Opinión

Sociedad líquida, política congelada

El creciente individualismo de nuestra época, lejos de hacernos autosuficientes en política, nos ha vuelto más cautivos que nunca de las ideologías. La prueba definitiva viene de Estados Unidos: las aplicaciones de citas ‘online’ piden ahora la ideología política a la hora de crear un nuevo perfil, suponiendo que no quieres aparearte con especímenes de la tribu opuesta.

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06
Jul
2022
política

Una de las paradojas de este siglo es que, aunque teóricamente vivimos en una sociedad líquida, las posiciones políticas cada vez están más congeladas. Desde Karl Marx, la predicción dominante ha sido que, a medida que el progreso convierte a las personas en más individualistas, educadas, más dueñas de su destino, deberíamos esperar que las ideologías políticas perdieran sentido. Como auguró el sociólogo Daniel Bell hace más de 50 años, la sociedad moderna desembocará en el «final de la ideología». Otros pensadores influyentes, como Anthony Giddens, Ulrich Beck o Zygmunt Bauman coincidían: conminados todos a escribir nuestra propia biografía, se acabarían las ideologías. Sería el «fin de la historia», como diría Francis Fukuyama en 1989.

Pues bien, ha ocurrido lo contrario: el creciente individualismo de nuestra época, lejos de hacernos autosuficientes en política, nos ha vuelto más cautivos que nunca de las ideologías políticas. El individualismo no es remedio, sino causa de la polarización que está agrietando todas las democracias.

Todos lo hemos experimentado en las redes sociales: amigos de distintas ideologías que, hace unos años, interactuaban amablemente, ahora se ignoran, cuando no desprecian airadamente. Cualquier usuario de Twitter habrá comprobado el deterioro de sus relaciones personales (y/o cibernéticas) con sus conocidos de derechas o, por el contrario, de izquierdas. Resulta cada vez más difícil, por no decir imposible, sostener amistades en redes sociales con personas a ambos lados de la trinchera. Porque en eso se han convertido las redes sociales, en trincheras de una guerra política. Da igual que la llamemos cultural o identitaria, porque, en el fondo, es política.

«Hoy en día, los diseñadores de las ‘apps’ de citas suponen, con tino, que no quieres aparearte con especímenes de la tribu política opuesta»

Pero la prueba definitiva viene de Estados Unidos, pionero tanto del individualismo como de la polarización de nuestro tiempo, y es algo tan anecdótico como revelador: las aplicaciones de citas online piden ahora tu ideología política. Es un cambio con sus inicios cuando se creía que lo que te interesaba de las personas con las que querías tener relaciones románticas eran sus aficiones, intereses, o si preferían pasar las vacaciones en la playa o en la montaña. Ya no. O ya no sólo.

Hoy en día, los diseñadores de las apps de citas suponen, con tino, que no quieres aparearte con especímenes de la tribu política opuesta. Una cosa es que a él le gusten las excursiones por el cañón del Colorado y que a ti te apetezca más tumbarte al sol en Malibú, que no deja de ser una diferencia relativamente tolerable. Pero que él vote republicano y tú demócrata, eso sí que no.

«¿Cómo es posible que, ahora que tenemos toda la información del mundo al alcance de los dedos, nos encerremos en cámaras de eco paulatinamente más aisladas?»

Las semanas de agitación política que está viviendo Estados Unidos, tras la conjunción de varios tiroteos masivos con la sentencia del Tribunal Supremo sobre el aborto, la creciente inflación y las investigaciones sobre la ocupación violenta del capitolio por parte de los seguidores de Trump en enero de 2021, no auguran que la polarización política siga siendo fundamental para inspirar a Cupido en ese país. Amén de influir en prácticamente cualquier aspecto de la vida. De la manera en la que vistes a qué comes, todo parece estar coloreándose de rojo (republicano) o azul (demócrata).

En general, y a diferencia de lo que parece ocurrir en otras esferas de la vida, el mundo no se ha convertido en un mercado al aire libre de ideas políticas donde nosotros elegimos la que más nos gusta más –«ah, mira, esto en aborto es lo que me parece más sensato»; «esto otro en inmigración y aquello de allá en impuestos»– sino en unos templos cerrados donde nos adherimos religiosamente a una doctrina ideológica. En el supermercado, elegimos cuidadosamente la leche de tal fabricante, el queso de tal otro, la mantequilla del de más allá, la nata y el helado de esos otros. Y, sin embargo, en la política se lo compramos todo a nuestro partido.

La pregunta es: ¿cómo es posible que, ahora que tenemos toda la información del mundo al alcance de los dedos (amén de más habilidades cognitivas que cualquier otra generación de la historia por mor de nuestro elevado nivel educativo), nos encerremos en cámaras de eco paulatinamente más aisladas? Algunos científicos sociales ofrecen una explicación interesante: la libertad de elección que disfrutamos al consumir –medios de comunicación, pisos en un determinado barrio, parejas, colegios o ropa–, incomparable con la de nuestros padres, nos permite escoger lo que nos resulta más cómodo: todo aquello que nos hace sentirnos parte de un grupo homogéneo, la tribu ideológica.

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