Opinión

Darwin y los glaciares

En ‘¿Cómo entender a los humanos?’ (Next Door Publishers), el bioquímico Pablo Rodríguez recorre las principales preguntas en torno a la conducta humana, como el motivo que se esconde detrás de nuestras actitudes violentas o el papel que juega el estatus en nuestros hábitos de consumo.

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01
Jun
2022

En agosto de 1831, un jovencísimo Charles Darwin, por aquel entonces estudiante de la Universidad de Cambridge, se encontraba viajando por la espectacular campiña galesa en compañía de su profesor Adam Sedgwick, uno de los fundadores de la geología moderna. El propósito del viaje era, en teoría, estudiar las formaciones rocosas y los fósiles de algunos valles galeses, aunque el propio Darwin sospechaba que la verdadera intención de Sedgwick era enseñarle algo de geología de campo.

El profesor y su pupilo dedicaron largas jornadas a recoger especímenes de rocas y a tratar de establecer la estratificación en un mapa. Curiosamente, ninguno interpretaba el paisaje de manera correcta. Darwin lo contaría años más tarde en su autobiografía: «En aquel viaje tomé conciencia de lo fácil que resulta pasar algunos fenómenos por alto, por conspicuos que sean, si no habían sido observados antes por alguien. Pasamos varios días en Cwun Idwal examinando las rocas con extremo cuidado, ya que Sedgwick estaba ansioso por encontrar fósiles, pero ninguno se apercibió del maravilloso fenómeno glaciar que nos rodeaba; no nos percatamos de las rocas talladas, de los grandes cantos encaramados y de las morrenas laterales y terminal… Una casa chamuscada por el fuego no nos contaría una historia de manera más clara que aquel valle».

¿Cómo es posible que uno de los mejores geólogos del momento y una de las mentes más brillantes de todos los tiempos fueran incapaces de ver lo que más tarde parecería obvio? Es sencillo, a los dos caballeros victorianos les faltaba entonces la necesaria armazón intelectual. Aunque suele pensarse que la teoría deriva de las observaciones, lo cierto es que para organizarlas de un modo eficaz hace falta una hipótesis: el marco intelectual es un requisito previo. En el caso de los fenómenos glaciares, llegaría poco después de la mencionada excursión geológica. Charles Lyell publicó en 1830 su libro Principios de geología, el cual supuso un cambio de paradigma para esta disciplina e influyó con gran intensidad en las teorías de Darwin.

«Darwin nos obliga a abandonar una idea muy querida en el pensamiento occidental: que los humanos estamos en una galaxia aparte del resto de seres vivos»

Este lo leyó unos meses más tarde durante su famoso viaje en el Beagle. En la visión popular de la ciencia, se supone que primero vienen las observaciones y que las teorías surgen a partir de estas, pero en la realidad las cosas son un poco más complicadas. El conjunto de las observaciones es infinito, o al menos inabordable, y los investigadores necesitan una hipótesis de partida para saber hacia dónde dirigir la mirada. Según el propio Einstein, es la teoría la que dirige las observaciones. Por supuesto, el viaje es de ida y vuelta y se repite muchas veces: pensar, observar, volver a pensar sobre las observaciones, volver a observar bajo un nuevo prisma. Como decía Maese Pedro en el Quijote: «Para sacar una verdad en limpio es menester dar muchas vueltas y revueltas».

La teoría de la evolución mediante variación y selección natural constituye el arquetipo de idea que nos cambia la manera de ver el mundo y, por tanto, las observaciones que hagamos en el futuro. Según el filósofo Daniel Dennett, esta teoría es una especie de «disolvente universal» capaz de «corroer cualquier contenedor sea del material que sea», lo que hace inevitable que se expanda a otros campos del conocimiento donde no siempre es bienvenida.

No cabe duda de que Darwin provocó un gran revuelo con la publicación de El origen de las especies en 1859. La polémica arreció casi de inmediato y más de ciento cincuenta años después sigue muy viva. En este tiempo, la teoría de la evolución ha sido atacada con énfasis, utilizada de un modo grosero para defender movimientos políticos indefendibles y, muy a menudo, malinterpretada. Cuentan que una dama de la alta sociedad victoriana le comentó a una amiga poco después de la publicación del libro: «Querida, esperemos que el señor Darwin esté equivocado, pero, si no lo está, confiemos en que no se entere nadie».

«Nos cuesta aceptar que la adaptación no es producto de un diseño inteligente, sino el resultado de un proceso ciego»

¿Por qué tanta polémica? En primer lugar, porque nos obliga a abandonar una idea muy querida y arraigada en el pensamiento occidental, la de que los humanos estamos en una galaxia aparte del resto de los seres vivos. La concepción cuadra bien con el pensamiento cristiano dominante en Europa en los últimos dos mil años. Nosotros tenemos alma inmortal y ellos no. Sin embargo, lo cierto es que somos animales y que para entendernos es indispensable aceptar que nuestro lado animal es una parte integral de nuestra humanidad y no una colección de bajos instintos.

En segundo lugar, la idea de la evolución es contraintuitiva. Nos dice que la exquisita adaptación que muestran las criaturas a su ambiente no es producto de un diseño inteligente, sino el resultado de un proceso ciego. Nos cuesta aceptar esto porque solemos enfrentarnos a los problemas mediante la razón; sin embargo, existen bastantes casos en los que otras especies han llegado a soluciones en apariencia inteligentes sin un proceso racional de por medio.

Por poner un ejemplo, las abejas maximizan el espacio de las colmenas empleando el hexágono para las celdillas. No es nada probable que esta solución –inteligente desde nuestro punto de vista– provenga de un pensamiento profundo por parte de un comité de sabios himenópteros, sino el resultado de la selección natural que opera sobre un conjunto de comportamientos que daban lugar a colmenas de diferentes formas.


Este es un fragmento de ‘¿Cómo entender a los humanos?’ (Next Door Publishers), por Pablo Rodríguez Palenzuela.

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