Siglo XXI

«La objetividad es un ideal, como la justicia o la libertad»

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04
Ene
2023
Kiko Llaneras

Quién mejor que un ingeniero para analizar todos los datos que rodean la actualidad en un periódico. Kiko Llaneras (Alicante, 1981) es doctor en Automática e Informática Industrial por la Universidad Politécnica de Valencia y periodista de datos en ‘El País’ donde escribe para explicar con gráficos y números asuntos que van desde elecciones a cambios sociales, pasando por pandemias o partidos de fútbol. Acaba de publicar ‘Piensa claro’ (Debate), un libro que resume en ocho reglas cómo descifrar el mundo que nos rodea.


¿Si seguimos estas ocho reglas –y la docena de patrones que se plantean en el libro para pensar mejor– estaremos menos expuestos a engaños?

Sí, las reglas tienen una vocación de utilidad. Te protegerás tanto de los engaños cotidianos, esos mensajes que inundan el mundo y que nos llegan por todas partes, como de algunos que nos hacemos a nosotros mismos. Nuestra intuición es maravillosa y muy buena para algunas cosas, pero también tiene cierta tendencia al autoengaño.

¿Algún ejemplo de esos engaños a los que nos sometemos por nuestra cuenta y riesgo?

La memoria. Uno de los mejores ejemplos es la ley de Murphy, esa percepción de que una tostada se cae al suelo siempre por el lado de la mantequilla y nuestra propia experiencia es que esto sucede. Pero lo que en verdad pasa es que la tostada no cae siempre del lado que te molesta, cae de uno y del otro, lo que está deformado es tu percepción: cuando cae del lado del pan, la recoges en un segundo, sigues comiendo y sigues con tu vida; pero si cae del lado de la mantequilla dices «joder otra vez igual» y solo te quedas con ese momento. En otras palabras, nuestra percepción hace muy malas muestras, tiene cierta tendencia al victimismo y al sesgo de confirmación: lo que te da la razón te llama más la atención y cuando lees un texto que te la quita acabas olvidándolo rápido.

«Nuestra intuición es maravillosa, pero tiende al autoengaño»

Una de las reglas que plantea es la de «buscar trampas». ¿Nos llegue el dato de quien nos llegue, tenemos que ponerlo en cuarentena?

Mi consejo sería partir de la idea de que las cosas son más complicadas de lo que nos parecen a primera vista. Esto vale para todo en general, pero también cuando alguien te intenta presentar cualquier debate de actualidad como si fuese evidente el lado en el que está la realidad. Si alguien te presenta una solución muy sencilla para cualquier problema muy antiguo, probablemente está escatimando una parte de la historia. El ejemplo más claro es el de los expertos, que suelen hacer mala tele: si les preguntan sobre la siguiente ola pandémica y si va a durar mucho, es muy habitual que contesten con muchos «quizás», «no lo sabemos», «tenemos la impresión de que podría ser, pero esto no lo puedo decir con rotundidad»… Estas dudas que plantean son normales. Pero, por otro lado, observamos que la gente poco informada es la más rotunda. Estamos acostumbrados a que esto sea normal, pero debería ser al revés.

En el libro analiza cuestiones desde el punto de vista de los datos, como que es más probable que un futbolista haya nacido en enero. ¿Los datos nos permiten acceder a realidades que serían imposibles de descubrir sin su análisis?

Seguramente sí. Hay una pelea en determinadas áreas entre la gente de los datos y la gente del instinto o la experiencia, como si tuvieses que elegir solo a uno. Este conflicto entre miradas esconden normalmente un enfrentamiento entre personas que tienen intereses distintos: la tribu de los datos y la tribu de las otras cosas. Pero la realidad es que si tú quieres entender una realidad compleja lo mejor posible, lo que tienes que usar es todo lo que está en tu mano. Y eso pasa por tener todos los datos que pueda reunir. Por ejemplo, si planteas fichar a un jugador de fútbol, tienes que mirar sus estadísticas y también hablar con expertos y conocer su entorno, todo lo intangible que no controlas. Los datos te van a servir para descubrir cosas que no conoces.

«Los números no van a acabar con la política: hay decisiones que son humanas y que requieren ética y moral»

El ser humano contemporáneo no ha inventado los datos: la contabilidad ya existía en la Edad Media y hace décadas que todas las empresas utilizan bases de datos. ¿Por qué se produce ahora este boom hasta el punto de que parezca algo nuevo?

