Sociedad

En la raya del infinito

Con apenas 20 años, un joven maestro es destinado a una pequeña aldea en lo más profundo de la sierra y casi aislada de la civilización. En ‘Valhondo’ (Editorial Cuarto Centenario), que forma parte de la trilogía ‘En la raya del infinito’, el docente y escritor Rafael Cabanillas devuelve la voz y la memoria a los injustamente olvidados de la España rural.

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29
Sep
2022
España vacía

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Cuando me marché de Valhondo tardé más de veinte años en regresar. Me fui lejos, a miles de kilómetros. Un salto, una escapada, un poner tierra de por medio. El único antídoto para desasirme de una tierra y de unas gentes que me hubieran obligado a permanecer en sus brazos eternamente.

Ahora mis alumnos, mis chicos, los que habían transformado y dado sentido a mi vida, ya serían hombres y mujeres. Yo, por entonces, había vuelto a España y era el director del Centro de Educación de Adultos de Daimiel. Apasionante trabajo también. El mayor orgullo profesional de mi vida: haber enseñado a leer a más de doscientas personas.

Un día recibo una llamada del delegado provincial de Educación de Ciudad Real. Me cuenta que, en la campaña de incendios de ese verano de pocos fuegos, no se habían realizado los viajes en helicóptero contratados y tenían que agotarlos en plazo. Por este motivo, estaban invitando a personas con cierta responsabilidad –educativa, sanitaria…–a realizar esos viajes y tener la experiencia de volar en helicóptero. Y él me lo ofrecía. Le dije que sí, que encantado y agradecido. Así podría hacer fotos –otra de mis pasiones– y luego contárselo todo a mis alumnos.

Así que, una mañana de septiembre, a buena hora, el helicóptero nos esperaba en medio del campo de fútbol de Ciudad Real. Éramos diez personas, más el piloto y el copiloto, que eran rusos. Cosas «raras» de las empresas y la Administración, de las contratas, las subcontratas y los chanchullos…, que finalmente degeneran en el parto de estos cacharros más viejos que Matusalén. Mejor no traer a la memoria ciertos y lamentables sucesos.

Una mañana de septiembre, a buena hora, el helicóptero nos esperaba en medio del campo de fútbol de Ciudad Real

Aquello vibraba y hacía un ruido infernal. A pesar de los auriculares. Pero, cuando el aparato empieza a elevarse y enhebra en dirección oeste, mi percepción y mi brújula del corazón me dicen que nos dirigimos hacia la provincia de Toledo. A los montes. A mis montes de la verdad y el ensueño.

Después observo, a vista de águila imperial, el serpenteo de la ribera del Guadiana, las sierras de Porzuna y, más adelante, las fincas del Parque Nacional de Cabañeros. Me las conozco todas, sus riscaleras, sus pantanillos, sus rañas: El Castillo de Prim, La Dehesa del Carrizal, El Maíllo, Ciguiñuelas. De vez en cuando, los tejados grises de alguna aldea escondida en la sierra. Hasta que el corazón imantado de mi rosa de los vientos me da un vuelco al ver esas pedrizas y ese valle de alcornoques tan familiar.

El piloto desciende sobre unas casitas blancas –una en concreto con su corral–, una fuente, un algarrobo, una plaza. Es Valhondo. El Valhondo de mi alma.

Lo sobrevuela y continúa un par de kilómetros más, buscando el helipuerto que está en un hueco limpio de monte. Un círculo de yeso en polvo con una H en medio. Junto a una casa de forestales, rodeada de pinos, donde se ubica el retén de incendios. Al lado, un grupo de hombres vestidos con llamativos monos amarillos de faena –los hombres apagafuegos–, apartándose de la tolvanera que levantan las hélices del aparato al comenzar a descender.

Cuando cesa el ruido ensordecedor y apagan el trasto, siento un alivio apaciguador. Yo quiero bajar cuanto antes por esa escalerilla y besar la tierra, como había visto hacer en multitud de ocasiones al papa en la televisión. Quizás por eso, me dejan descender el primero. Cuando, cauteloso, miedoso, doy un paso con lentitud, no vaya a marearme y caerme, veo que debajo están todos esos hombres de amarillo, esperándonos. Me asomo y entonces alguien grita:

—¡¡¡¡¡Pero si es don Rafael, nuestro maestro!!!!! ¡¡¡¡¡Don Rafael que nos baja del cielo!!!!!

Sí, eran ellos, mis alumnos: Eusebio, Floro, Ernesto, Eustaquio, Aquilino… Me abrazan. Son unos hombretones el doble de altos que yo. Me apretujan en el medio y, en su nerviosismo, me dan besos. Entonces no había teléfonos móviles. Pero tienen una emisora y pueden dar aviso al ayuntamiento, por lo que oigo a Eustaquio decir:

—¡¡ Llama a las chicas y diles que está aquí don Rafael, el maestro!!

—Que se traigan a los niños.

Al rato, aparece Rosana conduciendo un Land Rover, y Evelia, con su bebé en brazos. Aquilino, que se acerca a ella, le da un buen achuchón y dice orgulloso:

—Es mi mujer, don Rafael, ahora es mi mujer; y este es mi Aquilinillo, que para Pascuas hará el año. Un añojo.

Y Evelia que lo aparta de un codazo:

—¿Se acuerda usted de él? Pues más bruto todavía que entonces. Maldito hombre.


Este es un fragmento de ‘Valhondo’ (Editorial Cuarto Centenerio), por Rafael Cabanillas.

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