Sociedad

Soledad, reto pendiente

Desde 2021, el sentimiento de soledad se ha duplicado en las consultas psicológicas de la Unión Europea. Un mal que, ante la proliferación de estilos de vida como el surcoreano ‘Honjok’ o la creación de instituciones como el Ministerio de la Soledad, en Japón, han disparado las alarmas en el viejo continente. ¿Acabaremos algún día con ella?

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17
Jun
2022

Los seres humanos necesitamos vivir en sociedad. Esta máxima lleva acompasando los ritmos del progreso occidental desde que Aristóteles, en su Política, expusiera el concepto del zoon politikón, una idea que, lejos de ser radical, permitía unificar el conocimiento teórico mediante la observación. Sin embargo, siempre han existido personas y comunidades que han elegido la vida en soledad. Desde eremitas consagrados a un credo hasta filósofos, científicos y personas de a pie, como el famoso Diógenes de Sinope, que llegó a vivir en un tonel; el gran sabio de taoísmo, Lao Tsé o la poeta Emily Dickinson, que vivió gran parte de su vida encerrada por propia voluntad en la casa de su padre.

Si bien sobre la naturaleza de la soledad se han escrito ríos de tinta (a favor y en contra), en el ámbito sanitario preocupa el auge de esta situación entre la población. Por ejemplo, y antes de la irrupción del coronavirus en nuestras vidas, más de un tercio de los adultos de más de 45 años se sentían solos, sensación que se agudiza en alrededor del 25% de los habitantes del planeta con edades superiores a los 65 años que sufren de aislamiento social, según las Academias Nacionales de Ciencia, Ingeniería y Medicina. Unas cifras nada alentadoras tampoco entre adolescentes y jóvenes. ¿Nos encontramos ante la verdadera y gran pandemia del siglo XXI? ¿Qué es lo que está sucediendo?

Más allá de la preocupación clínica, la cuestión de la soledad es, como todas las preguntas con carácter universal, objeto de la filosofía y del pensamiento. Para atender el dilema, es necesario reflexionar sobre una observación: los seres humanos tendemos a formar comunidades. Es más, la prosperidad común parece ir vinculada al grupo. Lejos del ideal del buen salvaje de Rousseau, todas las grandes civilizaciones se han ido volviendo más complejas según han ido ganando población en sus núcleos urbanos. En Mesopotamia, cuna de algunas de las más hermosas y todavía enigmáticas naciones que nos ofrece el albor de los tiempos, es bien conocida esa evolución milenaria de las aldeas que trabajaban la tierra en torno a la figura del templo, sobre las tierras bañadas por los ríos Tigris y Éufrates, a complejas ciudades: la interdependencia permitió el progreso científico, la proliferación de los oficios y la complejidad del Estado.

Antes de la pandemia, ya más de un tercio de los adultos de 45 años se sentían solos

Situación parecida se dio en Egipto, en la India y en China, en el continente americano y, por supuesto, en Europa, en Grecia. Esta última cultura valoraba especialmente la participación del ciudadano de los asuntos comunes, sobre todo desde el auge de la democracia, sobre el siglo VI a.C. y el desarrollo acelerado de la filosofía. No es de extrañar, por tanto, que Aristóteles, el gran padre del pensamiento científico, sostuviese que la persona solitaria solo podía ser superior al ser humano, o bien una bestia. 

No se equivocó: las personas necesitamos un estrecho vínculo con nuestros iguales por nuestra naturaleza social. Las relaciones, que comienzan con los padres y hermanos y terminan con las amistades, la pareja y los hijos, tienen un factor determinante en nuestras vidas. Según un estudio publicado en Journal of Personality and Social Psychology, más del 65% de los participantes afirmaron recordar momentos de mayor felicidad en los compartidos con amigos que con familiares, pareja o hijos. El resultado tiene que ver con la vivencia compartida, la percepción de la libertad individual manifestada en el grupo. En otras palabras: la compañía elegida, que nos resulta agradable, alejada de toda preocupación, aumenta la actividad cerebral, nos ayuda a liberar endorfinas y nos sirve para intercambiar ideas, sentimientos y percepciones. Bien elegida, la compañía allana el camino hacia la felicidad.

Sin embargo, si bien es recomendable que la compañía sea elegida –o, al menos, seleccionada–, la soledad también es beneficiosa cuando se escoge. En Oriente, la soledad elegida es un elemento característico de las grandes civilizaciones de esta área del planeta. Es más, las conductas ascéticas emergieron precisamente ante el auge civilizatorio, según las sociedades se fueron haciendo más complejas y la pobreza y las enfermedades se extendían en ciudades con superpoblación. En la antigua India, la conducta brahmánica recomendaba la vida digna en cuatro fases: una de ellas, la vejez, dedicarse a la reflexión sobre lo absoluto y la existencia en soledad.

La soledad elegida no es contraria a la condición humana: resulta una práctica liberadora, especialmente para aquellas personas que necesitan tiempo para sí mismas

El subcontinente se llenó de ascetas que elegían, incluso desde jóvenes, un tipo de vida solitario en el que la meditación era clave para el bienestar de la persona. Así surgió el yoga, practicado hoy en una de sus variantes, o la propia meditación, ampliamente recomendada desde las consultas psicológicas con el fin de quebrar trastornos como la ansiedad, el insomnio y la depresión de un modo de vida urbanita que millones de personas en el mundo perciben como avasallador, e incluso insoportable. Otro asceta, Siddhartha Gautama, abogó por el cultivo de la soledad para la salvación de la persona: hoy llamamos budismo a su doctrina.

