Sociedad

El silencio de un hogar marcado por el aborto

El aborto espontáneo no deseado es una realidad que afecta a miles de familias en nuestro país: concretamente, entre el 10% y el 20% de embarazos acaban en este trágico final. El duelo de quienes lo sufren está marcado por el tabú, la culpabilidad y el miedo a que vuelva a ocurrir. ¿Hay luz al final del túnel? La psicología tiene claro que sí, aunque la travesía pueda presentar grandes obstáculos.

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08
Ago
2022

Elena tenía 31 años cuando descubrió que la palabra ‘aborto’ cobraba un sentido diferente al protagonizarlo en primera persona. Ella y su pareja, Alberto, llevaban casi un año buscando un hijo. En marzo de 2017 el test dio positivo y la ilusión impregnó en cada rincón de su piso. Su plan era no decirle nada a nadie hasta que pasase el primer trimestre, pero antes de esa fecha límite que esperaban con emoción, Elena notó un dolor en la zona del vientre y al ir al baño, vio un sangrado. «Tuve un pálpito, sabía que algo iba mal», comparte la mujer de ahora 37 años. Asustados, corrieron a urgencias, donde confirmaron que acababa de sufrir un aborto espontáneo. Después, llegaron dos más y la ilusión se convirtió en un grito sordo.

«No hablábamos del tema», recuerda Alberto, de 39 años, «pero estábamos mal. ¿Cómo no estarlo?». El tabú se rompió en silencio y amigos, compañeros de trabajo y conocidos comenzaron a confesar lo que hasta entonces habían mantenido como un secreto: en cada familia, alguien había vivido una experiencia similar. «En aquel momento no lo apreciábamos. Yo sentía que era mi dolor y me daba igual que una prima de una amiga hubiese tenido un aborto también, porque la que sufría año tras año era yo», confiesa Elena. «Pero ahora lo veo de otra manera diferente. Lo que me duele es que me enteré de muchas cosas tarde y solo porque yo era una más del club. Entiendo que todos somos libres de callar o contar algo tan íntimo, pero me daba mucha lástima no haber podido apoyar a amigas o familiares cuando vivieron lo que luego yo viví y entendí”.

Durante estos últimos cinco años, Elena y Alberto han vivido una montaña rusa emocional en la que la terapia ha sido de vital importancia, sobre todo desde 2021. «Cuando me quedé embarazada el año pasado pensé que si iba mal no volvería a intentarlo», reconoce ella, y pese al miedo que ambos compartieron durante esos nueve meses, tanto el embarazo como el parto fueron perfectos, al menos desde el punto de vista biológico, ya que emocionalmente la ansiedad ante un posible aborto paralizó a ambos: «Desde 2017 hemos ido al psicólogo muchas veces. Al de la Seguridad Social, a consultas privadas, a veces juntos, yo sola, Alberto por su cuenta… pero era algo que necesitábamos. Hemos vivido tantos duelos, tanto dolor, tanta frustración y culpabilidad». Y aclara que, de todos los momentos malos, para ella este embarazo ha sido el peor: «Sentía que el simple hecho de levantarme podía provocar un nuevo aborto. Dejé de hacer todo y acabé con una depresión. La terapia ha sido un salvavidas que nos ha mantenido a flote».

El tabú alrededor del aborto no deseado nace por dos grandes motivos: implica hablar abiertamente de la muerte y supone un duelo completamente único

Como ellos, miles de parejas se enfrentan a diario al duelo por un aborto espontáneo o no deseado, una experiencia con un gran impacto no solo en la salud mental, sino en la relación de pareja y en la forma de interactuar con el mundo que les rodea. Tal y como recoge la evidencia ginecológica, del total de embarazos que tienen lugar en España, entre el 10% y el 20% culminan en un aborto espontáneo. Pero, como les ocurrió a Elena y Alberto, hasta que no se vive en primera persona, apenas se habla de ello.

Es un tabú por dos grandes motivos: implica hablar abiertamente de la muerte, algo que a las personas de Occidente nos resulta extremadamente difícil y, en segundo lugar, dicha muerte afecta a un hijo deseado que nunca se llega a conocer, lo que supone un duelo completamente único. Si a esto le sumamos los mitos, los discursos moralistas o las frases de ánimo que nacen de las buenas intenciones, pero que invalidan por completo la experiencia emocional de los padres, el resultado es un cóctel molotov que explota mudo.

