,1%.

Inevitablemente, entre tanta variedad en este mundo microscópico también viven microorganismos que provocan el efecto contrario sobre nuestra salud. Y el cambio climático amenaza con hacerlos aún más dañinos: al menos 700.000 personas mueren cada año debido a enfermedades resistentes a los antibióticos y, según advierten desde Naciones Unidas, se podrían alcanzar los 10 millones en 2050. Son cifras que hablan de una epidemia a cámara lenta y sobre las que advierten la aseguradora DKV y Ecodes en su último informe del Observatorio de Salud y Medio Ambiente, donde analizan cómo los cambios en la forma de relacionarse de personas, plantas y animales con el medio ambiente han favorecido la transmisión de enfermedades resistentes a la medicina.

«El papel del medio ambiente es clave en este incremento de la resistencia, ya que actúa como vía de propagación», explicaba recientemente en la presentación del informe José Ángel Rupérez, de Ecodes. «El aumento de las temperaturas, además, favorece el crecimiento de microorganismos, mientras que la contaminación del aire facilita la movilidad de las bacterias suspendidas en polvo y los movimientos a otros animales del entorno». La falta de saneamiento básico en numerosos países en vías de desarrollo y la destrucción de los hábitats que obliga a las especies endémicas (centinelas a la hora de frenar las epidemias) a alojarse en otros entornos con microbiotas distintas, completan la lista de factores que suman a este caldo de cultivo.

Antibióticos, con responsabilidad

El uso inadecuado de antibióticos ha hecho que la resistencia de estos organismos sea, según la OMS, una de las 10 principales amenazas de salud pública actuales. Si bien es un proceso natural –el microorganismo acaba sobreviviendo al fármaco por pura adaptación–, nuestra forma de vida está contribuyendo a dispararlo desde múltiples frentes: en primer lugar, desde el sanitario –uno de cada tres europeos ha consumido antibióticos sobrantes o sin receta–, pero muy especialmente desde el sistema alimentario. 

Una producción alimentaria más sostenible mejoraría la salud de los animales y reduciría su demanda de antibióticos

Aunque desde 2005 no está permitido en la Unión Europea el uso de antibióticos para promover el crecimiento de la ganadería, la cantidad que se utiliza es todavía muy elevada y, en muchas ocasiones, incorrecta, lo que hace a los microorganismos aún más resistentes. Como advierten DKV y Ecodes, «el Pacto Verde Europeo De la granja a la mesa propone reducir un 50% las ventas de los antimicrobianos utilizados en ganadería y acuicultura para el año 2030», pero en este puzle también es fundamental la prevención, controlar mejor el bienestar animal para evitar posibles enfermedades, revisar la salubridad de las explotaciones, gestionar el estrés de los animales y promover una buena alimentación. 

Medidas que se enlazan de nuevo con la biodiversidad, pues una producción alimentaria más ecológica minimizaría la presencia de enfermedades en los animales –que, a su vez, podrían mantener esa labor de centinelas frente a potenciales infecciones– y, también, con el cambio climático: cuanto más sostenible sea el sistema alimentario, menos impacto generará sobre el entorno, lo que garantizará, de nuevo, el control de las enfermedades infecciosas.

En este sentido, el profundo abordaje que realiza este informe promovido por DKV y Ecodes bajo el enfoque One Health (Una salud)  propone entender la salud desde una perspectiva mucho más amplia, considerando los determinantes socioeconómicos y ecológicos para desarrollar políticas que interconecten personas, animales y medio ambiente y alcancen una solución efectiva a este problema. 

Tal y como lo describe Miguel García, director de Comunicación y Negocio Responsable de DKV, «si nos preocupa de verdad la salud de la humanidad debemos de cambiar algunas prácticas, y esto pasa por un mayor respeto a la naturaleza». Un reto complejo que solo podremos afrontar «con altos niveles de cooperación y concienciación», también de la población general, que debe tomar antibióticos únicamente cuando los prescriba un profesional sanitario certificado, no se automedique, y prevenga infecciones lavándose las manos y preparando alimentos en condiciones higiénicas. Un pequeño paso para evitar que la humanidad alcance la temida era post-antibiótica.

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