Sociedad

De la elasticidad del tiempo

El tiempo se volatiliza cuando somos felices, o al menos, cuando estamos disfrutando. Por el contrario, si algo nos aburre, parece que el reloj se rebela en nuestra contra, haciendo del movimiento de sus agujas una lenta agonía. ¿Cómo decide el cerebro la forma en que interpreta nuestros días y horas?

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27
Abr
2022

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Paul Celan, el poeta más importante en lengua alemana de la posguerra, hablaba de esa tercera aguja incandescente del reloj. El escritor polaco Bruno Schulz, del décimo tercer mes del año. Y el escritor francés Christian Bobin, del octavo día de la semana. Los tres, cada uno a su manera y estilo, reflexionaban una y otra vez sobre exactamente lo mismo: ese tiempo que se acumula en su propia intensidad, esa porción de gloria que escapa a cualquier reloj. ¿Por qué a veces el tiempo se escurre, se evapora y, otras, se vuelve denso (casi inamovible)?

Acaso el invento más revolucionario de todos haya sido, precisamente, el reloj, que da cuenta de lo valioso que es aquello que mide. Hace 3.500 años, los egipcios dividieron el día en 24 horas e inventaron un sistema de medición por la longitud de las sombras. Desde entonces ha habido relojes de sol, de fuego, de agua, florales, relojes enteros (con esferas de veinticuatro horas y una única manecilla), de pulso, de cuerda, analógicos y digitales. Todo para cuantificar el tiempo cronológico, el lineal. Cada segundo de cada minuto de cada hora de cada día.

Sin embargo, los griegos ya se tomaron nota de esta extraña sensación temporal. Por ello hablaban de tres tipos de tiempo: el titán Cronos, representado por una guadañada, que simbolizaba el tiempo cuantitativo (pasado, presente y futuro); Kairós, dios de la oportunidad, que representaba el tiempo cualitativo, la experiencia temporal de lo vivido y Eón, dios del tiempo eterno. Cualquiera de nosotros ha experimentado exactamente lo mismo. Esa subjetividad en la percepción del tiempo que no solo depende de nuestro ánimo, también de factores físicos, sociales e incluso económicos.

«El cerebro estira o comprime la sensación del tiempo en función de lo que experimente: dolor, placer, miedo o necesidad»

Lo cierto es que el cerebro puede estirar o comprimir la sensación del tiempo en función de que experimente dolor, placer, miedo, necesidad. El área responsable de gestionar esta subjetividad temporal es la corteza entorrinal lateral, situada muy cerca del hipocampo, que regula la memoria espacial. Dependiendo de cómo encaremos aquello que hacemos, esa región amasará como buñuelo o mazapán el alimento. Además, la edad interviene decisivamente: a partir de los cuarenta, según los científicos, el tiempo empieza a galopar. Para un niño de diez años, un año representa el 10% de su vida. Para alguien que tiene cuarenta, el 2,5%.

La paradoja: ese tiempo que parece volatilizarse indica que somos felices; al menos, que estamos disfrutando de él. Por eso pasa veloz. En un abrir y cerrar de ojos. Y su recuerdo es mucho más profundo, detallado y duradero que el de aquellas tareas que nos reportan la sensación de un tiempo espeso, inmóvil. El cerebro se opone a memorizar momentos aburridos o insustanciales, de ahí que nos cueste recordar la cantidad de horas que, a lo largo de nuestra vida, nos resultaron insoportables. Nuestra memoria las desecha.

Cuando nuestro trabajo nos motiva, ponemos en funcionamiento un área del cerebro encargada de cosechar experiencias y ponerlas en relación con recuerdos similares acumulados. El disfrute nos permite concentrarnos de tal manera que el tiempo parece quedar al margen, de ahí que al mirar el reloj se nos haya ido el santo al cielo. La completa novedad, en cambio, estira el tiempo. Las primeras horas, e incluso días, parecen contener el doble de minutos. El disfrute y la novedad anclan los recuerdos a la memoria. Por el contrario, cuando algo nos aburre, las propias neuronas se rebelan, porque se cansan cuando las exponemos al mismo estímulo. De ahí que la rutina pueda causar un aburrimiento mortal.

También la enfermedad y el dolor contribuyen a hacer del tiempo un engrudo de difícil digestión. Lo dilata. Quienes escribieron presos de un dolor lacerante –físico o espiritual– dieron buena cuenta de ello: Martín Gaite, Virginia Woolf, Aleixandre, Zambrano, Wilde… Aunque el que lo resumió de un modo más plástico fue Albert Einstein con su teoría de la relatividad: «Una hora junto a una mujer en un banco del parque pasa como un minuto, pero un minuto sentado sobre una estufa caliente parece una hora».

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