Hay motivos de oferta y demanda. El principal es la oferta: en el momento en que nuestra vida empieza a estar digitalizada, hace décadas, la cantidad de datos que existen sobre las personas y sus comportamientos se multiplica. La materia prima del análisis de datos ha pasado de ser algo escaso a ser abundante y barato de conseguir. Antes, el grueso del trabajo de los investigadores en ciencias sociales era hacer una base de datos de, por ejemplo, entrevistas a 3.000 personas sobre un asunto, pero ahora los datos ya existen, están ahí. El segundo factor es que también ha habido un cambio en la demanda: conforme la sociedad se ha cuantificado más, ha habido más gente que se ha formado con números, que trabaja con datos o que le interesa esa mirada más cuantitativa de las cosas, y estos demandan ese tipo de información. Esto ya se ve en los medios de comunicación, hay mucha más audiencia de periodismo de datos.

¿Todo el periodismo de datos es 100% objetivo?

Esa es la meta. Existe esa discusión clásica en el periodismo sobre si existe la objetividad: yo tengo una opinión muy firme al respecto y es que sí, desde luego. Pero para mí la clave es entender que la objetividad es un ideal, como la justicia, la libertad o la bondad. Son virtudes que existen porque también existe lo contrario a ellas, pero no hay nadie que sea perfectamente objetivo, perfectamente empático o completamente libre. Aún así me parece importante partir de la idea de que sí que existe, porque uno es mucho más objetivo si intenta serlo. Eso sí, tener datos no es una garantía ni de ser objetivo, ni de haber hecho un buen trabajo, ni de ser un mejor periodista.

«La conversación sobre el cambio climático no tendría sentido sin los números»

¿Cuánta perversión de los datos hay ahora mismo en el panorama político español?

La perversión de los datos es habitual, pero igual que pervierten la lógica y pervierten el lenguaje. No me parece que los datos tengan una perversión mayor en manos de los políticos. Ellos, por desgracia, comunican con intención, y a menudo los mensajes ponen la intención antes que la realidad. No es lo que más me preocupa lo que hacen con los datos, porque hay una ventaja en lo cuantitativo: si tú llevas un debate a los números, a lo mejor tus datos están sesgados, pero por lo menos estás en proceso de que se abre un diálogo. Aunque puedan estar sesgados, por lo menos has movido el debate a lo objetivable y alguien vendrá con otros números, abandonando la conversación basada en los argumentos, que hace más difícil avanzar. Los datos no acaban con los debates, pero a menudo son un buen comienzo.

¿Cómo influye a la calidad democrática el periodismo de datos?

Creo que ayuda a la calidad democrática. Por un lado, los datos iluminan muchos debates y, por otro, hay determinados planos de la realidad que exigen lo cuantitativo. Imagínate haber gestionado la pandemia o cómo evolucionaba la covid sin medir nada. Es casi imposible. Determinados problemas sociales de primera índole nos van a exigir medición, y por lo tanto, hay que tratar bien los datos.

Sin los datos, ¿sería imposible denunciar los estragos del cambio climático?

Un debate sobre el cambio climático sin números realmente no tendría sentido. ¿Cómo medimos sin cifras los efectos de una alteración en la temperatura que es probablemente imperceptible a la experiencia diaria? ¿Cuántas muertes podemos atribuir a la contaminación? ¿Y si se reduce la contaminación, cuánta gente deja de morir por ella? Hay un montón de grandes políticas públicas y problemas sociales que precisan de esa mirada cuantitativa, que es la mirada de la ciencia.

«Si llevas un debate a los números, quizá tus datos están sesgados, pero por lo menos estás en proceso de abrir un nuevo diálogo»

¿Esto quiere decir que deberíamos someter cualquier decisión a un proceso basado en la estadística?

Hay muchos planos de la vida en los que no necesitamos datos para gestionarlos, sobre todo individuales. Tú tienes que gobernar tu vida y no tienes tiempo ni energía para medirlo todo. Vivimos rodeados de incertidumbre, no tenemos información suficiente para plantearnos problemas por completo. Hay que tomar decisiones con la incertidumbre de que no sabes cuál saldrá mejor. Esas decisiones las tenemos que tomar personas. Asimismo, los números no van a acabar con la política, porque hay decisiones que son humanas y que requieren ética y moral. Precisamente Barack Obama cuenta en sus memorias que cuando llegó a la Casa Blanca lo primero que descubrió es que ninguno de los problemas que llegaban a su mesa tenían una solución clara, porque si lo tuviesen, alguien antes que él los hubiesen resuelto. Para tomar esas decisiones pensaba en probabilidades: podemos hacer A y tener un 50% probabilidades de mejorar la situación o podemos hacer B que tener solo un 30% de que lo haga. Y como un 50% es más, pues decidía hacer la A. Siempre va a haber que tomar decisiones humanas.

¿Cree que se presta la suficiente atención a los periodistas de datos?

No tengo queja, la verdad. Hay una audiencia bien considerable, probablemente porque en los medios todavía hay poco. Pero la sociedad va por delante del periodismo.

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