Sociedad

Breve historia del macartismo, la caza de brujas de Estados Unidos

La campaña de vigilancia masiva fomentada por el senador republicano Joseph McCarthy en el siglo XX acabó con la carrera y la reputación de cientos de intelectuales y ciudadanos estadounidenses. Un periodo oscuro que revive parte de su esencia en la actual cultura de la cancelación alimentada por las redes sociales.

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05
Oct
2022
macartismo

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Decía el dramaturgo Arthur Miller que los procesos de Salem fueron el resultado de la implantación de una suerte de teocracia motivada inicialmente por fines benévolos. Entre sus objetivos prevalecía sobre todo la salvaguarda de la unidad comunitaria de Salem contra cualquier tipo de resquebrajamiento provocado por enemigos –materiales o ideológicos– que pudiera derivar en su parcial o absoluta destrucción.

Las consecuencias son de sobra conocidas. Así, la obra de Miller, Las Brujas de Salem (Tusquets), es una crítica mordaz contra una de las mayores cazas de brujas –en su sentido figurado– de la historia de los Estados Unidos: el macartismo, el mayor caso de vigilancia masiva en la historia de Estados Unidos del siglo XX motivado por el senador republicano Joseph McCarthy, quien hizo de su carrera una persecución de presuntos comunistas que acabó saboteando a numerosos intelectuales.

Sin embargo, los orígenes de esta caza de brujas se remontan a finales de los cuarenta, cuando el por aquel entonces director del FBI, J. Edgar Hoover, empleó gran parte de los recursos de la agencia a identificar, perseguir y eliminar a supuestos comunistas y espías de las esferas de influencia estadounidenses. Cabe recordar que, en plena carrera armamentística y lucha hegemónica contra la Unión Soviética, la disidencia política y el espionaje eran dos de los principales factores que podían decantar la balanza a uno u otro lado del tablero durante la contienda. De hecho, como bien expuso John Lewis Gaddis en su libro La Guerra Fría (RBA), los ejemplos de estas prácticas no escasearon y comprendieron desde infiltraciones en el Proyecto Manhattan hasta supuestas negligencias que facilitaron la victoria comunista en China en 1949.

Todo aquel que apareció en las listas de McCarthy gozó de una suerte fatal, como ha ocurrido ene cazas de brujas de otra índole

El resultado fue una histeria colectiva motivada principalmente por políticos, burócratas, periodistas y ejecutivos que no tardó en expandirse e impregnar a los estudios de Hollywood, a las universidades y al resto de sectores de la sociedad. Sin embargo, no fue hasta febrero de 1950 cuando McCarthy entró en escena haciendo uso partidista de los casos mencionados de espionaje, subrayando a su vez la incompetencia de la administración Truman, en la presidencia por aquel entonces para gestionarlos debidamente.

A partir de entonces, McCarthy comenzó a ostentar listas en las que se mostraban los nombres de presuntos comunistas. Aunque al principio sus métodos dividieron a la opinión pública, el estallido de la Guerra de Corea en junio de 1950 le valió la legitimidad necesaria como para poder gozar de los poderes suficientes y prolongar así la elaboración de listas incriminatorias que, en muchas ocasiones, se basaban en evidencias insuficientes como el historiador Mark Solomon o el psicólogo Leon Kamin, entre tantos otros.

Todo aquel que apareció en las mencionadas listas gozó de una suerte fatal, como ha ocurrido en otros tipos de cazas de brujas posteriores (véanse algunos casos de la conocida cultura de la cancelación). No importaba si uno era un conocido artista o un simple ciudadano de a pie: una vez aparecía su nombre, las repercusiones variaban desde el despido hasta la más absoluta condena pública, convirtiéndose en un apestado social.

La historia nos demuestra que solo es necesario un enemigo incierto para desatar la histeria colectiva

El macartismo terminó por caer por su propio peso tras injuriar al Cuerpo de Señales del Ejército de los Estados Unidos, al acusarle de supuestas infiltraciones comunistas en 1954. La denuncia de McCarthy, además de infundada, derivó en filtraciones que mostraron al mundo la brutalidad presente en sus métodos de intimidación en los interrogatorios, lo que acabó por colocar a la opinión pública en su contra y que aceleró su censura en el Senado de los Estados Unidos.

Sin embargo, sus efectos quedaron arraigados en la sociedad estadounidense, reduciendo el pluralismo político americano a mínimos históricos y estableciendo un clima de desconfianza mutua que acabó por cronificarse. Desde un punto de vista más institucional, se puede llegar a argüir que el macartismo permaneció en realidad en un largo letargo. Durante la guerra al terror, iniciada tras los atentados del 11-S, el gobierno de los Estados Unidos resucitó algunas de las viejas prácticas: desde cientos de detenciones preventivas, escuchas telefónicas y redes de espionaje hasta la privación de derechos básicos y libertades fundamentales, como bien explicó David Cole, académico e investigador por la Universidad de Georgetown, en su artículo The New McCarthyism.

La historia nos demuestra que solo es necesario un enemigo incierto, una suerte de fantasma merodeador e impreciso, para que se vuelva a desatar la histeria colectiva y se cercenen sin tapujos las mismas libertades civiles e individuales.

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