Sociedad

Por qué es (tan) importante saber desconectar

Los españoles pasan un tercio de sus vidas conectados a internet: 28 años, 9 meses y 10 días pendientes de los ‘mails’ y las notificaciones en las redes sociales. La hiperconexión ha alcanzado ya tal nivel que ha conseguido activar en el cerebro los mismos mecanismos utilizados en una situación de peligro, provocando importantes daños en nuestra salud mental. ¿Y si, simplemente, viviéramos el momento fuera de lo digital?

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08
Abr
2022
desconectar

¿Qué es lo primero que hacemos cuando nos despertamos? Para muchas personas, casi sin pensarlo, la primera actividad del día no es otra que desbloquear la pantalla de su móvil y ver qué ha pasado mientras dormían. La tecnología, en general, e internet, en particular, son ya una presencia constante en nuestras vidas que nos acompaña desde que nos levantamos hasta que nos dormimos. Y ahora que los dispositivos wearables son cada vez más habituales –incluso miden el sueño–, la tecnología se mete también debajo de nuestras sábanas.

Las cuentas de Red.es dejan claro que internet está por todas partes. El 96% de las viviendas españolas dispone de banda ancha o de internet móvil y el 93,3% de los españoles ha accedido a algún tipo de contenido digital, al menos una vez, en el año. Por tanto, no sorprende descubrir que, de media, cada persona en España pasa un tercio de su vida conectada. Son 28 años, 9 meses y 10 días, como estimó un análisis de la compañía NordVPN el pasado verano. Cada semana, 58 horas se van en usar internet, 20 por el trabajo y 38 por otras actividades. Sus medias dicen que los españoles se conectan a la red a las 9:37 horas y ya no la apagan hasta las 22.18 horas.

¿Acaso internet, la tecnología y las redes sociales han logrado que el ser humano sea incapaz de apagar el flujo de información y de desconectar las pantallas? «Las redes sociales hacen que estemos siempre conectados, pero también es verdad que las necesitamos para tener éxito en el trabajo», explica al otro lado del teléfono la psicóloga Agnès Brossa, ponente del ciclo Skills de la Universidad Oberta de Cataluña. El mundo en el que vivimos –y nuestras propias expectativas– nos hacen estar en todo momento on

Esta conexión constante deriva a su vez en varias ramificaciones. Una de las más preocupantes es el borrado de la fina línea que separa la vida personal de la laboral, un reto cada vez más complejo: los trabajadores quieren flexibilidad y desean salvaguardar su tiempo de ocio, como demostraron las experiencias durante la pandemia, pero las compañías confunden en ocasiones tiempo flexible con dedicación total. Un estudio de Randstad Workmonitor apunta que el 64% de las empresas españolas espera que sus trabajadores estén siempre disponibles, más allá incluso de su horario laboral.

Cada semana, 58 horas se nos van utilizando internet: 20 de ellas las dedicamos al trabajo y, las restantes, a nuestro ocio

Además, este estado de eterna conexión también afecta a la salud mental. El exceso de actividad y el estrés hacen que en ocasiones se sienta que no se va a llegar a todo, lo que lleva al cerebro a activar los mismos mecanismos que emplea cuando siente que está en peligro. Es un síndrome y tiene nombre: estrés psicosocial por derrota reiterada. Y, si bien es cierto que en ocasiones un poco de estrés resulta bueno para mantener los niveles de energía, cuando aparece en exceso y de forma constante y se suma a sentimientos de culpa resulta muy perjudicial para la salud.

No desconectar también afecta a la capacidad de decisión –porque toca a las funciones ejecutivas del cerebro– o a cómo disfrutamos de las jornadas. Hasta tal punto que incluso, y al margen de este tipo de síndromes y de los efectos más dramáticos, estar ocupados se ha convertido en la esencia de nuestro día a día. «Estamos muy acostumbrados a necesitar mucha actividad para que nuestro tiempo tenga sentido», apunta Agnès Brossa. En ocasiones, se tiene la sensación de «estar pendiendo el tiempo» cuando no se está cumpliendo con un calendario de actividades lo más completo posible. Y, sin embargo, en realidad no se está perdiendo nada en absoluto. Simplemente, se está viviendo el momento.

Brossa: «Estamos muy acostumbrados a necesitar mucha actividad para que nuestro tiempo tenga sentido»

¿Es posible romper con ese patrón y vivir de una manera distinta? Desconectar en un mundo hiperconectado puede parecer complicado, pero no es imposible. A veces, implica simplemente cambiar la relación que se mantiene con la tecnología y reducir la dependencia de los dispositivos de última generación.

Todavía es un movimiento un tanto minoritario, pero ya lo suficientemente presente como para merecer ser considerado una tendencia. En Europa, se está produciendo un retorno de los llamados «teléfonos tontos», modelos similares a los de los inicios de los móviles y carentes de las capacidades de los smartphones.  Salen más baratos y, de forma un tanto paradójica, los vídeos de TikTok los están poniendo de moda. Más común que volver al Nokia de finales de los 90 es limitar los tiempos de pantalla –los propios smartphones tienen herramientas que ayudan a lograrlo– o ponerse una hora de apagado o días en los que no se accede a ciertos servicios.

Incluso separarse de los flujos y las angustias del trabajo es factible. Agnès Brossa recomienda contar con un planning y una organización, para que todo esté agendado y tener las tareas repartidas; desahogarse con nuestro círculo de confianza de las angustias del trabajo para no arrastrar esa comezón mental hora tras hora (y día tras día); y, sobre todo, cambiar el foco de control desde uno mismo al trabajo y a la empresa.

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