Siglo XXI

La moda del futuro

Hoy consumimos más moda que nunca, pero vestimos cada prenda mucho menos: a pesar de que la sociedad es consciente de la cantidad de recursos no renovables utilizados para la producción de ropa, los patrones del ‘fast fashion’ siguen muy interiorizados en nuestro modelo de consumo. No obstante, tanto industria como clientes insisten cada vez más en que un negocio alternativo y más amable con el medio ambiente es posible (y urgente).

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30
Nov
2022
moda

Vestirse es inevitable. Y la industria de la moda es algo indispensable. Por múltiples razones. De hecho, más allá de lo utilitario, a lo largo de las últimas décadas, la ropa se ha ido asentando paulatinamente como un producto de deseo accesible y democrático. Si hace 50 años comprar una prenda implicaba previsión económica y un desembolso que no todos los consumidores podían permitirse, ahora basta con darse un paseo por una calle comercial –o por internet– para caer en la tentación. Inevitablemente, el número de colecciones que se lanzan cada año ha ido escalando a petición de un consumidor deseoso de estar siempre a la última.

Esto ha creado un problema: cada uno de esos vestidos, pantalones o bufandas que compramos para ir a la última no solo pasan, como es bien sabido, una factura importante al medio ambiente; también un peaje para quienes los fabrican, en su mayoría trabajadores con pésimas condiciones laborales. Sin embargo, a pesar del daño, el consumo continúa disparándose hacia límites inabarcables, hasta tal punto que la utilización de esos recursos es malgastada: según las cifras de la Fundación Ellen MacArthur, en los últimos 15 años la producción de ropa se ha doblado, pero el uso que se le da a todas esas prendas ha caído en un 40%.

En otras palabras: se compra más, pero se viste menos. Por ello, la industria de la moda sigue situándose en una situación complicada. «Moralmente no cambia mucho que la moda sea la segunda o la cuarta industria más contaminante», explica Marta D. Riezu, autora de La moda justa (Anagrama). «El modelo de producción, que está basado en la explotación de personas, animales y naturaleza, es objetivamente indefendible», añade. Todavía hoy, según la Fundación Ellen MacArthur, la industria de la moda consume cada año 98 millones de toneladas de recursos no renovables.

En los últimos 15 años la producción de ropa se ha doblado, si bien el uso que se le da a todas esas prendas ha caído en un 40%

La pregunta de si otra moda es posible no es nueva y se repite una y otra vez en análisis, noticias y documentales. Una intensa conversación que ha transformado el contexto, llevando a consumidores y marcas a plantear un futuro más sostenible y justo a la hora de fabricar ropa.

«En 2014, solo el 3% de la población española estaba preocupada por estos temas», recuerda María Vilar, champion en sostenibilidad de Ipsos España. «Hoy, el cambio climático y las agresiones al medio ambiente están entre el top 3 de las preocupaciones de un cuarto de la población», afirma. De hecho, añade, el 69% de los consumidores ya compra marcas responsables, lo que habla de «una voluntad no solo de consumir más responsablemente, sino de exigir a las marcas que cambien su forma de hacer las cosas».

Las cifras apuntan en esa dirección. Un estudio reciente de Showroomprive señala que el 56% de los consumidores españoles ha comprado ya alguna vez ropa sostenible y que un 54% solo compra moda «cuando la necesita». Ya en 2019, la OCU indicaba que el 42% de los españoles prefería no comprar textil originario de países con riesgo de explotación laboral y premiaba la fabricación en proximidad.

«A la hora de hablar de ello, la situación sí ha cambiado», reconoce Nadège Seguin, coordinadora de Fashion Revolution España, el movimiento que busca la reforma sistemática de la industria de la moda. Es decir, los consumidores hacen promesas de ser más responsables y la sostenibilidad se posiciona como reclamo: si una década atrás quienes hablaban de comercio justo o algodón orgánico eran, sobre todo, pequeñas compañías que lo tenían en su ADN fundacional, ahora esos términos se han colado en lo mainstream.

La industria de la moda consume cada año 98 millones de toneladas de recursos no renovables

En la actualidad, la mayoría de las grandes marcas cuentan con líneas sostenibles o implementan acciones vinculadas con la economía circular. Aunque no es oro todo lo que reluce, como Seguin puntualiza: en el marketing la idea ha calado, pero desde ahí «no se resuelve nada». Lo demuestra el último Fashion Transparency Index de Fashion Revolution al señalar que, aunque las grandes marcas han mejorado de cara al público, todavía queda camino por recorrer a la hora de ser transparentes con sus procesos de fabricación y materiales utilizados.

