Siglo XXI

Mens insana in corpore sano

Fotografía, retoca, vuelve a editar y sube a las redes sociales. Ese es el ritual que siguen millones de personas, atrapadas entre el mundo real que capturan con sus cámaras y la imagen ideal y soñada que se espera que publiquen en Instagram. Este complicado juego de espejos ya tiene consecuencias tangibles en la salud mental.

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24
enero
2023

Entender la corporalidad es una tarea ontológica. Cuando se toma consciencia de la piel que se habita, comienza una extenuante lucha para mediar entre las presiones externas que llevan a odiarla y un agotado cerebro que reivindica el amor propio. Entre los recordatorios de que «hay algo mal en el reflejo del espejo» cobra un papel protagónico la presión social entre iguales, caldo de cultivo de comparaciones, así como la influencia directa de nuestras figuras de referencia. A ello hay que sumar la fuerza invisible –pero cada vez más poderosa– de las redes sociales, de la que Instagram con su feed repleto de calculadas fotos es su embajadora.

Sara, de 32 años, publicó su primera fotografía en esa plataforma en el año 2015. Era un retrato de su perro filtrado en tono sepia. «Toca estrenar esto, ¿cuánto tardaré en olvidarme de subir fotos?», se preguntaba entonces. Hoy, acumula ya 9.243 publicaciones y todas tienen un rasgo en común con esa primera: los filtros, que ahora también se aplican a su rostro y cuerpo. «Me hago los selfies desde las historias [otro de los formatos de contenidos de Instagram, que incluye más herramienta de edición] para meterle algún efecto», confiesa.

Generalmente, busca aquellos que suavizan su piel para que no se aprecie ninguna arruga, grano o pigmentación. También le gusta que aumenten ligeramente el grosor de sus labios y que afinen su barbilla, «pero que sea sutil para que nadie lo note mucho». Mantenerlo como un secreto ante sus seguidores la tranquiliza, pero lidiar a diario con esa doble apariencia le está pasando factura. «Afecta a mi autoestima, pero es muy difícil parar», reconoce. «Es como si te volvieses dependiente de tu imagen, una imagen falsa, lo sé, pero cuando subes una foto con filtros y te comentan veinte personas diciéndote lo guapa que estás, te da un subidón», reflexiona, añadiendo que, si después se sube una imagen no filtrada y se consigue una respuesta menor, «sacas tus propias conclusiones».

La edad media en España de quienes se hacen retoques estéticos ha bajado de los 35 a los 20 años

Para Vicente, de 28 años, la explosión psicológica sucedió durante el estado de alarma por el coronavirus. «Empezaron a salir retos de hacer ejercicio en redes sociales y algo hizo clic en mi cabeza», reflexiona dos años después y tras un diagnóstico de bulimia nerviosa. Lo más duro, confiesa, es el refuerzo social de los trastornos de la conducta que suponen los social media. «La gente ve que has adelgazado y te dicen cosas bonitas. Te comentan que estás buenísimo y tú sabes que esos piropos son en parte gracias a la bulimia», indica. «Es inevitable sentirte bien al oírlo y eso enmascara toda la tortura que hay detrás del culto al cuerpo».

Vicente se adscribió a la cultura del no pain, no gain (no se gana sin dolor), hasta que llegó a un punto de inflexión en el que resultaba imposible barrer bajo la alfombra el problema de alimentación y de ansiedad que implicaba. Fue cuando emergieron las consecuencias más cruentas: «Me mareaba en el trabajo y empecé a evitar eventos sociales porque sabía que habría comida y que no podría resistir la tentación». «Algunos amigos se preocuparon, otros se enfadaron porque pensaban que les había dejado de lado por el gimnasio», reconoce, añadiendo que «con mi pareja todo era cuesta arriba». «No quería que me tocase, no hacíamos planes juntos, me enfadaba porque ella comía sin obsesiones y, mientras todo esto pasaba, en Instagram parecía que vivía el mejor momento de mi vida», se lamenta. En la actualidad, la terapia es clave para su recuperación, pero las redes sociales siguen siendo un recordatorio constante de la obsesión que destruyó su salud mental.