Algo parecido sucedió el China con los grandes maestros del taoísmo, como el ya mencionado Lao Tsé. Y en Europa, como nos contó la dama gallega Egeria, desde el siglo IV d.C. se multiplicaron la cantidad de eremitas que poblaron lugares recónditos del territorio romano en busca de conexión con Dios y consigo mismos, cultivando huertos y criando animales, formando el germen de las que posteriormente serían las primeras comunidades monásticas. Y de la herencia oriental y la experiencia personal, el siglo XIX, tiempo de guerras y esperanza en un alentador futuro, estuvo colmado de personas que eligieron el retiro como modo de revitalización íntima: Ralph Waldo Emerson y su discípulo, Henri David Thoreau, ambos impulsores de la doctrina filosófica del trascendentalismo; Schopenhauer, quien defendió el estado de soledad como signo de la persona sabia; Nietzsche o León Tolstói, quien vivió sus últimos días en soledad en la estación de ferrocarril de Astapovo. Es la llamada soledad protectiva, y su práctica resulta enriquecedora.

Elegir la compañía…y no hallarla

La soledad elegida, en pos de la calma personal y siempre que se mantenga una saludable capacidad de relación con los semejantes, no es contraria a la condición humana. Todo lo contrario: es una práctica liberadora, especialmente para aquellas personas que, según su naturaleza, necesitan más tiempo para sí mismas. Pero, si la soledad se convierte en un problema, es cuando resulta una visitante intempestiva.

Personas que pierden a sus seres queridos, que sucumben a la bancarrota, que no encuentran a nadie afín… si la capacidad de vínculo interpersonal quiebra, la soledad se impone, destrozando la psique humana y con aflorando las enfermedades físicas. En este sentido, la soledad no deseada se ha convertido en una epidemia que se expande día tras día en todo el mundo desarrollado. En 2019, la encuesta DYM La soledad y su percepción arrojó una relación muy preocupante: quienes se sienten más solos recurren a las redes sociales en detrimento de las interacciones físicas.´

Los nuevos estilos de vida que apuestan por la soledad pueden ocultar patologías que dificulten la sociabilidad

En su libro Aislamiento y soledad, las investigadoras Eva Muchinik y Susana Seidman diferencian entre causas externas e internas. Las primeras suelen ser intempestivas, vienen de nuestro entorno y quiebran los fundamentos que sostienen una vida sana, como el vínculo con seres queridos, las ilusiones, el estado sentimental mediante el que nos sentíamos felices o la sensación de incomprensión por parte de los demás. La muerte, la ruina, el descalabro de proyectos personales o compañías que nos resultan ingratas, además de causas como el estrés del entorno urbano, el ritmo del trabajo o la situación económica por la que se transite, entre millones de causas posibles, son algunas a las que se enfrentan las consultas médicas todos los días. Por otro lado, los factores internos tienen que ver con alteraciones de la conducta y patologías que impiden a la persona relacionarse como desearía con sus semejantes, aislada.

Más allá de la teoría, las consecuencias de la soledad no elegida son graves y van en aumento, especialmente en un marco social donde las nuevas tecnologías favorecen formas de entretenimiento digitales que invitan al aislamiento. También los métodos de relación personal que no necesitan de un espacio físico en el que tratar. Según un informe realizado por el Joint Research Centre durante los años 2016 y 2021 sobre soledad en la Unión Europea, un 35% de adultos menores de 35 años afirmaron sentirse solos mientras este dato, en 2016, rondaba el 9%.

En el primer año de pandemia, además, el intervalo medio en cuanto a sensación de soledad ese encontraba entre el 22 y el 26%, salvo en los países nórdicos, que apenas alcanzó un 6%. Estas cifras preocupan especialmente a los investigadores al afectar a la población joven, que requiere una mayor necesidad de sociabilización para su desarrollo. En Asia, donde la mirada sobre la soledad no ha cultivado clichés tan peyorativos como en Europa, algunas prácticas se están poniendo de moda, como el estilo de vida Honjok en Corea del Sur o la práctica Ohitorisama, que podrían ocultar patologías que dificulten la sociabilidad o dificultades personales que quedan enmascaradas tras una filosofía de elección y florecimiento de la reflexión. Tal es la preocupación que en Japón se ha creado el Ministerio de la Soledad, y en España un organismo específico, a fin de poner solución a un estado que, de no ser elegido ni tratado por especialistas, puede conllevar enfermedades degenerativas como las cardiovasculares, el alzhéimer, trastornos como la depresión o consecuencias finales como el suicidio.

¿Qué hacer, entonces, ante la soledad? Los especialistas se muestran unánimes: si nos sentimos mal estando solos, debemos pedir ayuda profesional. La revisión de las circunstancias que producen la soledad no elegida es clave para ayudar al paciente, dotarle de ideas que le faciliten socializar o someterse a terapia, si la necesita. En caso de detectarla en personas que la pueden estar padeciendo gravemente, se debe informar a las autoridades competentes. Por supuesto, es conveniente reforzar el músculo de nuestra humanidad y practicar la bondad. En la medida de nuestras posibilidades, dialogar, ayudar a reflexionar y acompañar a quien se siente solo es esencial para ayudarle en el retorno a un estado más saludable y feliz.

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