Este es uno de los retos más complicados a la hora de abordar la moda: saber si su compromiso es real. «Hay que informarse caso por caso, y eso poca gente lo hace», apunta Riezu, añadiendo que «en términos generales, todavía hay mucho greenwashing». Coincide con ella la OCU, que denuncia que, si las promesas de sostenibilidad se centran en un único punto de la producción, no son reales. «Se deben tener en cuenta los tres aspectos de la sostenibilidad –el social, el medioambiental y el económico– y aplicarlo a lo largo de todo el ciclo de vida», indica Eztizen Gregorio, portavoz de OCU.

De hecho, las promesas descafeinadas pueden llegar a ser en sí mismas un riesgo para las marcas. «Si el greenwashing acaba por hacerse evidente, el coste reputacional será muy alto», advierte Vilar. «La sostenibilidad ya no es una opción, es un imperativo».

¿Es sostenible una camiseta de 4 euros?

Mientras el debate continúa, las grandes compañías aseguran estar comprometidas con el cambio. «Las empresas están promoviendo una industria textil más sostenible y respetuosa con el medio ambiente porque las personas demandan cada vez más productos que contribuyan a una sociedad más sostenible», señala Beatriz Bayo, directora de sostenibilidad de Mango. En 2021, esta marca dobló la cantidad de prendas sostenibles en su colección hasta llegar al 80%. «Este esfuerzo en sostenibilidad se vio recompensado por nuestros clientes», apunta.

Riezu: «El modelo de producción, que está basado en la explotación de personas, animales y naturaleza, es objetivamente indefendible»

También Primark, habitual diana de las críticas sobre fast-fashion, ha ido asumiendo múltiples metas en sostenibilidad. Desde la compañía reconocen que son objetivos «ambiciosos», pero que creen en ellos. «Para una empresa de nuestro tamaño, con una cadena de suministro global grande y compleja, el cambio llevará su tiempo», apunta Lynne Walker, directora de Primark Cares. «Pero gracias a nuestra dimensión, creemos que podemos impulsar el cambio a gran escala».

La industria asume que el cambio no implica solo los materiales o el reciclaje de prendas. «La sostenibilidad es un concepto holístico», responde Bayo. «Somos conscientes de la importancia de asegurar los derechos humanos de los trabajadores involucrados».

Pero todo confluye en un mismo punto: en una industria tan democratizada, ¿una camiseta de 4 euros puede llegar a ser sostenible? Seguin, de Fashion Revolution España, es contundente: no; si se tienen en cuenta todas las piezas del proceso, llegar a ese precio es imposible. Por el contrario, la industria aspira a alcanzar esa utopía en la que se mantenga un precio asequible sin renunciar a un buen trato del medio ambiente y los trabajadores.

«La sostenibilidad no tiene por qué definirse por un precio elevado; de hecho, queremos que las opciones más sostenibles estén al alcance de todos», asegura Walker, de Primark, apuntando que su modelo de negocio –sin campañas publicitarias masivas y sin venta online– es lo que permite «ofrecer los precios que tenemos» incluso añadiendo estas garantías sostenibles.

Y aunque Primark está defendiendo la esencia de su marca (precios muy bajos y moda para todos los públicos), sí apunta hacia un tema relevante: si la moda sostenible deja fuera a un segmento de la población, no es sostenible. «Cuando hablamos de accesibilidad, también lo hacemos en referencia a la disponibilidad, bien porque haya establecimientos físicos en la localidad donde los consumidores residen, bien porque haya prendas diferentes tallas», apunta desde la OCU Gregorio.

El impacto de la crisis

El precio de la moda sostenible gana relevancia en una situación de crisis económica. Durante este año, la inflación ha golpeado la cesta de la compra y, si los consumidores recortan en bienes tan básicos como la alimentación, cabe esperar que también modifiquen su consumo de moda. ¿Va a expulsar la necesidad de ahorro al consumidor del compromiso con la moda sostenible? Las voces más críticas, como Fashion Revolution, invitan a preguntarse qué se entiende por necesidad, para «evitar caer en un cierto egoísmo» cuando se decide qué ropa comprar.

Sin embargo, los datos sí visibilizan que los costes importan. «El precio es uno de los principales factores de decisión de los consumidores en el proceso de compra», recuerda Bayo, al preguntarle sobre la cuestión.

Aun así, el cambio a largo plazo es inevitable. Por cuestiones obvias –los recursos son limitados y las alertas sobre lo que ocurrirá con el planeta si no se cambia el rumbo se repiten–, porque la presión es cada vez mayor –las normativas europeas son una muestra– y porque los cambios sociales y generacionales –la generación Z está más concienciada que las anteriores– lo hacen casi inevitable. Como señala Vilar, no hay marcha atrás: «Los patrones están cambiando y la industria de la moda deberá seguir trabajando en ser lo más sostenible posible». A lo que concluye Bayo: «Las empresas de moda del futuro serán sostenibles o no serán».

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