Los inalcanzables estándares de internet

Hoy en día, las vivencias de Sara y Vicente no son una excepción. Puede que la comparación sea una actividad tan humana como la respiración, pero los referentes del mundo actual la desvirtúan. El autoconcepto –entendido como el cúmulo de aptitudes, opiniones y rasgos físicos o psicológicos que nos hacen ser quienes somos– y la autoestima –el valor positivo o negativo que les otorgamos– son, como han defendido teóricos de la psicología como Leon Festinger, George Mead o Muzafer Sherif, producto de la interacción social.

En el caso de estas plataformas, en ese autoexamen entran no solo aquellas personas con las que se socializa de forma directa, sino también completos desconocidos que aparecen en el feed. Lo hacen, además, sin que quienes admiran sus fotos sean plenamente conscientes de la realidad detrás de cada instantánea: una iluminación perfectamente cuidada, una postura que realza aquellos rasgos corporales valorados por la sociedad o una edición que distorsiona sutil, aunque significativamente, la apariencia de quien posa.

A pesar de que todos los usuarios recurren a esas prácticas en mayor o menor medida, en ese juego de comparativas nos aferramos a la tóxica creencia de que los influencers no necesitan borrar nueve de cada diez selfies o que la belleza natural no esconde, en ocasiones, una rigurosa rutina de maquillaje. Los filtros y aplicaciones de edición han llegado a convencer a la población de que debe estar «más buena» para ser merecedora de validación ajena, que es a menudo la que precede a la propia.

Aunque demonizar la tecnología resulta reduccionista, los datos empíricos confirman ese impacto en la autoimagen

Aunque simplemente demonizar la tecnología resulta reduccionista, los datos empíricos confirman ese impacto de las redes sociales en la autoimagen. Según un estudio realizado por la Universidad de Córdoba en colaboración con el Hospital Universitario Infanta Leonor, el uso de estas plataformas muestra una alta correlación con la insatisfacción corporal entre la población joven. Este es un problema global, como han demostrado investigaciones en China, Norteamérica o Sudáfrica. Instagram es –concluyen todas– un factor clave para el desarrollo y mantenimiento de trastornos de la conducta alimentaria. Paradójicamente, ser conscientes de esta realidad no exime de sufrirla. Los participantes en el estudio español definían el ideal de belleza de las redes como estereotipado e inalcanzable, pero aun así lo buscaban, lo que acababa derivando en baja autoestima y ansiedad.

Este debilitamiento de la salud mental tiene efectos cuantificables. A la ya mencionada adopción de patrones alimentarios poco saludables, también se puede sumar la popularización de las intervenciones estéticas como un puente entre el «yo real» y el «yo filtrado». Durante el último año, en España se realizaron un total de 871.525 tratamientos médico-estéticos, según cálculos de la Sociedad Española de Medicina Estética (SEME). La edad media de esos pacientes ha bajado de los 35 a los 20 años. Las razones detrás de esas intervenciones son «verse bien» –ocurre en el 44% de los casos– y «aumentar la autoestima» –en el 36,2%–, ambas muy vinculadas a la era de la belleza online. «El uso de las redes sociales, la posibilidad de usar filtros y la aparición de aplicaciones que permiten cambiar las formas del rostro han contribuido a generar nuevas necesidades en pacientes jóvenes», explica el doctor Sergio Fernández, vicepresidente segundo de SEME.

La revolución ‘body positive’ y la salud mental

En la otra cara de la moneda, durante la última década ha cobrado fuerza el movimiento body positive, una fuerza social que desafía la imagen sesgada de la belleza promovida por la cultura para Instagram. En lugar de cambiar para adecuarse a los estándares que dominan en la red, se invita a aceptar que cada persona y cada cuerpo es diferente, pero que todos son igualmente válidos. Todos pueden protagonizar –tal y como son– la próxima foto que se publicará.

En otras palabras, es un ejercicio de disidencia para todos los que están hartos de luchar para encajar y odiarse en el proceso. Es una alternativa empoderante que funciona, como demuestra la investigación pionera sobre la cuestión, pero solo cuando va acompañada de referentes reales y no de frases vacías. «Los pies de foto body positive no ejercen ninguna influencia en la insatisfacción corporal o la apreciación del cuerpo», afirma un estudio de la Universidad de Flinders, «las imágenes de una publicación de Instagram contribuyen más a la autoimagen que cualquier texto que las acompañe». Estos hallazgos demuestran que se puede proteger online la autoestima: acallar la tendencia humana a la comparación es imposible, pero sí se puede recurrir a referentes más diversos y, sobre todo, convertirse en artífices del cambio mostrándose tal y como somos en redes sociales.

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