«Te dicen que no te preocupes, que seguro que para el siguiente todo sale bien, y ahí se te cae el alma a los pies», expresa Alberto. «Para nosotros los hijos que no hemos tenido son parte de la familia. No son errores que se subsanan con otro embarazo». Es el pan de cada día de las familias que sufren un aborto espontáneo o muerte fetal durante un embarazo deseado: la invalidación emocional constante a manos de una sociedad que tolera muy mal el sufrimiento psicosocial. Sentimos la imperiosa necesidad de animar al que está triste, a veces con frases vacías, mientras que quien ha vivido un aborto lo último que necesita son consejos. Acompañar en el proceso es aceptar que el duelo es, como su propio nombre indica, doloroso.

Tras sufrir un aborto espontáneo, la ira se solapa a menudo con la culpa y surgen emociones como la tristeza pero, también, la hipocondría frente a un nuevo embarazo

Todos los duelos tienen ciertas fases compartidas que no tienen por qué sucederse en el mismo orden, pero que cumplen una función. Una de las más importantes es procesar las emociones desagradables que surgen tras la pérdida, entre ellas la tristeza, el miedo, y la ira que se solapa a menudo con la culpa. Como madre o padre de un hijo que no ha nacido con vida, te reprochas por no haber podido evitar lo que era inevitable, pero también a los médicos que salvo, en casos de negligencia, tampoco pudieron hacer nada. En esta espiral de emociones, pasas a detestar a quienes se supone que debes querer: a los amigos sin descendencia, que nunca entenderán lo que estás viviendo, y a los que sí tienen hijos, que son un recordatorio constante de lo que a ti se te ha arrebatado.

Llorar, gritar, envidiar a un desconocido que pasea a su bebé… Todo ello es normal siempre y cuando permita a los padres entender que el dolor no puede ser eterno, aunque el recuerdo sí lo sea. La aceptación es quizá la fase más complicada, y para llegar a ella es necesario lo que tantos hogares marcados por el aborto pierden por el camino: las ganas de hablar. Hablar de lo que duele, de lo que nunca será igual, de lo que esperan el uno del otro, pero también hablar con la gente que está fuera del ojo del huracán. Los amigos, esos a los que envidias y también los que nunca te entenderán porque no han querido o podido tener hijos. La familia, esa a la que no quieres preocupar con tus palabras, pero a la que destrozas con tu silencio. También los profesionales de la salud mental, porque pedir ayuda no significa que quieras olvidar, significa que mereces sanar.

A lo largo de este camino que es el duelo por un aborto no deseado, las complicaciones pueden sucederse. Entre ellas, depresión, ansiedad generalizada, fobia social e hipocondría durante un nuevo embarazo –quizá una de las secuelas más invisibilizadas pero comunes–. El pánico a que se repita el trauma puede ser tan incapacitante que sume a la madre en un estado de inactividad total, tanto física como psicológica. Tampoco se comparte la noticia con el entorno por miedo a tener que explicar de nuevo que algo ha ido mal. Adicionalmente, se normaliza este estado de angustia, cuando lo recomendable es compartir todas las preocupaciones tanto con el ginecólogo como con un psicólogo. El resultado en cualquier caso es el mismo: un asfixiante aislamiento en el momento en el que más apoyo hace falta.

Sería muy simplista aconsejar a los padres que sufren un aborto indeseado que hablen de ello con normalidad sin exigir a la sociedad que se esfuerce en crear un entorno empático que les arrope. Nadie puede imponer su forma de lidiar con la pérdida, porque en este caso abarca mucho más de lo imaginable: es perder a un hijo al que querías sin todavía conocerlo, pero también es perder parte de tu identidad. Y sí, todos queremos atender a esos padres que sufren, pero obviamos que para lograrlo, primero tenemos que entenderles, y que para entenderles, primero les tenemos que escuchar. ¿Cómo escuchar cuando solo hay silencio? Con paciencia hasta que estén preparados para romperlo.

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