Cultura

«La vida es absurda, pero aun así tiene sentido»

Fotografía

Carol Loewen
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17
Nov
2022

Fotografía

Carol Loewen

Criada entre las rígidas normas de una comunidad menonita americana, Miriam Toews (Canadá, 1964) no tardó en despuntar como escritora relatando sus experiencias más íntimas. Así ocurre con su última novela, ‘Pequeñas desgracias sin importancia’ (Sexto Piso), donde sublima el suicidio de su hermana y de su padre a través de una ficción que navega entre el drama más crudo y la ternura cómica. Ethic habla con Toews sobre la fragilidad inherente a la vida, el arte y la muerte.


En el libro dices que «en este mundo, todos luchamos para que alguien se quede con nosotros». ¿Es lo que es la vida, un esfuerzo constante para mantenernos rodeados de la gente que queremos?

Sí. Al menos así es en mi vida. Y no porque las personas sientan deseos de morirse o suicidarse; no me refería tanto a eso como a que hace falta cuidar constantemente a la gente para que cumplan nuestro deseo de que se queden con nosotros. Al final, por supuesto, todos se van.

En ese sentido, ¿estamos condenados a fallar?

De alguna manera sí. Se podría decir que así es la vida. Incluso desde un punto de vista budista: todos vamos a morir y puedes decir que la vida no tiene sentido y que es completamente fútil, pero… es lo que tenemos. 

«Muchos estudios han mostrado cómo entre los menonitas las enfermedades mentales son mucho mayores que en el interior de otras comunidades»

La música surge una y otra vez a lo largo de Pequeñas desgracias sin importancia. Cuentas el episodio de tu hermana tocando piezas de Rachmaninov delante de los ministros menonitas, la conversión de Thunder Road en una suerte de himno… 

La música significa mucho para mí. Creo que es la forma más pura y sincera de expresión del alma, así como la que más me encaja; sobre todo, es la expresión capaz de salvarme. Con la música pasa lo mismo que con la poesía: vienen de un profundo lugar dentro del alma. A los músicos que conozco siempre les pregunto lo cómo lo hacen, de dónde sale todo eso. De joven la música me salvó la vida, en cierto modo. Escuchaba las canciones de rock capturando las ondas de radio que llegaban desde la ciudad… aquello lo significaba todo en un sitio como el nuestro. 

Tu familia proviene de un poblado menonita canadiense y ha sufrido varios suicidios: el de tu padre, el de tu hermana y el de tu prima. ¿Crees que ha podido existir cierta influencia de la religión en estas muertes?

No necesariamente la religión per se, pero sí dentro del contexto de una comunidad fundamentalista como la mía donde hay una gran cantidad de reglas, un cierto concepto de pecado –nacemos pecadores–, la idea de la culpa y los castigos adecuados… y, por supuesto, el estándar de vivir una vida lo más cercana posible a la perfección. ¿Cómo puede alguien mantenerse cuerdo dentro de ese marco? 

Esta clase de culpa que mencionas, ¿es como si se tratara de una suerte de pulsión de muerte?

Sí, y siento que crea, al menos en el caso de mi padre y mi hermana, una especie de autodesprecio. Todos los domingos [en las reuniones religiosas] acudías a ser condenado. Te hacían sentir culpable por una cosa u otra. De nuevo, ¿cómo se puede vivir de acuerdo a esos estándares? Somos seres humanos. Muchos estudios han mostrado cómo entre los menonitas las enfermedades mentales y el estrés son mucho mayores que en el interior de otras comunidades. 

«No temo a la muerte, pero creo que hay que reflexionar sobre ella lo antes posible»

¿Has sentido esa culpa?

Sí y no. Aprendí desde que era bien pequeña lo que aquellas reglas y creencias habían hecho a mi padre y mi hermana. Decidí que no iba a importarme lo que la Iglesia y los ministros pensasen de mí. Sabía que eso significaba ser una outsider dentro de la comunidad, pero era algo necesario.

En el libro también señalas que «no sabemos de qué huimos». ¿Es una declaración existencial? Quiero decir: ¿es vivir huir constantemente hacia adelante?

Así me siento. Hay un cierto sentimiento, casi siempre, de que estamos corriendo constantemente; huyendo de cualquier tipo de presión: social, laboral, escolar… e incluso personal, la que se pone uno mismo. Y, por supuesto, esa presión que uno se pone para ser alguien. Siempre estoy intentando escapar de eso. Y creo que esta clase de presiones pueden estar vinculadas también a las reglas y normas de la comunidad en la que me crié, aunque sean generales. Desde luego, por ejemplo, está el hecho de ser mujer: esta tiene que servir siempre al hombre. Y es algo que ocurre también en las sociedades modernas, donde a pesar de todos los derechos conseguidos la misoginia abunda por todas partes.

«Estamos corriendo constantemente, huyendo de cualquier tipo de presión: social, laboral, escolar… e incluso personal»

¿Hemos romantizado la muerte, especialmente el suicidio, en la sociedad y, sobre todo, en el arte? Un ejemplo evidente serían las Penas del joven Werther, de Goethe, ¿no?

Esa noción romántica del dolor emocional, del deseo y la frustración… concibe la muerte como si fuera la única opción posible. Por supuesto, no estoy de acuerdo con ella.

La muerte de tu hermana supuso un golpe duro, obviamente. ¿Cómo concibes entonces la muerte tras ese suceso?

No temo a la muerte, pero creo que las personas deben reflexionar sobre ella lo antes que puedan y aceptar la propia mortalidad. Esto es corto, ¿sabes? Respecto al suicidio, es trágico, evidentemente. Es alguien que piensa: «morirme es mi única solución, lo único que puedo hacer para solucionar mi dolor». Y en la mayoría de los casos la gente lo hace en plena soledad. 

¿Por qué concebiste el libro a medio camino entre la tragedia y la comedia?

No fue intencional: simplemente una manifestación de cómo sentía y cómo soy. Siento que el mundo es, en cierta manera, estúpido y ridículo. Suena muy nihilista, pero se puede percibir así, claro. Y esto hace que nuestras vidas sean profundamente cómicas: todas estas luchas, todo este sufrimiento… Aunque personalmente creo que sí tiene un sentido. La vida es absurda, sí, pero ¿la vivimos o nos matamos? La vivimos, aunque sea ridícula. Cada uno le da cierto sentido: el mío son las conexiones con otros seres humanos. 

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