Sociedad

Las prisas del buen samaritano

En 1973, los psicólogos J. Darley y D. Batson investigaron las causas subyacentes al comportamiento altruista con una pregunta aún presente: ¿por qué los humanos ayudamos (o evitamos ayudar) a los demás?

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26
Oct
2022
el buen samaritano
‘El buen samaritano’ (1744), por Joseph Highmore.

«Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto»: así empieza la parábola bíblica de El buen samaritano. Se trata de un elogio a la compasión: un único viandante ofreció ayuda al viajero herido, pues a pesar de sus quejidos, nadie más se detuvo a preguntar, ni siquiera un sacerdote y un levita. Quizás no lo vieron al tipo (o no lo quisieron ver), pero su inacción puso en entredicho el valor de misericordia que tantos religiosos aseguran tener. Lo que lleva a formular una pregunta: ¿y si la mera religiosidad no hiciera a nadie más o menos solidario? Y sobre todo, ¿por qué nadie se interesó por el moribundo?

A principios de los años setenta, los psicólogos John Darley y Daniel Batson, de la Universidad de Princeton, estaban especialmente intrigados por las causas de la conducta altruista; es decir, en aquello que nos lleva a los humanos a ayudar (o evitar hacerlo) en situaciones de emergencia. De este modo, inspirados por la parábola del Nuevo Testamento, en 1973 publicaron De Jerusalén a Jericó: un estudio de variables situacionales y disposicionales en los comportamientos de ayuda. El objetivo principal de su trabajo era explorar si las acciones solidarias se llevaban a cabo más por las condiciones del entorno o bien por aquellas cualidades inherentes que nos hacen amables.

Justo antes de ponerse manos a la obra, Darley y Batson dejaron por escrito las tres hipótesis a las que querían enfrentarse: que las personas que creen en valores religiosos no tienden más que las personas laicas a mostrar un comportamiento altruista; que las personas que tienen prisa son mucho menos propensas a ofrecer ayuda y que las personas religiosas por motivos extrínsecos (ir al paraíso, por ejemplo) son menos propensas a ayudar que aquellas que lo son por motivos intrínsecos (como la voluntad genuina de ampliar perspectivas filosóficas).

Con estas ideas, los psicólogos tomaron prestados a los estudiantes de teología de su universidad, a los que iban a someter, sin que ellos lo supieran, a uno de los experimentos más conocidos en psicología social. A los participantes se les pidió preparar una charla sobre la parábola de El buen samaritano. Se les dijo que habían de ir a un edificio cercano a encontrarse con otro compañero y que entonces irían juntos a dar el discurso.

En el experimento, solo un 10% de aquellos que creían llegar tarde se detuvo a prestar ayuda

Finalmente, se les dio una última instrucción, si bien esta no era igual para todos. En realidad había tres posibilidades que fueron asignadas aleatoriamente a cada sujeto: «tiene usted tiempo de sobra, es temprano»; «todavía tienen algo de tiempo, pero no se demoren que les puede pillar el toro» o «van con retraso, salgan pitando ya». Bajo las órdenes de los investigadores, los estudiantes comenzaron su misión; el truco, no obstante, estaba a la vuelta de la esquina: a mitad camino entre los dos edificios, en un callejón, había un cómplice tendido en la acera que gemía y tosía cuando los estudiantes pasaban por delante de él. ¿Se pararían los jóvenes a ayudarle como buenos samaritanos?

Lo cierto es que el 40% del total sí paró a atenderle, aunque las cifras son mucho más chocantes cuando se separan según el grado de prisa inducido. De los participantes que en teoría iban temprano, paró el 63%. De los que iban algo ajustados de tiempo, el porcentaje se redujo a un 45%. De los que creían que llegaban tarde, en cambio, solamente se detuvo un 10% de los futuros teólogos.

La conclusión a la que llegaron los psicólogos americanos es evidente: una persona con prisa probablemente ignore a cualquier desconocido que precise de su ayuda, incluso cuando estén repasando mentalmente un discurso sobre la importancia de la compasión. Y no solo eso: los estudiantes que defendieron su religiosidad mediante motivos intrínsecos y se identificaron con el valor de acción humanitaria no mostraron más voluntad que el resto a la hora de tender una mano a la víctima. 

Los autores lograron entonces sacar los colores a los seminaristas de la Universidad de Princeton, poniendo sobre la mesa un debate psicológico precioso: ¿y si la ética se convierte en un lujo a medida que aumenta la velocidad de nuestras vidas?

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